Sermones que Iluminan

Último domingo después de Epifanía (B) – 14 de febrero de 2021

February 14, 2021

[RCL]: 2 Reyes 2:1–12; Salmo 50:1–6; 2 Corintios 4:3–6; San Marcos 9:2–9

Hay una historia contada por Claudio Naranjo, escritor chileno, acerca de un hombre común y corriente que de repente decide buscar a Dios, que de repente decide estar en su presencia: El hombre dice: “Dios, he estado tan ocupado con mi familia todos estos años, que no he tenido tiempo para nada, pero ahora iré a buscarte y estaré contigo. Iré a la montaña y me dedicaré sólo a ti.” Entonces Dios le habló a través de los ojos de su hijo y le dijo: -“Papá, no vayas a la montaña, no vayas allí. Yo estoy aquí”. Pero el padre no podía ver a Dios en los ojos de su hijo. Entonces este hombre continuó diciendo: “Dios te buscaré y me dedicaré sólo a ti.” Entonces Dios le habló a través de la sonrisa de su esposa y le dijo: -“Oye…veme, estoy aquí, y no tienes que ir a la montaña a buscarme. No tienes que buscarme. Yo estoy aquí.” Pero el hombre se marchó de todos modos. Este padre, este esposo, estaba totalmente cerrado para escuchar la voz de Dios, así que se fue a buscarlo a otro lado. 

En la lectura del evangelio de Marcos, que corresponde a este domingo, también conocida como la “Transfiguración de Jesús”, podemos ver que el Señor lleva a tres de sus discípulos (Pedro, Juan y Santiago) hasta la montaña. Allí, Jesús fue transfigurado, su rostro brillaba como el sol y su ropa se volvió blanca y muy deslumbrante. Es importante mencionar que la palabra griega que el escritor del Evangelio utiliza para la transfiguración es metamorfosis. Varios diccionarios definen esta palabra como un cambio de la forma de una cosa o persona en una completamente diferente, por medios naturales o sobrenaturales. Un buen ejemplo de esto en la naturaleza es cómo la oruga se convierte en una mariposa.

Pues bien, para nosotros la escena de la transfiguración es rica en contenido teológico y realismo mágico. Moisés y el profeta Elías están reapareciendo, y se oye una voz proviene de una nube que afirma a Jesús como el Hijo amado; aquella voz dice: “escúchenlo”. De otro lado, está la montaña, que en el antiguo Cercano Oriente, era considerada como un pilar, una columna que se elevaba de la tierra sosteniendo el cielo en su lugar. Por llegar hasta los cielos, la montaña o el lugar alto, fue vista como el puente entre la tierra -el lugar de los mortales- y los cielos -que era el dominio de los dioses-. Lo que es interesante notar aquí es que las montañas en las Escrituras son a menudo lugares de encuentro divino y de revelación.

Moisés ascendió la montaña para interceder con Yahvé y establecer un convenio entre Dios e Israel, lo que culminó con el regalo de los Diez Mandamientos. En esta escena Moisés también es representado de la misma manera que en este evangelio, con su rostro brillando como signo de su comunión con Dios. Y luego tenemos a Elías, el profeta que regresa al monte Horeb, el mismo lugar donde Moisés había recibido los Diez Mandamientos varios siglos antes; en esa montaña Dios habla a Elías en medio del humo, sonidos fuertes y terremotos.

De esta manera, es comprensible que durante el momento glorioso y magnífico de la transfiguración Pedro estuviera tan encantado que quisiera permanecer en la cima de la montaña para siempre; por eso dijo: “Maestro: ¡qué bien que estemos aquí! Vamos a hacer tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.” En cierto modo, sus instintos eran buenos, estaba en la presencia de Dios; ¡todo era tan perfecto para él! Podríamos decir que había llegado a su propio Nirvana. Nosotros, igualmente, estaríamos tan felices de estar allí si fuéramos él.

Pero Jesús no quería que Pedro y sus otros dos discípulos se quedaran en la cima de la montaña, sino que bajó con ellos para ser confrontado por un hombre cuyo hijo necesita sanación. Jesús con este acontecimiento milagroso, nos está enseñando que la gloria, la maravilla, no sólo está en la cima de la montaña sino en lo que sucede después. La gloria se revela cuando Jesús bajó para sanar a los necesitados, para estar en compañía de los pecadores y los indigentes. Ésta es la verdadera transfiguración; aquí es donde radica la verdadera gloria.

Muchas veces, como Pedro, estamos preocupados por nosotros mismos y tendemos a alejarnos de nuestro entorno, nos cerramos al mundo exterior y no sabemos escuchar la voz que viene de la nube. Es aquí donde desaparece nuestro juicio para identificar que Dios está presente y vivo entre nosotros. La verdad es que son muchas las cosas que no nos permiten escuchar la voz de Dios, la voz que viene de la nube; cosas como nuestro ego, nuestras propias construcciones mentales y expectativas, nos impiden escuchar la voz de lo divino y sentir la presencia de Dios a nuestro alrededor. Muchos de nosotros, en la intención de buscar a Dios en la montaña, tendemos a olvidar la voz dentro de nosotros, nos olvidamos de la presencia de Dios en nuestro prójimo, compañeros, familia y amigos, que es donde Dios realmente permanece.

El viaje a la montaña puede ser necesario. El momento de encantamiento y revelación, el milagro en la cima puede ser esencial para la reflexión espiritual, para la inspiración; necesitamos esos momentos; después de todo, Jesús tenía una razón para ir a la montaña y que el viaje tuviera un propósito. Claudio Naranjo, el escritor antes mencionado, concluye la historia del hombre que estaba buscando a Dios diciendo: si realmente necesitas experiencias más hermosas y espirituales que duren una vida, si realmente quieres ir a la montaña, si realmente quieres tu Nirvana, ve y trae flores a tu cónyuge y llama a tus padres solitarios por teléfono. Si realmente necesitamos experiencias más hermosas y espirituales que duren una vida, hagamos un acto de bondad, pasemos tiempo con los hijos, trabajemos para cambiar la comunidad. Recordemos ver a Dios en todo porque es allí donde realmente reside la gloria de Dios.

¿Qué habría pasado si el hombre de la historia hubiese oído esa voz divina en la persona de su hijo y de su esposa? La voz de Dios viene a nosotros a través de las voces de nuestros seres queridos, de nuestros familiares que nos aman, de nuestros amigos que se preocupan lo suficiente como para atreverse a desafiarnos y enfrentarnos, a través de la voz del extraño que pide nuestra ayuda; ésta es la voz que nos invita a regresar y vivir en armonía con nosotros mismos, con nuestra comunidad, y con Dios.

La gloria del Señor no reside sólo en los lugares altos, en la cima de la montaña; la gloria de Dios está aquí, a nuestro lado. Éste es el comienzo de nuestra verdadera metamorfosis y de nuestro mundo; éste es el lugar donde nosotros, junto con Jesús, podemos encontrar la verdadera transfiguración.

Amén.

El Rvdo. Alfredo Feregrino, es nativo de la Ciudad de México y obtuvo su Maestría en Divinidad en la Escuela de Teología y Ministerio en Seattle University donde obtuvo también el primer Dr. Rod Romney “preaching award”. Fue desarrollador de misión en una congregación bilingüe y bicultural en Seattle/Renton Washington y ahora es Rector Asociado en All Saints Church en Pasadena California donde está al cargo del desarrollo congregacional.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan