Cuaresma 5 (A) – 22 de marzo de 2026
March 22, 2026
LCR: Ezequiel 37:1–14; Salmo 130; Romanos 8:6–11; San Juan 11:1–45
“¡Lázaro, Sal Fuera!”
La historia de Lázaro es probablemente una de las más conocidas del Nuevo Testamento. Ha inspirado a generaciones enteras, llamándonos a reflexionar sobre el poder de Dios sobre la muerte, la promesa de la resurrección y la esperanza de una vida nueva. En el corazón de este pasaje está el movimiento de la muerte a la vida. Lázaro, que había estado muerto durante cuatro días, es llamado fuera de su tumba por Jesús. Pero el milagro no se trata únicamente de revertir la muerte: es una invitación a participar en la vida que Dios nos ofrece. Se trata de responder, de levantarse y de ser co-creadores con Dios en el desarrollo de este milagro.

Muchas personas han experimentado momentos que se sienten como un regreso de la muerte a la vida. En los círculos de capellanía no es raro escuchar de pacientes que, durante cirugías o enfermedades críticas, han vivido experiencias cercanas a la muerte y luego regresan: restaurados y conscientes. Una de estas historias es la de un hombre mayor que, durante una cirugía de marcapasos, fue declarado clínicamente muerto por un breve momento. Cuando fue reanimado relató, con lágrimas en los ojos, que había estado “muerto en la sala de operaciones” y luego fue traído de vuelta a la vida. Esto nos recuerdan que la resurrección no es sólo un evento bíblico o una metáfora. A veces se vive en la experiencia humana, de manera misteriosa y milagrosa. Sin embargo, incluso en estos momentos, la persona no es completamente pasiva. Su conciencia, su atención y su disposición a involucrarse con la vida se convierten en parte del milagro que se desarrolla. En un sentido profundo, se convierte en co-creador del milagro, dando un paso a la nueva vida que Dios hace posible.
Ésta es una de las verdades más profundas de la experiencia de Lázaro: Dios no actúa sólo en la creación, la restauración o la resurrección. Dios nos llama, nos capacita y hace posible la vida, pero nos invita a responder, a actuar, a participar. Cuando Jesús ordena: “¡Lázaro, sal fuera!”, es la respuesta de Lázaro la que permite que ocurra el milagro. Observemos lo que Jesús no hace: no toma a Lázaro de la mano para sacarlo de la tumba, no lo apresura como un bombero entrando a un edificio en llamas; simplemente habla, llama y ordena y, finalmente, Lázaro actúa. El levantamiento de Lázaro nos recuerda que la resurrección nunca es completamente pasiva. Somos co-creadores con Dios. Nuestros pensamientos, palabras, convicciones y acciones dan forma a la realidad en la que vivimos. Como nos recuerda frecuentemente la Escritura, nuestra fe y confianza están destinadas a ser activas, no pasivas, son un compromiso con la vida que Dios ya está trayendo al mundo.
El pasaje también nos invita a examinar las tumbas en nuestras propias vidas. Estas tumbas pueden no ser físicas, pero son reales: adicciones, hábitos de vida o patrones que limitan nuestro crecimiento, relaciones u hogares marcados por el abuso o el miedo, el sistema de injusticia que nos paralizan con resignación. ¿Cómo sabemos que no estamos en nuestras propias tumbas ahora mismo? ¿Cómo sabemos que no estamos, de alguna manera, “muertos” aun mientras vivimos y respiramos? Tal vez estamos inmovilizados por el miedo a hablar; tal vez el dolor, la duda o la decepción nos han dejado sin fuerzas. Sin embargo, Jesús nos llama: “¡Sal! ¡Sal de tu tumba!”.
La resurrección no es un evento aislado. Después de que Lázaro responde y sale de la tumba, Jesús instruye a la comunidad a su alrededor: “Quiten las vendas y déjenlo ir”. La plenitud de la vida no se alcanza estando solos. Necesitamos a los demás. María y Marta acudieron a Jesús, pidieron ayuda. Y, con frecuencia, es a través del cuidado, el apoyo y el amor de otros que podemos dar el paso completo hacia la nueva vida que Dios ofrece. Se nos invita, como comunidad, a ser co-creadores de la resurrección. Así como Lázaro participa en su propia resurrección, nosotros también estamos llamados a actuar, tanto en nuestra vida como en la vida de quienes nos rodean. Quitamos las vendas de la tumba cuando nos acercamos a los demás, defendemos la justicia, brindamos cuidado y compañía, fomentamos la esperanza. La co-creación no es sólo teológica, es práctica; es nuestra participación activa en la obra de Dios en el mundo.
Historias de capellanía como la mencionada ilustran esto bellamente. El paciente no es un receptor pasivo de una intervención médica o milagrosa; participa en el desarrollo de su propia vida restaurada, es consciente, responde, se involucra; y el cuidado de quienes lo rodean -el personal médico, la comunidad que lo acompaña- forma parte del milagro. La resurrección, entonces, es una colaboración. Dios llama, invita, hace posible el milagro, y nosotros respondemos, participamos, nos levantamos, actuamos y, a través de esa colaboración, la vida nueva entra en el mundo, no sólo para nosotros, sino para quienes nos rodean.
Por tanto, la historia de Lázaro no sólo se trata de un milagro que ocurrió hace mucho tiempo. Es una invitación presente y continua. Jesús se encuentra con nosotros, en nuestras tumbas, en esos momentos de miedo, dolor, fracaso o desesperanza, y nos llama: “¡Sal! ¡Sal de tu tumba!” Y, sin embargo, espera nuestra respuesta. No somos sólo receptores de la gracia de Dios; somos participantes, co-creadores. Reflexionemos entonces sobre las tumbas en nuestras vidas. ¿Qué nos impide participar plenamente en la nueva vida que Dios nos ofrece? ¿Qué miedos, patrones o circunstancias necesitamos dejar atrás? ¿Dónde podemos actuar?
Recordemos también que nunca estamos solos. Así como Lázaro necesitó el apoyo de su comunidad, nosotros también dependemos del cuidado y aliento de los demás. Y, a través de nuestra disposición a ayudarnos mutuamente, participamos en los milagros que Dios ya está creando a nuestro alrededor.
Hoy, al reflexionar sobre la historia de Lázaro, recordamos que la resurrección no es un evento lejano ni una idea abstracta. Está ocurriendo aquí y ahora. Dios nos llama a salir de nuestras tumbas, a dar un paso hacia la vida nueva, a co-crear milagros. Escuchemos la poderosa voz de Jesús llamándonos: “¡Sal! ¡Sal de tu tumba!”, y respondamos levantándonos, actuando y participando en la vida que Dios nos ofrece tanto en nosotros como en nuestra comunidad. No estamos solos. Somos co-creadores con Dios; somos participantes en la resurrección. Juntos, con Dios y con los demás, podemos hacer realidad lo imposible. Amén.
El Rvdo. Alfredo Feregrino es nativo de la Ciudad de México y obtuvo su Maestría en Divinidad en la Escuela de Teología y Ministerio en Seattle University, donde obtuvo también el primer Dr. Rod Romney “Preaching Award”. Fue desarrollador de misión en una congregación bilingüe y bicultural en Seattle/Renton, Washington; fue Rector Asociado en All Saints Church en Pasadena, California, a cargo del desarrollo congregacional; y ahora es Sacerdote a Cargo en St. Luke’s–San Lucas Episcopal Church en Vancouver, Washington.
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