Sermones que Iluminan

Día de Pascua (A) – 5 de abril de 2026

April 05, 2026

LCR: Hechos 10:34-43; Salmo 118:1-2,14-24; Colosenses 3:1-4; San Mateo 28:1-10.

“No tengan miedo… Vayan pronto y digan: ‘Ha resucitado’.”

Este es el día más feliz del año para todos los cristianos que, con fe y esperanza, hemos recibido la gran noticia de la gloriosa Resurrección de Cristo de entre los muertos. A través de este maravilloso acontecimiento —como nos anuncia la tercera colecta para este día—, el Hijo Unigénito ha vencido la muerte y nos ha abierto las puertas de la vida eterna.

El libro de los Hechos de los Apóstoles nos ofrece un claro y detallado relato de la manera como Dios ha provisto para sus escogidos un camino de santificación que conduce a la salvación eterna. Todos hemos escuchado durante años, en nuestras iglesias, la invitación a conocer el mensaje del Evangelio, y hemos sido testigos de la manera como Cristo, a través de su predicación y sacrificio, sanó nuestra naturaleza caída dándonos una nueva oportunidad de alcanzar, junto a Él, una vida santa y una eternidad bienaventurada que nos inspira a configurar nuestra existencia con su propuesta. Sin embargo, corremos el riesgo de que este mensaje se convierta en una celebración secundaria que no transforme verdaderamente nuestra relación con Dios y con el hermano a quien encontramos en los distintos escenarios de nuestra cotidianidad.

Es indudable que el mensaje de Jesús y la fuerza de su Resurrección son motivos suficientes de esperanza y consuelo para cada creyente; pero este tesoro invaluable puede caer en el olvido si cada uno de nosotros no toma en serio sus votos bautismales y comienza a vivir como beneficiario de ese gran rescate con el que hemos sido bendecidos por Dios. El primer paso ya lo ha dado el Señor en nuestro favor: envió a Jesús a mostrarnos su amoroso rostro, a enseñarnos el camino de la vida y, en su muerte y resurrección, nos dio el perdón y la gloria, elevando nuestra naturaleza al cielo en la persona de Jesús. No podemos menos que cantar llenos de júbilo con el salmista: “Den gracias al Señor, porque es bueno”. Él ha derribado los muros que nos separaban de su amor, ha derrotado al pecado y a la muerte, y nos ha habilitado para una vida resucitada, gloriosa y eterna.

Como criaturas resucitadas y regeneradas por la gracia santificadora de Dios, también hemos recibido la responsabilidad de “buscar las cosas del cielo”, como nos dice el Apóstol en la carta a los Colosenses, y de llevar a otros a ese conocimiento y convencimiento de que somos ciudadanos de la Nueva Jerusalén. Estamos llamados, como familia de Dios, a proclamar con nuestra vida y palabra lo maravilloso de vivir en Él y para Él.

La construcción del Reino de Dios consiste, precisamente, en comunicar al mundo la gran noticia de nuestra elección en Cristo. Esta conciencia de ser hijos de Dios y resucitados a la vida nueva debe generar en el mundo una gran comunidad de creyentes que viva como seres libres, en condiciones de igualdad, respeto, bienestar y felicidad. Esta conciencia tiene que despertar en nosotros la voluntad necesaria para la construcción de estructuras justas a nivel familiar, comunitario, eclesial y cósmico, generando espacios de bienestar, respeto, aceptación, inclusión y cuidado de nuestra casa común, hasta que toda la creación sea restaurada en Cristo.

En este sentido el Evangelio de Mateo para este domingo se constituye en un gran mensaje escatológico para todos los redimidos. Este pasaje está cargado de una profunda simbología que comunica magistralmente la Gloria del Señor.

“Pasado el sábado”, día del reposo judío, después del descanso mandado por la antigua ley, surge una nueva era: lo viejo ha pasado, “he aquí que todas las cosas son hechas nuevas”. Las mujeres —quienes representan a los excluidos, a los que no tienen voz, ni pueden decidir por sí mismos, ni cuyo testimonio tiene validez— se dirigen al sepulcro. No son los apóstoles, ni los amigos cercanos del Señor, ni los beneficiarios de sus milagros, ni las autoridades establecidas. Sólo ellas, las que han recibido con corazón abierto, dispuesto y lleno de amor el mensaje, son las primeras testigos de este sublime acontecimiento que estremece la tierra entera como un terremoto que derrumba viejas estructuras y da paso a una nueva creación regenerada en el Dios Viviente.

El ángel, en la Sagrada Escritura, es presencia viva y actuante de Dios: “brillaba como un relámpago”. Representa el poder divino que quita todo obstáculo, eliminando la fuerza destructora del pecado que impide el surgimiento del creyente resucitado. En señal de autoridad, dominio y gobierno sobre el mal, este personaje misterioso se sienta sobre la piedra para asegurarnos que nunca más el pecado tendrá poder sobre el creyente regenerado. Ante la presencia del Dios Omnipotente, los no creyentes —representados en los soldados romanos, custodios de la tumba— quedan inmóviles, aterrados, confundidos, “como muertos”, sin capacidad para comprender el invaluable regalo de la Vida Nueva que Jesús nos entrega en su Resurrección.

“No tengan miedo… vayan y digan a los discípulos: ‘Ha resucitado.” No podemos quedarnos con esta gran noticia guardada en el interior de nuestras iglesias; tenemos que ir por todo el mundo y anunciar esta buena nueva a todos aquellos que esperan despertar del sueño en que muchos viven a causa de la desesperanza. Las vidas de muchos cristianos están en este momento traspasadas por el dolor, la enfermedad, la pobreza material, el desplazamiento, la desigualdad y todos los demás sufrimientos que traen al mundo las estructuras de pecado y de muerte. Las mujeres y los primeros discípulos también sufrieron persecución y miedo; sin embargo, tuvieron el valor de anunciar la buena noticia, y muchas personas, aun en medio de esas circunstancias difíciles, encontraron nuevas fuerzas para seguir caminando y transformando sus realidades. Al igual que María Magdalena y la otra María, vamos con mucho miedo, pero a la vez con mucha alegría. Como nos dice el Evangelio de Mateo, estamos llamados a ir “corriendo”, sin demora alguna, a invitar a todos a venir al encuentro del Señor en la nueva Galilea, ese lugar maravilloso que representa la totalidad del mensaje de salvación: la Galilea del primer amor, del llamado a los primeros discípulos, del inicio de la predicación de Jesús, de la Transfiguración y de las Bienaventuranzas. A los pies del Maestro encontraremos paz y nuestra vida se verá transformada y nada, absolutamente nada, podrá apartarnos de su amor.

El Rvdo. Ricardo Antonio Betancur Ortiz es abogado de profesión y Presbítero en la Diócesis de Colombia. Ha ejercido la docencia en temas de Anglicanismo y en el estudio del Libro de Oración Común en el Centro de Estudios Teológicos de la Diócesis. Actualmente, desempeña su ministerio como clérigo asociado a la Catedral de San Pablo.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan

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