Cuaresma 4 (A) – 15 de marzo de 2026
March 15, 2026
LCR: 1 Samuel 16:1–13; Salmo 23; Efesios 5:8–14; San Juan 9:1–41
Hay algo profundamente humano en no querer admitir que no vemos bien. Y no se trata sólo de la vista física. Hay otra clase de ceguera y es más difícil de detectar: la del corazón, la del alma, la ceguera que nos hace pensar que vemos claramente cuando en realidad estamos caminando a tientas.
En el Evangelio de Juan encontramos la historia de un hombre que nació ciego. Jesús lo ve antes de que el hombre lo vea a Él -Que Jesús nos vea es casi siempre una señal de la gracia-. Luego que Jesús ve a este hombre, y antes de poder hacer nada, los discípulos le preguntan: “Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego?”. Los discípulos quieren encontrar culpables, y es muy interesante porque nosotros también hacemos eso. Cuando algo sale mal buscamos responsables; cuando alguien sufre queremos una explicación rápida. Pero Jesús responde: “Ni éste pecó ni sus padres; nació así para que las obras de Dios se manifiesten en él”. En otras palabras: dejen de buscar culpables y vean aquí una oportunidad para que la gloria de Dios brille.

Jesús escupe en tierra, hace lodo, lo pone en los ojos del hombre y le dice que vaya a lavarse al estanque de Siloé. El hombre va, se lava y regresa viendo. Este hombre, que nunca había visto un amanecer, que no conocía el rostro de su madre, que no sabía el color del cielo, de repente, ve. Pero lo más impresionante no es que ahora vea los árboles, las calles y las personas, sino que empieza a ver quién es Jesús, porque ahí está el punto central de esta historia y el hilo conductor de hoy: el hombre que no podía ver físicamente se convierte en el único que realmente ve espiritualmente. Mientras tanto, los fariseos -los expertos religiosos, los que “lo saben todo”- se quedan ciegos.
El hombre comienza diciendo: “Un hombre llamado Jesús hizo lodo”; luego dice: “Es un profeta”. Y, al final, cuando Jesús se revela, responde: “Creo, Señor”. Su vista física fue restaurada en un instante, pero su visión espiritual fue creciendo paso a paso, y eso es hermoso. Muchos pensamos que la fe es algo que ocurre de golpe, pero a veces la fe es como el amanecer: primero una pequeña luz, luego más claridad, hasta que el sol está en lo alto.
Ahora, contrastemos eso con los fariseos. Ellos interrogan al hombre, a sus padres, debaten entre ellos, analizan la ley, discuten sobre el sábado. Pero no ven a Jesús, quien al final les dice algo contundente y claro: “Si fueran ciegos, no tendrían pecado. Pero ahora que dicen: ‘Vemos’, su pecado permanece”. ¡Qué palabra tan confrontadora! La verdadera ceguera no es la de no ver, sino la de pensar que ya lo vemos todo, y eso también nos puede pasar a nosotros. Cuando creemos que ya entendemos a Dios completamente, que ya sabemos cómo debe actuar Jesús, que nuestra manera es la única correcta, cuando cerramos el corazón a lo que Dios quiere hacer de manera inesperada. A veces nuestra mayor limitación no es nuestra debilidad, sino nuestra seguridad.
Hay personas que después de una crisis dicen: “Nunca había visto la vida de esta manera”. Una enfermedad, una pérdida, un fracaso, una migración difícil, un divorcio, una decepción. Momentos que parecen rompernos. Pero con el tiempo descubren que, en esa grieta, algo nuevo empezó a brillar. Hay una frase que dice: “La grieta en nuestra visión es por donde entra la luz de Dios.” El hombre ciego tenía una grieta enorme en su vida, desde su nacimiento; dependía de otros, vivía marginado, era objeto de preguntas teológicas, no de compasión. Pero fue precisamente esa grieta la que se convirtió en el lugar donde la luz de Cristo entró con poder. Tal vez algunos sintamos que nuestra vida tiene grietas. Grietas en el matrimonio, en la salud, en la fe, en la relación con los hijos, en la identidad. Vivimos en una cultura que nos dice que debemos proyectar éxito, seguridad, control, que no mostremos debilidad, que no admitamos dudas. Pero el Evangelio nos muestra otra cosa: que es en nuestra fragilidad donde Dios obra con más claridad.
El hombre ciego no tenía una reputación que defender, una posición religiosa por proteger, orgullo académico que sostener. Sólo tenía una experiencia real con Jesús. Cuando lo presionan él responde con una sencillez poderosa: “Una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo”. ¡Qué testimonio tan simple y profundo! No entra en debates complicados. No intenta ganar argumentos. Sólo comparte su experiencia. En nuestras comunidades hispanas a veces pensamos que necesitamos saber mucha teología para hablar de Dios, que debemos tener todas las respuestas, pero quizá lo más poderoso es decir: “Yo estaba perdido y ahora estoy encontrando camino”, “Yo estaba en oscuridad y ahora veo un poco más claro”, “Yo estaba lleno de miedo y ahora tengo esperanza”. Eso nadie lo puede refutar.
Lo interesante es que mientras el hombre va viendo cada vez más claro, los fariseos se van cerrando cada vez más. Cuando alguien se aferra demasiado a su idea de cómo debe ser Dios corre el riesgo de no reconocerlo cuando se presenta de manera diferente. Jesús no entró al templo con espectáculo. Sólo se inclinó hasta el suelo, hizo lodo, tocó la ceguera. Y lo sigue haciendo hoy. Sigue inclinándose hacia nuestras zonas oscuras, tocando nuestras heridas, enviándonos a lavarnos, a dar pasos de obediencia, aunque no entendamos todo. Y cuando regresamos algo cambia. Quizá no todo se resuelve de inmediato, pero empezamos a ver distinto; empezamos a ver que la persona que nos irrita también es amada por Dios, que nuestro sufrimiento no es castigo, sino lugar de encuentro, que Jesús no es una idea religiosa, sino una presencia viva.
El hombre fue expulsado de la sinagoga por su testimonio y cuando queda fuera Jesús lo encuentra otra vez. Eso también es importante. Cuando dar testimonio nos cuesta, cuando por seguir a Cristo no encajamos del todo, cuando por elegir integridad perdemos aprobación, Jesús nos busca. Y, como en la historia, el encuentro termina en adoración. El hombre dice: “Creo, Señor” y lo adora. La ceguera se convirtió en adoración, la grieta en gloria, la debilidad en testimonio. Tal vez hoy el mensaje es que no necesitamos fingir que vemos perfectamente, que debemos reconocer nuestras cegueras, pedirle a Jesús que toque nuestros ojos, permitir que su gracia sane nuestras grietas, aceptar que no lo sabemos todo, abrirnos a que Él nos sorprenda. Porque la verdadera luz no entra por las superficies pulidas, entra por las grietas.
Si hoy sentimos que nuestra visión está rota, que la fe está fracturada, que el corazón tiene fisuras, no nos avergoncemos. Puede ser que, justamente ahí, esté comenzando a brillar la gloria de Dios. Que hoy podamos decir con humildad y con gozo: “Señor, no veo todo claramente, pero veo lo suficiente para confiar en Ti”. Eso es el inicio de una visión verdaderamente sanada.
El Rvdo. Andreis Diaz es Vice-Rector de Christ Church, Ponte Vedra Beach, Florida. Diócesis de la Florida.
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