Cuaresma 3 (A) – 8 de marzo de 2026
March 08, 2026
LCR: Éxodo 17:1-7, Salmo 95, Romanos 5:1–11, San Juan 4:5–42
En el pasaje del evangelio de este Domingo San Juan intensifica la comprensión de quién es Jesús: el Hijo de Dios, el Mesías, el Cristo. Jesús se presenta como la Palabra encarnada, el Emanuel, Dios con nosotros, aquí mismo, en este desierto, de pie o sentado en el pozo de Jacob. Nos encontramos con un Jesús humano y en el mundo, ni más ni menos que en Samaria, en la actual Palestina. Esto enfatiza las condiciones físicas que señalan aislamiento, exclusión, sed y hambre, también de la palabra viva, la que Jesús ofrece a la mujer samaritana.

El pozo requiere trabajo físico diario, pero la vida espiritual y eterna que ofrece Jesús se manifiesta como fuente de agua que brota hacia la vida eterna. Por primera vez Jesús revela en forma explícita su identidad como el Mesías. En el pozo de Jacob lo viejo y lo nuevo se encuentran: el antepasado bíblico, Jacob, y la Nueva Alianza, Jesús. Dios está haciendo algo nuevo al traer a Jesús a este lugar donde se cruzan dos mundos diferentes. El pozo está en las afueras de la ciudad palestina de Nablus, punto intermedio entre Jerusalén y Galilea, una tierra destinada a la marginalización -como también sucede hoy en estas tierras-.
En este encuentro Jesús, al interactuar voluntaria e intencionalmente con una mujer samaritana en un espacio público, rompe la hostilidad existente entre judíos y samaritanos. Los judíos consideraban a los samaritanos como extranjeros y, aunque compartían la mayoría de las creencias, existía hostilidad entre ambos grupos a partir del periodo postexílico, cuando los que regresaron a Jerusalén se auto nominaron los guardianes de la fe mientras las comunidades de raza mixta fueron rotuladas como la “otredad”. Ambas comunidades compartían la Torá, sin embargo, tenían diferentes creencias acerca de donde honrar a Dios: los samaritanos consideraban el monte Gerizim la montaña sagrada, no el monte Sion (Jerusalén). En el presente la opresión basada en la etnia continúa especulando sobre una noción falsamente construida acerca de quién tiene derecho a la tierra de los antepasados.
La escena se pone más dramática si se tiene en cuenta que, además de ser de Samaria, se trata de una mujer. Se debe tener en cuenta que, en tiempos bíblicos, las palabras en boca de mujeres no tenían ni crédito ni mérito, como sucede hoy en algunas comunidades y países donde la realidad de muchas mujeres continúa siendo la exclusión y la opresión: pastoras de la iglesia, servidoras públicas, educadoras, académicas, sanadoras, madres, vecinas y más. Aunque el texto afirma que “Muchos de los habitantes de aquel pueblo de Samaria creyeron en Jesús por lo que les había asegurado la mujer”, también dice que “muchos más creyeron al oír lo que él mismo decía. Y dijeron a la mujer: Ahora creemos, no solamente por lo que tú nos dijiste, sino también porque nosotros mismos le hemos oído”.
Este pasaje se distingue del resto de la Santas Escrituras por cuanto y como se registra la voz de la mujer samaritana. Aunque ella se une a la larga lista de mujeres sin nombre en la Biblia y aunque Jesús no la haya condenado –por el hecho que había tenido cinco maridos y que el actual era concubino-, el texto ha sido objeto de una interpretación patriarcal y misógina, que ha impregnado en el inconsciente colectivo como si la mujer samaritana fuera una pecadora y una “ninguneada”. En la discriminación que debió haber sufrido esta mujer se encuentra la interseccionalidad del color de piel, una raza rechazada (las mujeres samaritanas eran consideradas perpetuamente impuras por los hombres de Judea) y la pobreza. Ser excluida y discriminada era probablemente su identidad y vergüenza, su sentimiento perenne y su estado emocional.
Una mujer sin marido, en el contexto bíblico, no podía sobrevivir, dependía de un hombre ya fuera un hermano, un primo, un suegro o un hijo. Las mujeres eran consideradas propiedad; incluso los niños gozaban de un estatus social más alto que ellas. Si una mujer no tenía parientes varones, el matrimonio sucesivo era su única opción para sobrevivir. Un hombre podía divorciarse de una mujer, pero una mujer no podía divorciarse de un hombre. El que la samaritana tuvo cinco esposos nos informa que había sufrido marginación a gran escala.
En este encuentro Jesús va mucho más allá de simplemente no condenar a esta mujer. En primer lugar, está rompiendo todas las barreras existentes, como judío interactúa con una persona de Samaria, y como hombre habla libre y abiertamente, en pleno día, con una mujer. Jesús desafía la opresión social y le ofrece su atención y compasión a quienes han sido históricamente excluidas. Jesús enseña que saber algo sobre alguien no nos da derecho a juzgar y, aunque habla con su autoridad divina, se presenta con calma, ternura e incluso con sentido del humor.
Este encuentro tiene impacto misiológico. Al entablar una conversación profunda e íntima con la mujer samaritana, Jesús le ofrece dignidad, respeto y liberación, y ella comprende quién es Jesús y se convierte en “apóstol”, pues es “enviada” para anunciar las buenas nuevas. La iglesia ortodoxa griega le ha dado un nombre a la samaritana: Fotini (Photini), lo que le ha otorgado un relato justo en la historia de amor entre Dios y su pueblo. Fotini dejó un legado considerable en la iglesia primitiva y es considerada la madre de los evangelistas. Su audacia, curiosidad e inteligencia le otorgaron la confianza del pueblo como alguien elegida por Dios. Su compromiso con Jesús es profundo y valiente, sus preguntas desafían a Jesús, nos ofrece un modelo de cómo hablar con Dios, nos muestra que cuestionar y buscar a Dios son aspectos de una fe activa. Fotini es el modelo bíblico de una mujer que sabe escuchar y cuestionar al entrar en una conversación teológica. Nos da permiso para hacer lo mismo. Nosotros también podemos hablar con Dios con franqueza cuando buscamos respuestas y verdad.
La fe no es una aceptación ciega. Desde la fe podemos cuestionar mientras buscamos profundizar nuestra relación con Dios. El encuentro en el pozo de Jacob nos enseña que Jesús incentiva la lucha entre el corazón y la mente. El resultado es lo que Fotini nos ofrece: salir al mundo a evangelizar y proclamar que Jesús es el camino, la verdad y la luz. A propósito, Fotini significa “iluminada”.
La Reverenda Anahí Galante es Sacerdote en la Diócesis Episcopal de Nueva York. Ha servido como Sacerdote-A-Cargo, Sacerdote Suplente, Cuidados Pastorales y Predicadora Invitada en distintas comunidades de fe en transición. Ofreció cuidado pastoral individual y congregacional y servicios litúrgicos en la Iglesia del Buen Pastor, en Granite Springs, NY. Las comunidades en las que sirve como ministro incluyen la Iglesia Santa María y la de Todas las Almas en Harlem, Grace Church en White Plains, Christ Church/San Marcos en Tarrytown, La Iglesia del Buen Pastor en Manhattan y La Expiación en el Bronx. La Reverenda Anahi ha colaborado con la serie Sermones que Iluminan desde el año 2021 y participa como líder en asesoría espiritual en las convivencias de Cursillo.
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