Sermones que Iluminan

Pentecostés 5 (B) – 27 de junio de 2021

June 27, 2021

LCR: Sabiduría 1:13-15, 2:23-24; Lamentaciones 3:21-33 o Salmo 30; 2 Corintios 8:7-15; San Marcos 5:21-43

Las lecturas bíblicas para este Quinto Domingo después de Pentecostés nos recuerdan que el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo es el Dios proveedor de la vida y la salvación. Como podemos escuchar hoy, todos los autores sagrados dan testimonio de sus experiencias de Dios con un lenguaje variado y a veces sorprendente.

El autor de Sabiduría, un libro deuterocanónico tradicionalmente atribuido al rey Salomón, se expresa enfáticamente: “Dios no hizo la muerte ni se alegra destruyendo a los seres vivientes,” y “en verdad, Dios creó al hombre para que no muriera, y lo hizo a imagen de su propio ser…”. Dios es eterno y goza de la vida eterna, y desea que nosotros también la tengamos. Por tanto, la muerte no es el propósito de nuestra existencia. No nacemos sólo para morir y terminar en el olvido perpetuo. Al contrario, nacemos con el propósito divino de vivir y vivir para siempre. Dios quiere que vivamos en comunión con él para la eternidad. Sin embargo, es una triste realidad que todo ser humano que nace también muere. ¿Por qué?

La muerte, como el relato de la Creación en el libro de Génesis nos enseña, vino al mundo como resultado y consecuencia de la rebeldía y del pecado, del deseo humano de apartarse -de apartarnos- de Dios, el Creador de la Vida. Apartarnos de Dios lleva a la muerte y la destrucción de nuestra vida física y espiritual, pero Dios no se complace con esa destrucción porque ella se opone a sus verdaderos propósitos.

Pero Dios tampoco se queda con las manos atadas. En su bondad, no cansa de extendernos su misericordia, incluso hacia los más rebeldes y obstinados. Así lo afirma el profeta Jeremías, autor del libro de las Lamentaciones: “El amor del Señor no tiene fin, ni se han agotado sus bondades. Cada mañana se renuevan; ¡qué grande es su fidelidad!” y “Realmente no le agrada afligir ni causar dolor a los hombres”. Recordemos que el profeta escribió estas líneas esperanzadoras en medio de un tiempo muy conflictivo, cuando la ciudad de Jerusalén fue invadida y prácticamente destruida; también fue una época de infidelidad generalizada por parte del pueblo de la alianza para con el Señor, el Dios de Israel. En contraste a esta deslealtad, la fidelidad de Dios permanece, y su misericordia es tan abundante que se renueva todos los días, “cada mañana”, como dice el texto; el amanecer se renueva para buenos y malos, justos y pecadores, porque a Dios no le agrada afligir a los seres humanos creados a su imagen y semejanza. A diferencia a los hombres rebeldes, “el Señor es bueno con los que en él confían, con los que a él recurren.”

Aquí vemos otro elemento del amor y la misericordia de Dios: mientras vivamos, siempre hay un espacio y oportunidad para recurrir al Señor, para recibir su ayuda y gracia. Por eso, el salmista puede darnos su testimonio elocuente: “Oh Señor Dios mío, a ti clamé y tú me sanaste”. Podemos escuchar en esta oración que Dios es quien escucha las súplicas de su pueblo, y responde con sanación y salvación. El pueblo de Dios, es decir los que confían en el Señor, a su vez, le rinde gracias y alabanzas por sus obras maravillosas.

Las obras de Dios, que revelan cómo y quién es, provocan maravilla, asombro y, por supuesto, agradecimiento, al punto que este principio forma parte de la estructura fundamental de nuestra liturgia eucarística. En el diálogo entre el celebrante y la congregación, antes de cantar el “Santo, Santo, Santo”, el sacerdote exhorta al pueblo diciendo: “Demos gracias a Dios nuestro Señor” y la congregación responde “Es justo darle gracias y alabanza”. Entonces el celebrante prosigue con una recitación de las razones por las cuales el pueblo reunido y la Iglesia universal ofrecen alabanzas y acciones de gracias a Dios. Aunque el texto varía según el tiempo litúrgico del año, siempre declara las obras asombrosas de Dios en Jesucristo, nuestro Salvador. De una manera u otra, los demás oficios y ritos de la Iglesia expresan este mismo principio: Dios actúa con misericordia y los fieles responden con alabanza y agradecimiento.

El texto del evangelio según San Marcos nos apunta hacia esta realidad, demostrando que el mismo Dios de la alianza, el Dios de la misericordia y la vida, está presente en la vida y obra de Jesús porque él actúa según los mismos principios y con los mismos propósitos que su Padre celestial. La acción del Señor, en la perícopa, se distribuye entre dos casos graves de enfermedad: la niña que enferma hasta la muerta y la mujer que llevaba doce años con un flujo de sangre sin remedio. El dolor de las personas involucradas es palpable.

En el primer caso, el padre de la niña suplicó a Jesús que visitara y sanara a su hija. Y aunque Jesús estaba dispuesto a atenderle, la multitud prácticamente se lo impidió. De esta multitud apareció entonces la mujer enferma, el segundo caso. Esta mujer, a pesar del miedo y las buenas costumbres, alcanzó a tocar la ropa de Jesús, confiando que con sólo eso podría curarse. Actuó desde su fe en Jesús y él la sanó. Jesús le dijo: “Hija, por tu fe has sido sanada. Vete tranquila y curada ya de tu enfermedad.” Como el salmista, la mujer clamó al Señor y él la sanó.

Ya sanada esta mujer, Jesús volvió a la situación de la niña cuyo padre había pedido su ayuda. Algunas personas llegaron al padre para que desistiera de pedirle al Maestro, pero Jesús, amante de la vida, insistió que mantuviera la fe. Llegando al lugar donde estaba la niña, la sanó, diciéndole: “Niña, levántate.” Algunos cristianos han visto en esta palabra “levántate” una alusión a la resurrección de Jesús y a la que experimentarán los fieles en el día final.

En estos dos episodios Jesús se manifiesta con el poder de Dios para sanar y con la misericordia divina que caracteriza al Dios de Israel. Demuestran que a Jesús tampoco le agrada la destrucción del ser humano y que proporciona la salud y la vida a los que confían en él y claman por su ayuda; nos enseñan que Cristo Jesús vino al mundo para restaurar lo que el pecado había deteriorado; que vino para traer vida -vida eterna y abundante- a donde aparentemente imperaba la muerte.

Seguramente alguien preguntará por qué Marcos no nos cuenta sobre cómo la mujer sanada o los padres de la niña alababan o daban gracias a Jesús por sus obras de sanación. Quizá la respuesta es porque el Evangelista quiso que nosotros asumiéramos nuestra parte en estas alabanzas. El autor sagrado quiere que nosotros demos gracias a Dios.

En conclusión, en Jesús vemos de forma concreta lo que dice el autor de Sabiduría: “La muerte no reina en la tierra, porque la justicia es inmortal.” También lo son la misericordia, el perdón y la fidelidad de nuestro Dios, y por eso le demos gracias. Amén.

El Rvdo. Dr. John J. Lynch es un sacerdote, autor y educador, que ha servido en las diócesis episcopales de Honduras, el Sur de Virginia y Rhode Island. Actualmente sirve como director en el Instituto Ecuménico del Ministerio Hispano y el Cura párroco de la Iglesia Episcopal San Jorge en la ciudad de Central Falls, Rhode Island.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan