Sermones que Iluminan

Cuaresma 3 (C) – 20 de marzo de 2022

March 20, 2022

LCR: Éxodo 3:1-15; Salmo 63:3-8; 1 Corintio 10:1-13; San Lucas 13:1–9

“¿Piensan ustedes que esto les pasó a esos hombres de Galilea por ser ellos más pecadores que los otros de su país?  Les digo que no…” (San Lucas 13:2-3a).

En esta lectura nos encontramos a Jesús utilizando un discurso un poco diferente; hasta pareciera que está impaciente y algo enojado. ¿Dónde está el Jesús que nos habla suavemente, con compasión y perdonando nuestras transgresiones? Esta vez habla con firmeza y casi como confrontando a quienes lo escuchan.

Jesús está haciendo referencia a cosas tremendas que han pasado en su contexto histórico y del cual poco sabemos. Es como si ahora hablase de los ataques a las Torres Gemelas, el holocausto, el apartheid en Sudáfrica, de las persecuciones a nuestras comunidades de los pueblos originarios o del pecado del racismo estructural, como si tocara la llaga de las sangrientas dictaduras militares de América Latina o las muertes y tragedias que hemos vivido estos dos últimos años en tiempo de pandemia.

Jesús habla de tragedias que sucedieron inesperadamente a gente que no tenía idea de lo que estaba por acontecer, como la caída de la Torre de Siloé o a las atrocidades cometidas por Poncio Pilatos contra gente inocente perpetrando terrorismo de estado contra del pueblo. Estos casos nos ayudan a reflexionar en la precariedad en la que vivimos. Jesús en ningún momento sugiere o justifica que esas atrocidades sucedieron porque la gente se lo merecía. Esas cosas horribles no pasaron como castigo de Dios. Jesús es claro cuando pregunta: “Piensan ustedes que esto les pasó por ser ellos más pecadores?” Y su respuesta es contundente: “les digo que no.”

Jesús tiene claro el hecho de que cosas malas pasan a personas buenas; él no se ocupa ni preocupa de hablar acerca de castigos merecidos o inmerecidos, menos habla de un Dios que castiga. Jesús no se plantea porqué pasó tal o cual cosa. Él apunta a algo más importante: el arrepentimiento. Jesús les dice a quienes lo están escuchando: “si ustedes mismos no se vuelven a Dios, también morirán.” Obviamente, no está hablando de la inevitabilidad de la muerte física, sino de la muerte espiritual. Por eso, él aclara que la respuesta no está en el porqué, sino en el discernimiento del cómo: ¿qué debo hacer para tener una relación más pura e íntima con Dios? ¿Cómo voy a lograr seguir a Jesús a pesar de las tentaciones materiales en un mundo que nos lleva por mal camino? ¿Cuándo me voy a dar cuenta de que Jesús me está pidiendo que cambie de rumbo? ¿Quién será mi víctima si no cambio de conducta? ¿A dónde irá a parar mi alma si me dejo llevar por el camino del consumismo y la explotación de los otros para obtener ganancias personales?

Jesús menciona esos dos terribles eventos, pero no implica que esas personas merecían semejante fin. Evidentemente eran personas inocentes y algo -que está más allá de su entendimiento y situación- llegó a sus vidas y se las arrebató. Los dos ejemplos que menciona Jesús hablan de brutalidad, derrame de sangre, muerte, destrucción y de algo no previsto. Pero él no se preocupa por lo justo o injusto de la situación; como buen seguidor de las Escrituras, los profetas y enseñanzas de su tiempo, se preocupa por el estado de las almas, por la intención y el arrepentimiento.

El arrepentimiento no se trata de repetir “mea culpa”, golpeándonos tres veces en el pecho. Arrepentirse significa reconocer que actuamos mal y encontrar la forma de cambiar. Arrepentirse es construir un puente, con juicio crítico, entre una mala acción o pensamiento del pasado y un cambio intencional y deliberado hacia el futuro. Las Escrituras nos enseñan que arrepentirse implica cambiar y tener la capacidad de evidenciarlo en nuestras expresiones o acciones, que provienen del corazón y la mente. Es decir, se trata de dejar el camino de la transgresión y retornar al camino que nos acerca a Dios.

Y ¿Cómo podemos demostrar concretamente nuestro arrepentimiento? Además de pedir a Dios que nos perdone, podemos también expresarle a alguien que lamentamos mucho haberle ofendido en acto o palabra, y pedirle perdón. Este análisis de conciencia es trabajo duro y arduo: primero debemos hacernos responsables, reconociendo que hemos cometido una transgresión con nuestras propias palabras o acciones; segundo, lamentando de corazón el dolor causado; y, tercero, tomando la decisión que, pase lo que pase, no repetiremos ese acto, que cambiaremos nuestra conducta, aun si los disparadores y tentaciones persistiesen. Cuando nos arrepentimos sinceramente y desde el alma, también aumentamos nuestra capacidad de perdonar a los otros, ya que no podemos perdonar si aún guardamos rencor en nuestros corazones.

De otro lado, debemos recordar que cuando ofendemos a otras personas -de palabra, pensamiento u obra-, estamos ofendiendo directamente a Dios. Esto es lo que le ocupa y preocupa a Jesús. Por eso nos invita a reflexionar acerca de la importancia de la reconciliación con Dios, nuestro creador, porque al transgredir nos alejamos de Dios y de todo lo que es de Él; el costo de la transgresión es la ruptura de nuestro vínculo sagrado con Dios. Transgredimos a pesar de nuestras buenas intenciones, nos herimos mutuamente a pesar de habernos prometido reciprocidad y respeto mutuo en nuestros sentimientos. Pero Dios en su generosidad infinita nos regala la oportunidad de comenzar de nuevo cada día; su regalo es el habernos dado la capacidad de arrepentirnos, la inteligencia de saber distinguir lo bueno de lo malo y la humildad de poder pedir perdón.

El regalo de Dios es su paciencia infinita hacia nosotros y nosotras, porque su amor no tiene fin. Siempre hay tiempo para arrepentirse y pedir perdón, para producir buen fruto. Por eso Jesús termina con la parábola de la higuera que no estaba dando frutos, demostrándonos como Dios siempre nos da la oportunidad de fertilizar nuestros corazones y mentes con la capacidad de arrepentirnos para producir buenos frutos. Vivir en estado de arrepentimiento significa vivir de tal modo que no importa lo que suceda, siempre encontraremos nuestro regreso a la vida con Dios y en Dios.

A pesar de atravesar por épocas de sequia espiritual, si nutrimos nuestros corazones y pensamientos de acuerdo con los principios de Dios, siempre podremos producir buenos frutos, porque arrepentirse es una manera de responder a la generosa presencia de Dios en nuestras vidas.

Anahí Galante es seminarista en Bexley Seabury Episcopal Seminary (Chicago, Illinois) y es Candidata para las Órdenes Sagradas en la Diócesis de Nueva York. Es miembro de la iglesia Saint Luke’s in the Fields (Manhattan, Nueva York), y sirve como Seminarista en Residencia en la Iglesia de La Santa Cruz/Holyrood (Alto Manhattan, Nueva York).

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan