Sermones que Iluminan

Cuaresma 1 (A) – 2017

March 05, 2017


Una maestra de religión, le asigna a su clase una presentación sobre la vida de los santos. Para hacer su tarea, una joven se dirige a la iglesia donde se congrega con su familia. Al llegar al templo se fija en la hermosura de los vitrales que adornan las paredes. Observa cómo la luz penetra a través de ellos. Su observación la lleva a reflexionar y a compartir lo siguiente con su profesora: las santas y los santos son como cada uno de los vidrios que encontramos en muchas iglesias en el sentido de que dejan pasar la luz sin ser dañados o alterados.

Podemos decir que hay algo de similar al describir la tentación. Sabemos que la tentación existe, siempre puede tentarnos tanto a hombres como a mujeres, y también sabemos que no todos entre nosotros y nosotras permitimos que la tentación dañe nuestras vidas, ni nuestra experiencia de fe.

En el libro de Génesis citado en las lecturas de este domingo, oímos que la tentación persiste hasta lograr opacar la imagen de Dios en nosotros, arrebatándonos el privilegio de discernir entre el bien y el mal. Y muchas veces lo experimentamos cuando reclamamos autonomía moral, al tomar decisiones sobre nuestras vidas, dejando a Dios fuera de ellas.

Más aún, la segunda parte de la lectura del libro de Génesis que hemos escuchado, recrea la escena anterior, pero la enriquece con la presencia de la “serpiente” que, en el contexto citado, sirve de “máscara o antifaz” a un ser totalmente hostil a Dios y al ser humano. Más adelante, los autores de los libros del Nuevo Testamento llamarán diablo o “adversario”, la representación e identidad del mal en su máxima expresión.

La lectura de la carta de san Pablo a los Romanos que acabamos de escuchar nos recuerda que, en Cristo, el poder del pecado y la muerte son detenidos y su sacrificio en la cruz nos asegura el triunfo del amor como estilo de vida. San Pablo establece para nosotros, la diferencia entre el hombre o la persona vieja o exterior, y la persona nueva o interior en Cristo. Nuestros pecados personales son, en gran medida, la ratificación o confirmación de la debilidad de nuestra naturaleza humana la cual puede ser egoísta y atender a sus intereses personales.

Entonces estemos seguros que la muerte ya no tiene el control; estamos hablando de la muerte eterna, puesto que en Cristo somos llamados a la eternidad. San Pablo nos recuerda las palabras del profeta Isaías: “Después de tanta aflicción verá la luz y quedará satisfecho al saberlo; el justo siervo del Señor liberará a muchos, pues cargará con la maldad de ellos”. Cristo es generoso al extremo mientras que el pecado personificado en Adán es egoísta y sólo atiende a sus intereses personales.

Hermanos y hermanas, nuestro compromiso como cristianos es entonces, buscar, ampliar las posibilidades de la Gracia para que a su vez pueda transformar cada vida y convertirla en digno receptáculo del Amor de Dios. Nuestro compromiso es mantener nuestro corazón lleno de Dios, puesto que un corazón lleno de Dios, es un corazón dispuesto al amor y no al egoísmo y el pecado—mucho menos a la violencia. En las palabras de san Agustín de Hipona “La medida del amor es amar sin medida”.

En el Evangelio de Mateo, siguiendo la dirección de las lecturas anteriores, su autor asume que la tentación es consecuencia del pecado y como tal, afecta la Imagen de Dios en la humanidad.

No obstante, sabemos que Jesús, solidario con nosotros, pasa por estas pruebas mostrándonos fuerza para que nosotros, al ser tentados, reconozcamos la fuerza que podemos tener por medio de nuestra fe. Jesús encarna al pueblo en el desierto que durante décadas sufrió en su peregrinar antes de llegar a la tierra prometida.

Mateo presenta al Señor como el “Nuevo Moisés” que conduce el nuevo Éxodo, es decir, como el Mesías, tal como lo sospecha el diablo al decir “si eres el Hijo de Dios”. Jesús abre el nuevo camino de la salvación enseñándonos la obediencia a la Voluntad de Dios y para ello nos invita a confiar y comprometernos en esta empresa definitiva para el bautizado.

Cuando Nuestro Señor nos dice: “Y aunque los hizo sufrir y pasar hambre, después los alimentó con maná, comida que ni ustedes ni sus antepasados habían conocido, para hacerles saber que no solo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de los labios del Señor”, nos está invitando a vivir y a ser alimentados de la Palabra como fundamento de nuestra fe.

A pesar de estar libre de pecado el Señor pudo conocer las seducciones exteriores que atraviesan sus amigos, discípulos y todo creyente.

El Espíritu Santo que guió la vida y obra de los profetas y guió a Jesús Redentor en el cumplimiento de su Misión, más tarde hizo lo propio con la santa iglesia como lo indica el libro de los Hechos de los apóstoles capítulo 1 versículo 8: “recibirán poder y saldrán a dar testimonio de mí”.

Nosotros también podemos contar con la guía del Espíritu Divino que nos dará la fortaleza de resistir para que el mal no entre en nuestros corazones y que, como dice la alumna que la luz que pasa a través de los vitrales, esas tentaciones que se presentan, no dañen nuestras vidas, ni nuestra experiencia de fe, porque nuestro corazón estará lleno de Dios y diremos como nos pide San Pablo que creamos: “A todo puedo hacerle frente, gracias a Cristo que me fortalece”.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan