Sermones que Iluminan

Quinto Domingo de Pascua (C) 2010

May 02, 2010

Leccionario Dominical, Año C
Preparado por el Rvdo. Ramón Ignacio Aymerich 

Hechos 11:1-18; Salmo 148; Apocalipsis 21:1-6; Juan 13:31-35

La segunda lectura de este domingo, tomada del libro de la Revelación o libro del Apocalipsis, parece contradecir lo que Jesucristo dice a sus discípulos en el contexto de la última cena, según el evangelio de hoy. En el pasaje del evangelio, Juan nos cuenta que después que Judas se había ido a hacer lo que tenía que hacer en preparación para la traición del Maestro, Jesús le dice a sus discípulos: “Mis amados amigos, dentro de poco ya no estaré más con ustedes. Me buscarán, pero no me encontrarán. Les digo a ustedes lo mismo que les dije a los jefes judíos: no pueden ir a donde yo voy” (Jn 13: 33).

Pero en el capítulo 21 del libro del Apocalipsis acabamos de escuchar las siguientes palabras: “Vi que la ciudad santa, la nueva Jerusalén, bajaba del cielo, donde vive Dios…Y oí que del trono salía una fuerte voz que decía: ‘Aquí es donde Dios vive con su pueblo. Dios vivirá con ellos, y ellos serán suyos para siempre. En efecto, Dios mismo será su único Dios. El secará sus lagrimas y no morirán jamás”.

¿Estas palabras tomadas de dos diferentes libros del Nuevo Testamento son contradictorias o no? ¿Es posible que Jesús haya dicho, por medio del evangelio, que no estará más con nosotros mientras que en el libro de la Revelación nos promete que “Dios vivirá siempre con su pueblo para siempre?”

Algunos dirían que en realidad no hay ninguna contradicción aquí siempre y cuando se entienda que las dos lecturas están hablando de eventos muy diferentes. En el evangelio, Jesús se refiere a su próxima muerte y resurrección, y su futura ascensión al cielo, mientras que en el libro de la Revelación se refiere a la transformación del mundo. Tal sucederá al final de los tiempos cuando Jesucristo venga por segunda vez a juzgar a los vivos y a los muertos. Es muy posible que ese sea el caso. Y aunque no fuera así, no existe una contradicción entre las dos lecturas.

Una explicación puede ser lo que sigue. Al final de la sección del evangelio de hoy, Jesucristo concluye con las siguientes palabras de consejo a sus discípulos y a nosotros: “Les doy un mandamiento nuevo que se amen unos a otros como yo los he amado: ámense así unos a otros. En eso conocerán todos que son mis discípulos, en el amor que se tengan unos a otros” (Jn 13:35).

Sí, Jesucristo les dice a sus discípulos que a donde él va, ellos no pueden ir. Pero también les dice que seguirá con ellos a través de la presencia del Espíritu de Amor que él y su Padre enviarán al mundo. Y les dice que si se aman, y nos amamos como él nos ama, otros se darán cuenta de su presencia con nosotros a través de la manifestación de ese amor. Quizás físicamente Jesucristo y su Padre no estén con nosotros, pero estarán presentes mediante el compromiso de amarnos en el poder del Espíritu así como él nos ha amado.

Unas de las definiciones de Dios se encuentra en la primera carta de Juan y dice así: “Dios es amor y la persona que habita en el amor habita con Dios y Dios habita con esa persona”.

Sí, Jesucristo ha cumplido ya sus promesas de regresar al Padre y de mandarnos el Espíritu Santo. Y nos encontramos en aquellos tiempos en que todavía esperamos el cumplimiento de su otra promesa de regresar a juzgar a los vivos y a los muertos. Pero mientras tanto, Jesucristo permanece con nosotros en nuestro compromiso de vivir vidas que tratan de cumplir con los dos mandamientos más importantes de la ley: “Amar a nuestro Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente y amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos”.

Al principio del cristianismo los seguidores de Jesucristo eran identificados como “aquellos que se amaban los unos a los otros”. La evidencia de ese amor era tan grande para aquellos que los observaban que podían ver en ellos la presencia de Dios por el amor mutuo que se profesaban.

Hoy vivimos en un mundo muy diferente al de los primeros cristianos. Pero el reto sigue siendo el mismo. ¿Estamos dispuestos a amarnos de tal manera que otros puedan darse cuenta de la presencia de Dios en nosotros? ¿Somos personas comprometidas a cumplir nuestros votos bautismales, especialmente aquellos que nos llaman a servir a Cristo en todas las personas amando al prójimo como a nosotros mismo? ¿Estamos listos a trabajar por la justicia y la paz entre todos los pueblos y a respetar la dignidad de todo ser humano?

Pidamos al Espíritu Santo que nos ayude con su gracia a realizar esas promesas bautismales. Si logramos hacerlo, todos entenderán que aunque nos encontramos entre la Ascensión de Cristo y su segunda venida, no nos encontramos abandonados ni espiritualmente huérfanos porque Dios está con nosotros en el amor. Ese amor de Dios es en realidad la mejor y más clara evidencia de su constante presencia con nosotros.

Uno de los himnos más populares dice así: “Amémonos de corazón, no de labios ni de oídos para cuando Cristo venga, para que cuando Cristo venga nos encuentre preparados”. Pues, ¿cómo puedes tú orar enojado con tu hermano?  Dios no escucha la oración si no nos hemos reconciliado. Jesús nos dice: Un mandamiento nuevo les doy: ámense unos a otros como yo les he amado. Como yo les he amado, amen ustedes también. Y nos preguntamos, ¿qué recompensa tendremos si amemos como Jesucristo nos manda?  Con sólo disponernos a amar, ya somos recompensados. Por nuestro amor, nos reconocerán y reconocerán la presencia de Cristo en nuestras vidas. 

— El Rvdo. Ramón Ignacio Aymerich es el vicario-encargado de la Iglesia de Cristo, Teaneck, NJ, Diócesis de Newark.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan