Sermones que Iluminan

Cuaresma 3 (C) – 2013

March 03, 2013


En tiempos de Jesús al igual que en el nuestro, acontecen hechos que nos invitan a reflexionar profundamente en el significado de la vida y de la muerte.

En meses pasados pudimos experimentar el sufrimiento por la ola de muertes y de destrucción que dejó el paso del huracán Sandy por el Caribe y la parte Este de Estados Unidos. Las grandes cadenas de noticias se hicieron eco para difundir la noticia y dar a conocer los pormenores.

Hoy la porción del evangelio para el tercer domingo de cuaresma, inicia con dos episodios poco importantes para ser difundidos, y mucho menos importantes escribirlos para la historia. Uno de los mil incidentes del enfrentamiento continuo entre judíos y el ejército romano. Uno es el caso el de los galileos asesinados por Pilato en el templo y el derrumbe de la Torre de Siloé, dejando dieciocho muertos.

En ambos sucesos, separados por el tiempo, podemos hablar de la actitud asumida frente a los acontecimientos. En el reciente del huracán Sandy vemos que lo que impera es el salvaguardar vidas, reconstruir espacios devastados, y prestar ayuda a los que lo han perdido todo. En fin ayudar a que la vida continúe. En el caso de los tiempos de Jesús, la opinión general era de que estas cosas solo le suceden a la gente que las merece; por lo que poco acontecía para ayudarles a reconstruir sus vidas.

Como es de suponer, la gente que estaba cerca de Jesús le preguntaba acerca de estos sucesos. Él no compartía la opinión general de que estas cosas le suceden solo a la gente que las merece. Él les planteaba más bien la necesidad de cambiar de conducta y por ende de actitud, de una conversión de la que depende nuestra propia supervivencia. Sin duda que gran parte de las calamidades de este mundo son fruto del pecado del hombre, sin embargo, nunca debemos verlas como castigo de Dios. Sino más bien como consecuencia de haber abandonado el camino de Dios. En el evangelio según san Lucas en su capítulo trece cita a Jesús diciéndoles que les pasará lo mismo si no cambian su manera de vivir: “Y si ustedes no renuncian a sus caminos todos perecerán de igual modo” (Lc.13:5b).

Jesús aprovecha esas noticias importantes de la muerte injusta de los galileos y la de los aplastados por la torre para explicarles el sentido último de nuestro breve paso por este mundo, mediante la parábola de la higuera que no daba frutos.

Una higuera es un árbol común en Palestina, era considerado como un signo de paz y de prosperidad. Produce un fruto en forma de pera y es muy apreciado por su sabor y dulzura. Este fruto tenía uso medicinal y comprimido se hace una especie de pastel con él. La higuera produce fruto tres veces cada doce meses. El higo temprano que está listo para comerse en el mes de junio, el higo del verano el cual está listo para el mes de agosto y el higo del invierno el cual madura en lugares protegidos en la primavera. El fruto de este árbol siempre aparece antes que las hojas. Aunque sabemos que en abril no producen fruto en las épocas soleadas, algunas higueras eran capaces de producir fruto antes de tiempo, los cuales ya habían madurado para ser comidos.

En esta parábola encontramos dos actitudes muy humanas por así decirlo. La primera es la del dueño de la viña. Tenía tres años esperando recoger frutos de una higuera, pero cada vez que iba, no lo encontraba. Su enojo fue más allá de lo usual y le dijo al viñador: “Mira hace tres años que vengo a buscar higos a esta higuera, pero nunca encuentro nada. Córtala. Para qué está consumiendo la tierra inútilmente?” El viñador contestó: “Señor, déjala un año más y mientras tanto cabaré alrededor y le echaré abono. Puede ser que así dé fruto en adelante y, si no, la cortas” (Lc.13:7-9).

Dios es el dueño de la viña y nuestro también. Él nos ha creado y espera que vivamos de manera agradable a él, así como se nos dice en la lectura de la primera carta a los de Corinto: “No se hagan servidores de ídolos…no tienten al señor… Tampoco se quejen contra Dios” (1Cor.10:7-10). Al igual que la higuera hemos sido creados para dar frutos. Es una bendición especial dada a los hijos de Dios. Fue dada al pueblo de Israel, pero ellos se rebelaron contra Dios y rechazaron a su hijo, lo condenaron y lo mataron. Él nos creó con libre albedrio, responsabilidad por la que deberemos rendir cuentas por los frutos producidos o dejados de producir. Nuestros frutos deben alimentar a otros, ayudarles a crecer en su fe y amor sobre las obras creadas por Dios.

Lo interesante de todo esto es que el mismo Dios nos da la oportunidad de rectificar si le fallamos. Nos provee un intercesor si no nos salen bien las cosas, nuestro Señor Jesucristo, quien intercede por nosotros al igual que el viñador por la higuera. Él abona nuestras vidas, remueve la tierra, quita toda piedra de tropiezo y nos cuida de tal modo que demos frutos agradables a Dios, y en abundancia. Él sabe que las cosas de este mundo nos distraen algo, como es el afán desmedido por las riquezas, los deseos pecaminosos que nos apartan del amor de Dios y por ende somos más lentos unos que otros para dar frutos, pero en su infinito amor y misericordia, remueve nuestras tierras endurecidas por los sufrimientos de la vida, la falta de oportunidades, la desigualdad en el uso de las riquezas de la tierra, las injusticias que corrompen a las criaturas de Dios. El riega nuestras vidas con amor, paciencia y deseo de liberación e igualdad entre todos los seres humanos.

Durante la estación de cuaresma se nos invita a “un examen de conciencia, al arrepentimiento; la oración; el ayuno, la auto negación; que intensifiquemos la lectura y meditación de la Santa palabra de Dios”. Se nos invita a que abandonemos viejas prácticas que no nos ayudan en lo espiritual. Además se nos exhorta a que asumamos actitudes que nos proporcionen la oportunidad de dar buenos frutos. Pero quizás algunos solo tengamos excusas.

Hay mucha gente que cuando el Señor se acerca a su árbol de higos, por así decirlo, nos justificamos diciendo: “no es mi tiempo, yo quiero seguir gozando de la buena vida, quiero seguir gozando de mis amistades, quiero seguir gozando de los fines de semana con mis familiares y conocidos, a darle mi tiempo a Dios. Yo soy muy joven todavía y eso es para viejos”. Nos justificamos y decimos, no, no es tiempo. Dios tiene hambre de nosotros. Dios tiene hambre de vernos a nosotros vivir vidas que sean fructíferas, que demuestren el fruto del espíritu, que demuestren ese amor, que demuestren esa paz, que demuestren vidas de fidelidad, de integridad de la cual mucha gente se nutra.

Dios es perseverante, nos plantó, nos creó y por ende no quiere la muerte para ninguno de nosotros, más bien, le da a cada cual su tiempo; nos recuerda que no somos eternos y que en cualquier momento nos puede llamar a su presencia y pedirnos cuenta. Vendrá como ladrón en la noche.

Quiera Dios que, cuando decida hacerlo y nos llame tarde o temprano, se encuentren nuestros brazos y nuestras ramas cargadas de abundantes frutos que germinen en incalculable semilla de eternidad.

Oremos: Dios Omnipotente te damos gracias por tanto amor hacia nosotros. Gracias por darnos una segunda oportunidad de rectificar cuando nos hemos desviado de tus caminos. Gracias por darnos los medios seguros y eficaces para dar frutos en abundancia, en el nombre de tu Hijo amado, Jesucristo nuestro Señor. Amén.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan