Sermones que Iluminan

Adviento 4 (A) – 2022

December 18, 2022

LCR: Isaías 7:10–16; Salmo 80:1–7,16–18; Romanos 1:1–7; Mateo 1:18–25

El evangelio de hoy, cuarto y último domingo de Aviento, resalta de modo especial la manera en la que José vivió su propio adviento. La forma como el Espíritu Santo asistió y acompañó a José, mientras intentaba hacer sentido al misterio que envolvió la llegada de Jesús, tiene mucho que enseñarnos hoy.

Desde el primer domingo de Adviento las lecturas dominicales han hecho énfasis en la importancia de abrazar el misterio divino y de confiar en el plan de salvación, especialmente cuando no tenemos todas las respuestas a nuestras preguntas. María dijo sí, sin saber a ciencia cierta todo lo que su compromiso implicaría, y Dios la guio, paso a paso. Juan el Bautista anunció la llegada del Salvador, primero de forma enérgica y verbal, y luego dando testimonio de la verdad desde la prisión, abrazando el misterio divino en toda su vulnerabilidad, mientras le preguntaba a Jesús si de verdad era él el que habría de venir. Todos y cada uno de los personajes que vivieron el primer adviento, esa espera ansiada de la llegada de Jesús, lo hicieron en condiciones de incertidumbre, sin tener todas las respuestas, sólo con una fe dispuesta a abrazar el misterio y a confiar en el plan de salvación.

Hoy el evangelio de Mateo continúa ayudándonos a prepararnos para la llegada de Jesús, y lo hace a través de los ojos y la experiencia de uno que, luchando con sus propias dudas, abrazó el misterio y la expectación de la llegada del Mesías como pocos: José, un carpintero de Nazaret. Mateo lo presenta como un hombre común y justo. Luego de recibir la noticia de que su prometida María estaba embarazada, José decide alejarse de ella en silencio. Para José, María había faltado a su compromiso y, aun así, en su generosidad, decide no acusar a María. Es precisamente, cuando José decide marcharse, que Dios interviene. Un ángel se le aparece en sueños y le dice: «José, descendiente de David, no tengas miedo de tomar a María por esposa, porque su hijo lo ha concebido por el poder del Espíritu Santo. María tendrá un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Se llamará así porque salvará a su pueblo de sus pecados.».

José es invitado a tomar parte en el plan de salvación, a aceptar al hijo de María como su propio hijo. ¡Hermoso y sublime! Dios está invitando a José a ser el padre terrenal de su Hijo, pero aun así no es fácil. Todo lo que José ha recibido es un sueño, a diferencia de María a quien el ángel visita y con quien dialoga. Ahora nuestro hombre común, un carpintero de Nazaret, que no sabe cómo interpretar sueños como los profetas, tiene que tomar una decisión: confiar en el plan de Dios y aceptar su invitación, o simplemente seguir adelante con su propio plan.

Aunque todos sabemos cuál fue la respuesta de José y el modo generoso en el que se abrió al misterio divino, nunca sabremos cuánto luchó con sus propias dudas, cuánto reflexionó, cuántas preguntas se hizo. La Biblia no nos cuenta los planes de José, sus sueños o añoranzas. Quizá sus planes eran tan simples como los de cualquier hombre común, casarse con su prometida, nombrar y criar a sus propios hijos, trabajar duro la carpintería y sacar a su familia adelante. Aunque no sepamos cuáles eran los sueños personales de José hay algo mucho más relevante que sí sabemos: José abrazó el misterio, vivió con fe su adviento, aceptó el sueño que Dios tenía para su vida, y se unió con su sí, al sí de María.

En este punto de la historia, José ignora por completo los siguientes pasos, no tiene ni idea de lo está por venir. No sabe del viaje a Egipto, de los sueños aún por revelar. En este punto de la historia no sabe aún que aquél, al que llamará su hijo, será un refugiado político en Egipto cuya vida tendrá que proteger. Hay tanto que José no sabe aún: no sabe del viaje que su hijo luego hará de Nazaret a Jerusalén, del templo a la cruz, y finalmente de la cruz a la tumba vacía.

José, con toda su fe y sus incertidumbres, sólo sabiendo el próximo paso, dice sí, una y otra vez, al plan de Dios; sin saber que al recibir a Jesús estaba abriendo para sí mismo, y para el mundo entero, las puertas de una vida nueva, eterna y mil veces mejor de lo que alguna vez él pudiera haber soñado o imaginado. Muchos quisiéramos una bola mágica a través de la cual pudiéramos ver lo que acontecerá mañana, pero la magia que ofrece el Adviento, este adviento que va llegando a su fin para dar paso a paso a la Navidad, es la magia de la fe. Al igual que a José, Dios nos invita a confiar en él. Dios nos invita a abrazar el misterio, a ser parte de la historia de salvación; una historia que comenzó en Belén pero que aún continúa, una narrativa de amor en la que Dios tiene un sueño para nosotros.

Dios sabe que nuestro corazón está quebrantado de muchas formas. Desde el Edén Dios entiende de planes frustrados, de traición y de engaño. Dios entiende nuestras dudas, miedos e interrogantes y es por eso por lo que Dios escoge revelarse en formas nuevas cada día, sobre todo en la persona de un niño frágil que viene a recordarnos el sueño que Dios tiene para nosotros.

En una semana estaremos celebrando uno de los misterios más grandes de la fe cristiana, el misterio de la encarnación. El sí de José y María han hecho posible el sueño de una vida mejor para nosotros, de una vida nueva que no tiene fin. La invitación que Dios nos hace hoy a nosotros es simple y profunda. En medio de todas nuestras dudas y con todas nuestros interrogantes Dios nos invita a hacer lugar para Jesús. Sumémonos al sueño de Dios, el sueño de un mundo donde Jesús es bienvenido en cada corazón.

Aun cuando no tengamos una bola de cristal y cuando sabemos que la vida traerá desafíos con los que no quisiéramos tener que lidiar, recordemos que ya Jesús nació, que murió y resucitó conquistando la victoria final. En esta Navidad, que toca a la puerta, abramos el corazón de par en par y abracemos el misterio de amor hecho carne.

Dios tiene un sueño para cada uno, que puede que sea distinto a los sueños propios, pero de seguro es mucho mejor de lo alguna vez podríamos soñar. Que el amor que se derramó en el pesebre y en la cruz, opaquen todas nuestras dudas y miedos. Que la encarnación nos sorprenda con el corazón abierto y alerta.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan

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