Sermones que Iluminan

Adviento 2 (C) – 2009

December 07, 2009


Cristo vino y Cristo volverá.

Durante las semanas que conducen a la Navidad vamos a escuchar lecturas bíblicas en las que abundan las promesas de Dios hechas a los profetas. Zacarías nos vaticina que el que viene unirá al mundo. Baruc asegura que el que venga traerá luz a la justicia y esplendor a todo el mundo. Sofonías escribió que el que ha de venir nos protegerá de la amenaza de la maldad y ayudará a la oveja que está coja. Será un libertador y nos unirá a todos. Luego el profeta Miqueas afirma que el que viene será aquel que manda, cura a sus ovejas y cuida de su pueblo.

Estos profetas proclamaron la palabra de Dios. Querían que el pueblo escogido llegara a conocer a su Dios y que se dieran cuenta de que él no les había abandonado. Estos profetas querían convencer al pueblo de que venía un salvador y que tenían que enmendar sus vidas mientras esperaban su llegada.

Las escrituras atestiguan que el pueblo no escuchó el mensaje de los profetas. Al fin y al cabo habían pasado cientos de años y las esperanzas puestas en esas promesas se habían desvanecido. El pueblo continuó pecando en contra de Dios y de su prójimo. Su vida reflejaba una falta de fe en que Dios iba a mandarles un libertador, un salvador.

En el evangelio de hoy encontramos a un hombre de Dios llamado Juan, hijo de un sacerdote llamado Zacarías. Cuando Juan estaba en el desierto le vino la palabra de Dios para advertir a la gente que debían volverse a Dios y ser bautizados para que sus pecados fueran perdonados. Recuerden que mientras los profetas del Antiguo Testamento decían al pueblo que iba a venir un salvador, Juan afirmaba que el Salvador ya había llegado.

Como cristianos creemos que el que iba a venir como salvador en realidad llegó en la persona de Jesús, el Cristo. Sin embargo, muchos no lo conocen. Lo mismo pasó con el pueblo de Dios hacen dos mil años.

El hecho de que Dios le hablara a Juan en el desierto no se nos debe pasar por alto. El desierto es un lugar peligroso, lleno de animales salvajes y de parajes abandonados. Fue en el desierto donde el diablo tentó a Jesús. Pero hoy escuchamos también que fue en el desierto donde la palabra de Dios le llegó a Juan. ¿Podrá suceder que es en el desierto donde el ser humano es tentado y al mismo tiempo escucha la voz de Dios?

La Iglesia denomina las semanas anteriores a la Navidad con el nombre de adviento. El adviento es una temporada de preparación con esperanza. Esa preparación consiste no solamente en proclamar que ha llegado el Salvador al mundo, sino también en anunciar que ese Salvador debe llegar a nuestras vidas. Celebramos en la Navidad el cumplimiento de la promesa antigua hecha a los profetas. El salvador prometido nos ha llegado en la persona de Jesucristo.

Para quienes afirmamos que el Salvador ya ha llegado a nuestras vidas, la pregunta que debemos formularnos es: ¿Cómo estoy viviendo mi vida en preparación para la celebración de la Navidad? Y para los que todavía no conocen a Jesucristo, la interrogación que hacemos es: ¿Qué es lo que te prohíbe aceptar que el Salvador haya llegado ya?

Regresemos a la realidad del desierto. Si bien el desierto es donde uno puede ser tentado o escuchar la palabra de Dios, ¿cómo vamos a responder al mensaje de los profetas y de Juan? ¿Responderemos con arrepentimiento y vuelta a Dios o es que creemos que no nos hace falta Dios en nuestras vidas, y que podemos vivir por nosotros mismos sin intervención alguna? ¿Qué es lo que nos prohíbe responder con un arrepentimiento de los pecados y volver a Dios?

Tal vez allí, en ese desierto de la vida es donde empecemos a dudar de que en realidad seamos hijos e hijas de Dios. Y al sentirnos solos surge el miedo y la pérdida de la esperanza. No obstante, es allí en el desierto de la vida; en la confusión de no saber a quién pertenecemos, es en ese desierto donde nos llega la palabra de Dios. Es allí, en nuestro desierto, donde se nos presenta el Cristo de la misma manera como la palabra de Dios, a través del profeta Isaías, le llegó a Juan en el desierto. Para Juan esa palabra divina tuvo implicaciones profundas para el resto de su vida.

Juan decía a la gente que debían volverse a Dios con arrepentimiento, que debían ser bautizados y Dios les perdonaría los pecados. Nosotros escuchamos la misma voz. El mensaje que Juan dirigía al pueblo era que iniciaran una vida nueva. Una vida de paz y armonía. ¿Cómo responderemos nosotros a esa invitación? ¿Qué palabra podemos gritar para consolar a los que carecen de recursos? ¿Cómo proclamaremos la palabra de paz a los que no tienen documentación adecuada para estar en este país? Y, ¿qué mensaje llevamos a los que están desempleados o incluso carecen de comida? ¿Cuál es la palabra de Dios que consuela en estos casos?

Juan escuchó la palabra que le llegó de Dios y respondió. Juan hizo algo. Nosotros tenemos que entender cómo nos llega la palabra de Dios y qué espera que realicemos individual y colectivamente en la comunidad por la causa del evangelio.

En este segundo domingo de adviento proclamamos que tenemos un Salvador que está presente con nosotros. Tenemos fe en que Dios, que comenzó su buena obra en nosotros la llevará a buen término el día en que Jesucristo regrese. Y tenemos fe en que ese mismo Salvador está siempre dispuesto a ayudarnos a vivir en paz con nosotros mismos, con nuestro prójimo y en comunidad. De esa manera damos testimonio al mundo de que Cristo ya vino, de que está aquí y de que continúa viniendo a nuestras vidas.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan

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