Sermones que Iluminan

Día de la Ascensión (A) – 2014

May 29, 2014


La Iglesia, extendida por todo el mundo, celebra con gozo la Ascensión del Señor.  Lucas, en su evangelio y en el libro de los Hechos de los Apóstoles, nos describe los detalles que rodean la subida del Señor a los cielos. Eran los días  en que las apariciones del Señor resucitado a los apóstoles se daban con mucha frecuencia. Así se indica libro de los Hechos: “Después de muerto se les presentó en persona, dándoles así claras pruebas de que estaba vivo. Durante cuarenta días se dejó ver de ellos y les estuvo hablando del reino de Dios” (Hechos 1).

Ese período de cuarenta días en el que el Señor resucitado se aparece a sus seguidores es un tiempo de preparación para la obra misionera que está a punto de iniciarse. El Señor aborda  temas como el reino de Dios, el bautismo en el Espíritu, el testimonio en la vida cristiana y la misión evangelizadora a todos los pueblos de la tierra; tales tópicos han sido centrales en la vida de la comunidad cristiana a lo largo de su historia.

Bien se dice que el libro de los Hechos de los Apóstoles debería llamarse el libro de los Hechos del Espíritu Santo. El Señor resucitado instruye a sus discípulos antes de ascender a los cielos y, como se indica en la primera lectura de hoy, lo hace por medio del Espíritu Santo.

¿Por qué el Señor se refiere al Espíritu Santo como el poder y la fuerza que dirigirá la obra misionera de la iglesia? ¿Es posible entender la obra redentora de Jesús, sin tener en cuenta la acción del Espíritu Santo? ¿Quién es el Espíritu Santo?  Según el catecismo de la Iglesia Episcopal: “El Espíritu Santo es la Tercera Persona de la Trinidad, Dios actuando continuamente en el mundo y en la Iglesia (Libro de Oración Común, pág. 744).

El Señor sube a los cielos, y la obra iniciada por él en el mundo cobra una fuerza especial por medio del poder del Espíritu Santo. En palabras de san Pablo en su carta a  los Efesios, “Este poder es el mismo que Dios mostró con tanta fuerza y potencia cuando resucitó a Cristo y lo hizo sentar a su derecha en el cielo, poniéndolo por encima de todo poder, autoridad, dominio y señorío, y por encima de todo lo que existe, tanto en este tiempo como en el venidero”.

Frente al hecho maravilloso de la Ascensión del Señor, los cristianos y cristianas de hoy no son diferentes a los discípulos que fueron testigos de semejante evento. La primera reacción es de estupor, el Señor se marcha y ellos temen que todo ha terminado, que no son capaces de continuar la obra que el Señor les encomienda. La Ascensión marca el inicio de una nueva etapa en la comunidad cristiana bajo la guía y el poder del Espíritu Santo. El maravilloso acontecimiento de Pentecostés  es la confirmación de esta vida en el Espíritu Santo. La afirmación  del Señor a sus discípulos al revelarles que “cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes, recibirán poder y saldrán a dar testimonio de mí, en Jerusalén, en toda la región de Judea y de Samaria, y hasta en las partes más lejanas de la tierra” (Hechos 1:8), se hace realidad el día de Pentecostés.

Nuestro Señor Jesucristo, resucitado y glorificado, está presente en cada obra que la iglesia realiza en el mundo. El Espíritu Santo, que, como recitamos en el credo, “procede del Padre y del Hijo”, es la expresión suprema de la presencia de Cristo en el mundo.

Jesús sube a los cielos, pero no se marcha, permanece en cada acción misionera, en cada testimonio de vida cristiana, en cada nueva comunidad cristiana que surge y se desarrolla. Los primeros discípulos del Señor extrañaban la presencia física del Señor, pero una vez que experimentan el poder del Espíritu Santo en Pentecostés, abren los ojos y descubren la real presencia de Jesús en las obras que realizan en su nombre y abrazan la misión de extender el reino hasta los confines de la tierra.

Para nosotros cristianos y cristianas de este tercer milenio, las palabras de los ángeles a los discípulos: “Galileos, ¿por qué se han quedado mirando al cielo? Este mismo Jesús que estuvo entre ustedes y que ha sido llevado al cielo, vendrá otra vez de la misma manera que lo han visto irse allá” (Hechos 1:11), son un llamado de atención y un mandato a la vez. La obra del Señor en la tierra debe continuar bajo la acción y el poder del Espíritu Santo. La obra misionera no depende solamente de los recursos humanos y materiales, es una obra iniciada por el mismo Jesús bajo el influjo poderoso del Espíritu Santo.

Hoy en día vemos que la evangelización es tarea difícil en medio de campañas mediáticas que desacreditan la labor pastoral y evangelizadora de la Iglesia. Las nuevas generaciones se sienten atraídas por las variadas ofertas espirituales que invitan a centrarse en el individuo solamente, obviando que el ser humano se define a partir de su relación con los demás. El Señor delegó a la Iglesia la responsabilidad de ser guía para el ser humano en la búsqueda de la plenitud. La Iglesia que es a su vez institución humana, es también como lo afirma el apóstol Pablo a los Efesios: “Cuerpo de Cristo, de quien ella recibe su plenitud, ya que Cristo es quien lleva todas las cosas a su plenitud” (Efesios 1:23).

La obra de la Iglesia continuará durante muchos milenios más, porque la guía el mismo Espíritu Santo, sin embargo, nos corresponde a nosotros, discípulos y discípulas de este tiempo responder al reto de llevar la buena nueva a todos los pueblos en el contexto social y cultural en que viven. La Iglesia no puede aislarse y confiar en el poder de su estructura organizativa para existir. Atrás quedaron los tiempos en que la Iglesia ocupaba un lugar especial en el seno de cada familia. El domingo, tradicionalmente dedicado a la práctica religiosa, es hoy también el día de practicar el deporte favorito. Los horarios laborales no permiten a muchos de nuestra comunidad hispana participar en la adoración dominical. ¿Cómo respondemos a ese reto? ¿Somos creativos y tenaces al abrir nuevos espacios de adoración y formación cristiana fuera del domingo? ¿Cómo utilizamos la tecnología para llevar al mensaje a los miembros de nuestra comunidad?

El Señor subió a los cielos y se fue confiado que la obra iniciada por él no tendría fin porque sus discípulos y discípulas abrirían sus mentes y corazones al influjo del Espíritu y así cumplirían con la misión de anunciar las buenas nuevas de salvación a todos los pueblos. Ser Iglesia hoy en día es más que tener  un templo, ser iglesia es ser una comunidad en la que la evangelización y el testimonio de servicio son los mandatos centrales del Señor antes de subir a los cielos. El reino de Dios anunciado por Jesús antes de morir, es también reafirmado por el Señor resucitado antes de subir a los cielos. Que nuestro anuncio de un reino de paz y justicia desde el amor cristiano sea siempre el centro de nuestra tarea evangelizadora.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan