Sermones que Iluminan

Propio 13 (C) – 2010

August 01, 2010

Leccionario Dominical, Año C
Preparado por el Rvdo. Ramón Ignacio Aymerich
1 de agosto de 2010

Oseas 11:1-11 y Salmo 107:1-9, 43 (o Eclesiastés 1:12-14; 2:18-23 y Salmo 49:1-11); Colosenses 3:1-11; San Lucas 12:13-21

Desde el principio de la Historia de la Salvación, y desde que se usó por primera vez en la Biblia la palabra “hermano”, han existido conflictos entre hermanos y hermanas. En los primeros siete versículos del primer libro de la Biblia, el Libro del Génesis, la palabra “hermano” se encuentra no sólo por primera vez en el texto bíblico sino que se encuentra cinco veces con referencia a los primeros hijos de Adán y Eva los famosos hermanos Caín y Abel.

Casi todos nosotros estamos familiarizados con la historia de estos primeros hermanos. Ambos se dedicaban al trabajo del campo. Caín cosechaba lo que sembraba, mientras Abel estaba encargado del cuidado de las ovejas. Cuando llegó el momento en que ambos decidieron hacer sus ofrendas y sacrificios a Dios, Caín ofreció sus granos, aunque no los mejores, mientras Abel ofreció una oveja gorda, lo mejor que el tenía. Cuando Caín se dio cuenta que Dios no estaba satisfecho con su ofrenda, pero sí con la de Abel, Caín se puso muy celoso, le dijo a Abel que lo acompañara al campo y en un momento de rabia lo mató. Sabiendo lo que Caín había hecho, Dios lo confrontó preguntándole dónde estaba su hermano Abel, y Caín le respondió con estas muy reconocidas palabras: “¿Soy yo acaso guardián de mi hermano?”

No creo que entre nosotros hoy esté presente alguien que haya cometido un crimen tan cruel contra uno de sus hermanos o hermanas. Pero sí estoy seguro que hoy hay entre nosotros personas que han tenido momentos de discordia y desacuerdo con hermanos, hermanas, padres, madres y otros familiares. Si un día tienen una oportunidad de hacerlo, pregúntenle a un director de una funeraria, cuáles son los momentos más difíciles que él o ella ha experimentado, y si son sinceros te dirán que muchos de esos momentos surgen cuando hermanos y hermanas que vienen a una funeraria a hacer los arreglos fúnebres de un padre o una madre, se ponen a discutir y hasta a pelear físicamente por cuestiones de herencia y de dinero. Yo estoy cien por ciento seguro de que en varias de esas ocasiones, hasta el director de la funeraria ha tenido que llamar a la policía para intervenir en el desacuerdo y la pelea que han surgido.

En el evangelio de hoy nos encontramos con el siguiente caso: Un hombre se le acerca a Jesucristo y le pide lo siguiente: “Maestro, dile a mi hermano que comparta la herencia conmigo”. Jesús, sorprendido por tal pregunta, le responde: “¿quién me nombró a mí juez o árbitro entre ustedes? ¡Tengan cuidado! Absténganse de toda avaricia; la vida de una persona no depende de la abundancia de sus bienes”.

Vivimos en un país donde existe tanta abundancia que mientras más tenemos, más queremos. Muchos de nosotros, cuando teníamos poco, estábamos satisfechos; pero mientras más hemos amasado y almacenado, más codiciamos.

Durante los primeros meses de este año, nuestro mundo ha experimentado dos inmensos terremotos que han afectado a nuestros hermanos y hermanas en Haití y en Chile. Nuestra Iglesia, a nivel nacional, ha respondido de una manera muy generosa a ambas de estas catástrofes naturales. Y quizás muchos de ustedes también lo han hecho o como miembros de esta congregación o como seres humanos conmovidos por los muertos, mutilados y los que han perdido sus casas y todo lo que poseían. Pero, quizás algunos de nosotros hemos pensado como pensó Caín cuando fue confrontado por su Dios: “¿Soy yo acaso guardián de mi hermano?”

Vivimos en un mundo muy diferente al mundo de Caín y Abel o al mundo de nuestro Señor Jesucristo. Vivimos en un mundo súper “multicultural” y “multireligioso” donde algunos, en el nombre de Dios hasta han cometido un sinnúmero de acciones violentas y de masacres contra otros seres humanos. Pero, lo único que no ha cambiado hasta ahora es que todos, a pesar de nuestra raza, religión, género, nivel socio-económico, orientación sexual, o falta de creencia, tenemos a un solo Dios como nuestro único Padre. Y consecuentemente, todos somos hermanos y hermanas y miembros de una misma familia. Y por lo tanto, tenemos responsabilidades los unos con los otros.

San Pablo, en el capítulo doce de su primera carta a los Corintios, cuando trata de resolver el problema de las discordias que existían en esa comunidad, se refiere a los cristianos y a todos nosotros como miembros de un solo cuerpo, y dice que cuando parte de ese cuerpo no funciona de la manera en que debe de funcionar, el resto del cuerpo queda afectado.

Así, que hermanos y hermanas, primero que todo les pido que como miembros de este cuerpo que es nuestra iglesia, se sigan apoyando el uno al otro y trabajando en conjunto y en cooperación. Además, les pido que respeten a aquellos, vuestros vecinos y vecinas, que quizás son miembros de otras iglesias o que quizás no tengan creencias religiosas, pero que son nuestros hermanos y hermanas. Y finalmente, les pido que traten de ser lo más generosos que puedan, especialmente durante esos momentos en que vemos a nuestros hermanos y hermanas sufriendo. Porque, en realidad somos guardianes de nuestros hermanos y hermanas y nuestras posesiones no son solamente para nuestro uso y beneficio sino también para el beneficio de aquellos que necesitan de nuestra asistencia y nuestro amor. Porque, como nos recuerda el evangelio de hoy, el ser rico frente a Dios es mucho más importante que cualquier acumulación de bienes que tengamos. Pues seremos juzgados no por lo que tuvimos en esta vida sino por la manera en que lo usamos y lo compartimos con nuestros hermanos y hermanas.

Amén.


—  El Revdo. Ramón Ignacio Aymerich es el Vicario Encargado de la Iglesia de Cristo, Teaneck, New Jersey (Diócesis de Newark).

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan