Sermones que Iluminan

Propio 28 (C) – 2010

November 14, 2010

Preparado por el Rvdo. Ramón Ignacio Aymerich

Isaías 65:17-25 y Cántico 9 (alternas: Malaquías 4:1-2a y Salmo 98); 2 Tesalonicenses 3:6-13; Lucas 21:5-19

Todos los años, por este tiempo, nos encontramos con unas lecturas, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamentos, que utilizan un lenguaje apocalíptico. La palabra “apocalipsis” hace referencia al fin de las cosas, especialmente en un contexto religioso con relación al fin del mundo y a la segunda venida de nuestro salvador Jesucristo. No es pura coincidencia el que estas lecturas también aparezcan durante este tiempo en que el clima cambia, la estación del invierno se acerca y nos preparamos para celebrar el fin de otro año litúrgico a finales de noviembre.

En estos días también aparecen en el televisor algunos predicadores que tratan de predecir con precisión cuándo ocurrirá el fin del mundo y hasta usan esa oportunidad para meterle miedo a la gente y pedirles que se arrepientan para que cuando Jesucristo venga, como un ladrón en la noche, nos encuentre preparados. 

Como ha sucedido, por los menos hasta ahora, todas esas advertencias y oportunidades para atemorizar a la gente no han llegado a realizarse, ya que los que tratan de profetizar hasta la fecha exacta de esa segunda venida se han equivocado una y otra vez.

Evidentemente, por los menos según el evangelio de hoy, que fue escrito hace unos dos mil años, la misma preocupación causa la siguiente pregunta de los discípulos a Jesucristo: Maestro ¿cuándo sucederá eso y cuál será la señal de que está a punto de suceder?  

Quisiera proponer que si podemos contestar a las preguntas que formularemos a continuación entonces la preocupación del cuándo y cómo van a suceder la segunda venida de Jesucristo y la destrucción del mundo, adquiere una posición secundaria ya que estaremos preparados para cuando él decida regresar.

La primera pregunta es: ¿Quién es Jesucristo para ti?  Si Jesucristo es básicamente un personaje que conocemos como importante en la historia del mundo o alguien que aparece en las páginas de los evangelios o  alguien que vemos de vez en cuando interpretado en algún programa de la televisión o en alguna película, entonces sí tenemos que preocuparnos por el cuándo y cómo vendrá ya que lo tenemos que reconocer y no lo vamos a poder hacer si no tenemos una relación especial con él. En la respuesta que da a los discípulos, Jesucristo les dice: “Tengan cuidado; no se dejen engañar. Vendrán muchos que usando mi nombre dirán: ‘Yo soy’, y: ‘El tiempo está cerca’. No los sigan ustedes”. 

Ahora bien, si tratamos de tener una relación íntima diaria con Jesucristo y lo reconocemos y aceptamos como nuestro salvador y redentor, entonces no tenemos que preocuparnos por el día, la hora o la manera en que regresará ya que está siempre presente a nosotros.

La segunda pregunta es: ¿Estamos dispuestos a ser testigos de la presencia de Jesucristo en nuestras vidas y en el mundo en que vivimos?  Este año hemos sido testigos de un sinnúmero de catástrofes a través del mundo: terremotos, tsunamis, incendios, masacres, etc.  Es muy fácil decir que todos esos fenómenos de nuestra naturaleza son indicaciones de que el mundo se está acabando pues esa manera de pensar, en cierto sentido, nos absuelve de la responsabilidad que tenemos de ayudar y asistir a los que sufren y con los cuales el mismo Jesucristo se identificó durante su vida en el mundo. Porque en ese caso, la manera lógica de pensar sería: ¿Por qué ayudar a los que sufren si sabemos que el mundo se acabará pronto?  Es mucho más difícil, y un reto que tiene para nosotros una consecuencia de responsabilidad cristiana, si reconocemos esas cosas por lo que son, fenómenos de la naturaleza y nos movemos y comprometemos a ayudar a nuestros hermanos y hermanas que han sido afectados y que sufren y necesitan nuestras manos, corazones y asistencia. 

Jesucristo dice que sus discípulos serán reconocidos por sus frutos.  Los primeros cristianos se reconocían como “aquellos que se amaban los unos a los otros”.  Dar testimonio de la presencia de Jesucristo en el mundo no es solamente predicar con palabras sino también actuar con obras. El gran santo, Francisco de Asís, le dio el siguiente consejo a sus hermanos: “Prediquen siempre el evangelio y si es necesario usen palabras”.  Jesucristo le dice a sus discípulos en el evangelio de hoy: “Habrá grandes terremotos, hambres y epidemias por todas partes, cosas espantosas y grandes señales en el cielo. Así tendrán ustedes la oportunidad de dar testimonio ante ellos” (Lucas 21:11).

La tercera pregunta que nos debemos de hacer es: ¿Hemos aceptado en nuestras vidas el don del Espíritu Santo?  Si lo hemos hecho, no tendremos dificultad en ser testigos de la presencia divina en este mundo que fue creado por nuestro Dios. Jesucristo nos dice hoy en el evangelio: “Pero tengan en cuenta que no hay por qué preparar una defensa de antemano, pues yo mismo les daré tal elocuencia y sabiduría para responder, que ningún adversario podrá resistirles ni contradecirles” (Lucas 21:14-15).

Y finalmente, cuando experimentamos adversidades en nuestras vidas, ¿estamos dispuestos a mantenernos firmes en nuestra fe o pensamos que Dios nos ha abandonado?  Nos asegura Jesucristo que si nos mantenemos firmes y somos sus testigos, tendremos la presencia de su Espíritu en nuestros corazones y actuaremos con amor, y nos salvaremos.

Pidamos hoy que Dios nos dé la gracia y la perseverancia para seguir siendo sus fieles discípulos y testigos en el mundo en que vivimos.


— El Rvdo. Ramón Ignacio Aymerich es el vicario encargado de la Iglesia de Cristo, en Teaneck, New Jersey, en la Diócesis de Newark.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan