Sermones que Iluminan

Cuaresma 2 (C) – 2010

March 01, 2010


Podríamos muy bien sintetizar la enseñanza que nos trae la liturgia de la Palabra en este segundo domingo de cuaresma de la siguiente forma: Dios llama, y cuando él llama, lo único que necesitamos es confiar absolutamente en él. Y qué mejor que este ambiente cuaresmal para convertirnos desde el reconocimiento humilde de que no siempre confiamos en Dios, de que casi siempre nuestra fe y nuestra confianza están aferradas a todo, menos al escudo y baluarte que es nuestro Dios.

En el capítulo doce del libro del Génesis leemos la vocación de Abrahán, un habitante hasta entonces anónimo de Ur de Caldea, territorio muy distante del país donde finalmente desarrollará la misión para la cual el Señor lo llama. En el capítulo quince el narrador retoma el hilo de la historia y nos vuelve a presentar al Señor tomando siempre la iniciativa para animar a Abrahán, para mostrarse como el Único en el que realmente se puede confiar.

Abrahán se resiste a creer en las promesas de Dios y, por ende, no manifiesta ninguna esperanza, no puede confiar sencillamente porque su realidad es crítica: “soy estéril”, “no me has dado descendencia y un criado será mi heredero”; de otro lado, Abrahán enfrenta una dificultad más que tal vez puede ser muy familiar o muy común para muchos: el Señor lo ha llamado para desplazarse a otro territorio, a otra región, a otro país. Por más esperanza, por más ilusiones, por más confianza que tengamos en nosotros mismos, no siempre las experiencias de estar lejos de nuestro territorio, son positivas; hay mucho de dolor, mucho de angustia, de soledad y de quebranto.

Y bien, a pesar de las reticencia de Abrahán para aceptar el ofrecimiento divino, el Señor insiste y promete ser su escudo; como quien dice, su defensor en todo momento, y para que Abrahán crea y confíe lo invita a sellar un pacto a la manera como se celebraban las alianzas en aquella lejana época en Mesopotamia y en todo el cercano oriente.

Desde ese momento, Abrahán creyó y confió en el Señor. Así es Dios con nosotros; su amor y su bondad sobrepasan cualquier expectativa nuestra; está ahí para respaldarnos, para ser nuestro escudo y fortaleza; nos corresponde a nosotros examinar qué tanta confianza y qué tanta fe tenemos en el Dios en el cual creemos. Si a veces flaquea nuestra confianza en él, si a veces las dificultades, las contradicciones y los obstáculos nos desaniman y perdemos nuestras ilusiones, es porque no estamos seguros ni convencidos de su poder y su bondad; tal vez, incluso, tendremos que reconocer que muchas veces confiamos más en los bienes materiales, en nuestros propios proyectos y nuestras propias fuerzas y que con mucha frecuencia sólo nos acordamos de Dios en casos extremos, cuando definitivamente todo nos ha fallado.

El pasaje del Génesis que escuchamos hoy nos ayuda, entonces, a examinar en qué punto se halla nuestra confianza en Dios; no importa cuántas dificultades y obstáculos estemos enfrentando ahora; lo que importa es volver a sentir la llamada alentadora de Dios y escuchar su promesa: “no temas, yo soy tu escudo” y estar convencidos de que cuando Dios llama, lo único que necesitamos es confiar absolutamente en él, como ciudadanos del cielo que somos, tal como lo afirma san Pablo en su epístola a los filipenses y que también escuchamos hoy.

Por su parte, el evangelio que nos trae la liturgia nos presenta un caso un poco extraño, pero que de un modo u otro se puede relacionar con el pasaje del Génesis que hemos meditado. Unos fariseos le insinúan a Jesús que se aleje del territorio donde se encuentra porque Herodes está buscando la forma de matarlo. La respuesta de Jesús, nadie la espera, “vayan a decir a ese zorro: hoy y mañana expulso demonios y realizo sanaciones; pasado mañana terminaré”. Una respuesta que nos hace ver hasta qué punto Jesús está plenamente convencido de su misión porque sabe a quién le sirve y en nombre de quién actúa.

Jesús también ha sido llamado y enviado por Dios para realizar la tarea de Hijo; esto es, haciendo presente en este mundo la voluntad amorosa y salvífica del Padre. También Jesús, desde su bautismo depositó toda su confianza en su Padre y sabe que no lo defrauda; por eso, ninguna amenaza humana lo amedrenta, ni siquiera la perspectiva de morir a manos de los que se creen amos y señores del mundo.

En este marco, Jesús lanza una lamentación por Jerusalén, mas no por la ciudad física, por su templo y sus murallas, sino por todos los que están convencidos de que en Jerusalén moraba la presencia divina. Jesús soñaba con un pueblo convertido, un pueblo que entendiera en qué consistía de verdad el proyecto amoroso de Dios, su llamado continuo a practicar el amor y la justicia; sin embargo, con el pretexto de defender la causa divina, Jerusalén había aniquilado a todos los mensajeros de Dios y estaba a punto de aniquilar también al último de todos, a su propio hijo.

También hoy Jesús tendría mucho qué lamentar a causa de nuestro comportamiento, de nuestras incoherencias de vida y nuestra falta de un auténtico testimonio. Pidamos de corazón hoy al Señor que nos otorgue el don de la conversión, que nos haga más dóciles a su Palabra; que derrame sobre nosotros la virtud de la esperanza para continuar esperando contra toda esperanza en un modelo de sociedad nueva donde reinen el amor, la justicia y el derecho. Que el pan de la Palabra y el cuerpo y la sangre de Cristo que compartimos, sean los signos de ese compromiso nuestro para lograr ser mejores cada.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan