Sermones que Iluminan

Día de la Ascensión (B) – 2015

May 15, 2015


Hoy celebramos la Ascensión del Señor. En el calendario litúrgico este es el día en que leemos el pasaje donde los primeros discípulos se despiden de Jesús y cómo Jesús ascendió a los cielos. La Ascensión también se encuentra en el credo de los apóstoles. Dice: “Subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios”.

Alguien dijo que a veces los predicadores sienten bochorno y ofrecen disculpas cuando tienen que predicar sobre la Ascensión. ¿Qué pudiera decir un predicador moderno sobre la ascensión en una era científica? ¿Pudiera este texto tener alguna relevancia para nosotros más allá de la afirmación familiar que recitamos en el credo de los apóstoles? ¿Cómo podemos acercarnos al significado de este texto, libres de los argumentos históricos y teológicos de nuestros antepasados, que trataban de unificar a la Iglesia en medio de las herejías de su tiempo?

Quizás el mejor lugar para comenzar es con nosotros mismos. No debemos dejar a Jesús flotando en el aire. Debemos dejar que Jesús aterrice primero en nuestra experiencia humana. Debemos empezar con los desórdenes y las formas humanas imperfectas de nuestro camino hacia Dios.

El arzobispo Rowan Williams sugiere que la historia de la ascensión de Jesús nos está diciendo “…que nuestra condición humana, nuestras formas de ser en el mundo; la humanidad nuestra que todos sabemos está manchada, lastimada, aprisionada en muchas formas; esta humanidad- la de cada uno de nosotros- es aun recibida en el corazón ardiente de Dios”. El arzobispo Rowan continuó diciendo: “Jesús toma nuestra naturaleza y la eleva al mismísimo corazón de Dios y él le habla a Dios, su padre, en una voz humana. El lenguaje que se habla en el cielo es lenguaje humano, no angélico o celestial. Nuestras palabras humanas son escuchadas en el mismísimo corazón de Dios. Ellas han sido llevadas por Jesús al mismísimo centro de la vida divina de Dios.

En medio de grandes guerras, de pérdidas humanas, de sacrificios personales, de la dominación de una nación sobre otra, en medio de la lucha de un niño huérfano tratando de sobrevivir y estar seguro, la gran esperanza humana se basa en saber que nuestras palabras, nuestra condición humana es escuchada y entendida por Dios.

Esto nos recuerda el Movimiento por los Derechos Civiles en este país y cómo las poderosas palabras fueron elevadas a Dios en la persona de Martin Luther King y otros. No solo estas palabras llegaron al mismísimo centro del corazón de Dios, sino que también pudiéramos decir que el Espíritu Santo que Jesús nos prometió, nos unió con él y Dios Padre para convertirse en una fuerza que unió y elevó al pueblo en busca de una nueva verdad consistente con el reino de Dios y la visión de Dios de que cada hombre, mujer y niño es precioso ante los ojos de Dios.

Lo cierto es que Dios ve y sabe todo sobre nuestra humanidad y a pesar de que muchas veces estamos condicionados a traer ante el altar lo mejor de nuestro ser, Dios sabe plenamente lo bueno, lo malo y lo feo que hay en nosotros.

Esto no significa que Jesús nos está diciendo a nosotros que cada llanto humano es bueno. No significa que Jesús aprueba ideas de venganza sobre nuestros enemigos, o aun mostrar tu enojo a Dios. Lo que significa es que Jesús acepta nuestros sentimientos, nuestras personalidades desordenadas como reales. Jesús nos toma seriamente cuando tratamos de acercarnos a Dios y a otras personas desde la opción del amor. Y maravillosamente, Jesús nos toma en serio cuando nos movemos en dirección opuesta a Dios, cuando tomamos caminos de destrucción y de odio. Jesús no nos deja ir y ni nos pierde de vista cuando nos aferramos a seguir por caminos oscuros en la vida. Jesús escucha nuestras palabras de dolor, de protesta, de resentimientos y de violencia. Él las escucha y las lleva ante la presencia de Dios Padre y le dice: “Esta es la humanidad que he traído a casa.” No es una foto bonita, no es necesariamente edificante o heroica, solamente es real. Real y necesitada y confundida, y aquí la tienes, esta complicada humanidad) llevada al cielo, penetrando el corazón ardiente de Dios; esperando ser sanada, esperando ser transformada.

Lo cierto es que la Ascensión es también una celebración de la gloria humana, una celebración de la posibilidad de que nosotros y nuestro potencial puedan finalmente ser transformados por Dios. Y también es una celebración de la capacidad de Dios, a través del Espíritu Santo de llegar a esas partes de nuestra vida que no son tan gloriosas.

En la lectura del evangelio Jesús habla de la promesa de Dios que descenderá sobre la tierra. Jesús habla de la forma en que el don del Espíritu Santo que nos ayudará no solo a ser un nuevo tipo de humanidad, sino que también nos permitirá ver al ser humano de una forma nueva y diferente. Cuando el Espíritu Santo revolotea sobre nosotros en el viento y en las llamas de Pentecostés, el Espíritu nos une a la vida de Jesús. Nos da la capacidad de entender lo que de verdad decimos como seres humanos.

La promesa de Dios es que recibiremos ese nivel y dimensión de vida divina para que, mediante el amor en Cristo, podamos esparcir a través de nosotros y en nosotros el reino de Dios. La Ascensión nos recuerda que mucho trabajo se espera de nosotros; obras que, como bautizados, prometimos hacer, para que así el mundo sea guiado a Cristo, el Cristo que lleva el mundo a Dios. La Ascensión es ambas, una narración de plenitud y una tremenda historia de obras no terminadas.

El gran compositor italiano, Puccini murió de cáncer en 1924 mientras componía su opera final “Turandot”. Él le dijo a sus estudiantes: “Si no termino “Turandot”, yo quiero que ustedes la terminen por mí”. Después de su muerte, los estudiantes estudiaron fervientemente la ópera y Franco Alfano la completó en 1926. Ese mismo año la opera fue estrenada en Milán por el estudiante favorito de Puccini, Arturo Toscanini. La ópera fue magnífica y cuando llegó la parte de la pieza donde la muerte detuvo la pluma de Puccini, en ese mismo momento lágrimas comenzaron a correr en el rostro de Toscanini. Paró la orquesta, puso su batón en el suelo, se tornó a la audiencia y dijo: “Hasta aquí pudo escribir el Maestro, pero murió”. Un silencio se apodero de la ópera. Entonces Toscanini recogió el batón nuevamente, y sonriendo a pesar de sus lágrimas, exclamó: ¡Pero sus discípulos terminaron su obra! Cuando “Turandot” terminó, la audiencia se puso de pie y ofreció un aplauso ensordecedor. Nadie en el estreno olvidó ese momento.

Cuando Jesús dejó a los primeros discípulos y los comisionó a completar su obra, ellos no olvidaron ese momento. La Ascensión nos recuerda que nuestro Maestro ya no está con nosotros, y que nosotros, sus discípulos tenemos que terminar su obra. La Ascensión nos reta a traer el cielo a la tierra, lo cual es, vivir los valores de Jesús en nuestro mundo. Tal como lo proclama la oración del padrenuestro: “Venga tu reino, hágase tu voluntad, tanto en la tierra como en el cielo.”

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan