Sermones que Iluminan

Pentecostés 23 (B) – 31 de octubre de 2021

October 31, 2021

LCR: Deuteronomio 6:1–9; Salmo 119:1–8; Hebreos 9:11–14; San Marcos 12:28–34

Dispongamos nuestra mente y corazón para ser llenados por el mensaje que hoy nos trae la Palabra de Dios, siempre viva y siempre reconfortante. Que al igual que el escriba, que hoy interrogó a Jesús, sepamos ver y entender, en medio de todo, por dónde y cómo debemos avanzar en nuestro camino de crecimiento y de comunión con Dios y con el prójimo.

El mensaje central de este domingo lo encontramos en la Primera Lectura, el cual vuelve a resonar en el Evangelio de Marcos -puesto directamente por el evangelista en boca de Jesús-; y si queremos relacionar todo el mensaje con la Segunda Lectura, inmediatamente caemos en la cuenta de que esa observación que hace el autor de la Carta a los Hebreos sobre el auténtico sacerdocio de Jesús, es apenas consecuencia de su genuina y auténtica capacidad de amar: amar a Dios y a los demás hasta entregarse a sí mismo como “único sacrificio agradable a Dios”.

En libro del Deuteronomio (segunda Ley) encontramos una cantidad de normas, preceptos, mandatos y recomendaciones que da Dios a su pueblo por medio de Moisés, con miras a implementarlos en la tierra prometida y así lograr construir un nuevo modelo de pueblo. Estos mandatos son esenciales; seguirlos traerán prosperidad, larga vida y paz. De ahí la gran insistencia de Moisés: “Grábate en la mente todas las cosas que hoy te he dicho, y enséñaselas continuamente a tus hijos; háblales de ellas, tanto en tu casa como en el camino, y cuando te acuestes y cuando te levantes. Lleva estos mandamientos atados en tu mano y en tu frente como señales, y escríbelos también en los postes y en las puertas de tu casa.”.

El gran mandato que resalta pues, el Deuteronomio, es el amor, y no un amor cualquiera; se trata del amor exclusivo a Dios. Pero si prestamos atención podemos ver que este mandato está precedido de otro que hay que poner como fundamento si de verdad el pueblo quiere empeñarse en amar exclusivamente a su Dios; se trata del llamado a “escuchar”. En el pasaje que leemos hoy, encontramos el verbo en imperativo: “escucha”, Israel; shemá, Israel…Y era apenas lógico este llamado ya que en el contexto en que se encuentra el pueblo hay una infinidad tremenda de dioses; así que el pueblo tiene que aprender a escuchar con claridad cuál de todos esos dioses es el que le habla, qué es lo que quiere y espera ese Dios de ellos, cómo tienen ellos que adecuar su vida para poder demostrar la diferencia entre un pueblo que escucha y sigue al verdadero Dios frente a los demás pueblos que siguen a otros dioses. Así pues, de la calidad de esta escucha depende la calidad del amor con que Israel y cada israelita ama a su Dios y lo sigue sin vacilación.

Con el paso de los siglos, la religión judía fue agregando más y más mandatos a éste que se consideraba el único y más importante; quizá la idea era lograr realizarlo de un modo práctico. Lamentablemente el resultado fue una suma tan exagerada y enmarañada de mandamientos que ya nadie, ni la misma religión, ni sus líderes religiosos, podían saber cuál de todos era el más importante para la vida. En ese ambiente nace y crece Jesús; de niño y joven tuvo que enfrentarse con semejante carga: seiscientos trece mandatos que el verdadero judío estaba obligado a cumplir, de lo contrario tenía que sentirse excluido de la gracia y la protección de Dios, y atenerse a lo peor.  

A lo largo de su ministerio, Jesús fue comprendiendo otra cosa totalmente diferente; la relación con Dios tenía que ubicarse en otro campo muy distinto al del legalismo. Como buen judío, seguramente tenía el piadoso hábito de realizar el oracional judío varias veces al día, el cual empieza siempre con la ya conocida expresión del Deuteronomio: “Shemá, Israel…”, y en esta repetición cotidiana, Jesús va re-descubriendo lo esencial para establecer la perfecta comunión con el auténtico y verdadero Dios de la liberación: el amor; amarle a Él con todo el corazón, con todas las fuerzas, con todo su ser; y en ese redescubrimiento Jesús va entendiendo que todo lo demás es adicional. Pero hay algo más; para Jesús el amor a Dios no se puede realizar en “línea directa”, esta relación tiene que estar mediatizada siempre por el otro, por el prójimo a quien Jesús llama “hermano/a”. Al olvidar esta partecita, el creyente se va convirtiendo, sin pensarlo, en un legalista ególatra, y Jesús no está dispuesto a seguir ese camino.

Eso es, fundamentalmente, lo que podemos deducir de la respuesta que Jesús le da al escriba que lo interroga sobre cuál es el mayor de los mandamientos. Pese a que en el contexto de este diálogo hay otros interlocutores que interrogan a Jesús con el fin de ponerlo a prueba, parece que este escriba tiene una sana intención; lo podemos adivinar por su reacción a la respuesta de Jesús y por la afirmación que éste le devuelve: “No estás lejos del reino de Dios”. De manera que, en cierto modo, habría que agradecer a este escriba esa pregunta tan oportuna que arranca de Jesús una respuesta tan acertada y correcta. Cierto que en otros momentos Jesús ha manifestado con palabras y hechos la esencia de la Ley de Moisés y de los Profetas, es decir, lo básico de toda la Escritura. Los Evangelios constatan ese reclamo que hace Jesús a los legalistas fariseos que se fijan en lo pequeño, pero dejan pasar lo grande: “¡Ustedes, guías ciegos, cuelan el mosquito, pero se tragan el camello!”; es decir, un ciego legalismo no se fija en lo más inmediato que es el prójimo. Enseñanzas como éstas encontramos repetidamente en labios de Jesús, sin embargo, la explicitación que hoy escuchamos es ya definitivamente puntual: no hay verdadero amor a Dios sin amor sincero al prójimo. ¿En qué medida? En la misma medida con que yo me amo a mí mismo. ¡Así de simple!

Es curioso que el escriba pregunte por “el” más importante de los mandamientos y Jesús responda con dos. El primero, el amor a Dios, lo toma del Deuteronomio y, el segundo, el amor al prójimo, lo toma del Levítico; y concluye con una afirmación tajante que no da pie para la disputa: “Ningún mandamiento es más importante que éstos.”. Ante esta respuesta, el escriba no tiene más que aceptar y reconocer que Jesús está en lo correcto, que no hay ninguna práctica, culto u otra cosa que valga más que amar a Dios y al prójimo.

Preguntémonos nosotros hoy ¿qué tan lejos o qué tan cerca nos encontramos de este ideal que escuchamos de labios de Jesús? A lo largo de la historia del cristianismo ha sucedido de todo. Muchos cristianos y cristianas se han enfocado, con sincero corazón, en este camino propuesto por Jesús; pero también hubo épocas que se perdió ese horizonte y se descuidó aquel segundo mandato que, como ya vimos, no es un invento de Jesús, era algo que ya estaba en la misma Ley pero que se había perdido entre la maraña de mandatos inventados por el legalismo. Jesús lo que hace es redescubrirlo y ponerlo donde siempre debió estar; esto es amarrado al amor a Dios.   

Todos los días encontramos ocasión de poner en práctica esta enseñanza de Jesús; digamos que esta debería ser la mejor carta de presentación de cada uno de nosotros en medio de una realidad donde se ha perdido aquella auténtica imagen del Dios del amor, la libertad, la misericordia, la acogida; una realidad donde el amor en términos generales se ha banalizado al extremo, donde casi todo lo que escuchamos, a través de los medios, nos invita a centrarnos en nosotros mismos desconectándonos del otro. En medio de un mundo que poco a poco ha relativizado a Dios y al hermano, nosotros tenemos la gran tarea de ser sacramento, signo visible, de un auténtico amor a Dios y un sincero amor al prójimo, superando todas las barreras y aparentes obstáculos que tenemos para amarlo: condición social, ideas, proveniencia, gustos; en fin, amar sin medida ni distingos de ninguna índole. Es un desafío grande, a veces difícil, pero no imposible. Recordemos siempre que un día nos encontraremos frente a frente con Dios y ante Él sólo tendremos que responder por una cosa: por el amor.

Hagamos examen de nuestra conciencia a luz de estos dos mandatos y atrevámonos a dar un paso en ese camino que Jesús nos propone hoy. Amén.

El Rvdo. Gonzalo es clérigo de la Iglesia Episcopal en Colombia, Comunión Anglicana.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan

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