Sermones que Iluminan

Domingo de la Trinidad (B) – 2012

June 04, 2012


La historia de Nicodemo que escuchamos el día de hoy en el Evangelio de san Juan está llena de muchos contrastes entre Nicodemo y Jesús. Primero, Nicodemo provenía de una familia poderosa, era un hombre rico; Jesús no, de hecho él decía: “Bienaventurados los pobres porque de ellos es el reino de los Cielos…”. Segundo, Nicodemo era reconocido como un maestro de la religión, un sabio con reputación; Jesús no, sin embargo, el pueblo y sus discípulos lo llamaban “Maestro”. Tercero, Nicodemo era un hombre bien establecido en los círculos políticos y sociales del templo; Jesús no, era constantemente acosado por aquellos que se sentían religiosamente perfectos, y tanto los fariseos como los saduceos podemos decir que odiaban a Jesús (de hecho Nicodemo era del partido de los fariseos, nos dice el Evangelio de hoy). Cuarto, Nicodemo era un hombre bien conocido y admirado por la sociedad de su tiempo, podemos decir que todos lo consideraban un hombre bendecido por Dios –tenía todo-; Jesús no, era un predicador ambulante, sin embargo, la gente venía a verlo y escucharlo. Es claro, pues, que Jesús y Nicodemo vivían en dos mundos muy diferentes, ¿no es así?

No obstante todas estas diferencias, aquel hombre bien conocido e importante se acerca a Jesús con una gran curiosidad… pero al mismo tiempo con mucha cautela. Esto lo podemos deducir del hecho como San Juan describe el momento en que Nicodemo se acerca a Jesús. Juan dice, Nicodemo…“fue a visitarlo de noche…” ¿Qué es lo que San Juan nos quiere decir con esto? La noche tiene muchos significados e interpretaciones en este texto. Sin duda alguna que se refiere al hecho literal de “la noche”; Nicodemo fue de noche a conversar con Jesús. Pero, noche también significa acercarse a escondidas, con cautela; en otras palabras, Nicodemo no quería que nadie se enterara de que él había tenido un encuentro especial y personal con Jesús. Él no quería arriesgar su prestigio permitiendo que – ya fuera el pueblo o sus amigos de la alta sociedad- hablaran de su curiosidad por aquel predicador ambulante. Con todo, y además de esos dos significados anteriores, la noche significa que Nicodemo llega a Jesús como un ciego, sin luz en sus ojos, sin saber con quién está tratando, sin conocimiento alguno a pesar de toda su sabiduría humana. Nicodemo, al acercarse a Jesús, piensa que camina en la luz debido a sus conocimientos, reconocimiento social y rectitud; efectivamente, él se sentía sabio y era reconocido por todos como maestro de Israel.

El encuentro con Jesús le hace descubrir a Nicodemo que verdaderamente él se encontraba en la obscuridad. En ese momento la noche toma una nueva dimensión para él. Sus conocimientos, riqueza y popularidad no eran fuente de luz. Todo lo contrario, sus propias certezas y gratificaciones humanas lo habían cegado, de alguna manera.

Analicemos el texto del Evangelio, para entender la obscuridad en que vivía Nicodemo. Primero se acerca al Maestro y le dice, “tú vienes de Dios por lo que haces”. Nicodemo tan sólo podía ver lo más externo, las acciones de Jesús, sus prodigios y milagros; el “hacer” de Jesús era lo importante. Es ahí donde Jesús lo desafía a pensar de una forma más profunda diciéndole –y parafraseando el evangelio-, “lo que hago no es tan importante como nacer de nuevo”. En otras palabras, el ser precede al hacer. O sea, el ser auténtico genera obras auténticas que señalan una dirección. En este sentido, las obras de Jesús son tan solo señales de algo mayor, el Reino de Dios. Reconocer las obras no es suficiente si no me transformo en un ser nuevo. Por esta razón Jesús le dice a Nicodemo, “…si uno no nace de nuevo, no puede ver el reino de Dios”. Si Jesús hubiese conocido nuestros refranes populares le habría dicho, “Nicodemo, no confundas el dedo que apunta al sol con el sol mismo”. Las obras de Jesús eran tan solo señales del Reino y la justicia de Dios especialmente con aquellos que la religión de ese tiempo consideraba como despreciados por Dios mismo. La invitación de Jesús a Nicodemo es tener una vida nueva y aprender a ver las cosas de manera distinta.

Sin embargo, Nicodemo -siendo muy inteligente- como que quiere burlarse de Jesús diciéndole, “¿Cómo es que un hombre siendo ya viejo pueda nacer de nuevo? ¿Será posible que pueda volverse a meter de nuevo en el seno de su madre?” Nuevamente, Nicodemo tan solo está viendo lo externo. Pero, sin impacientarse Jesús le responde, “mira, lo que nace de la carne es carne; pero lo que nace del espíritu es espíritu. No te sorprendas pues si te digo que tienes que nacer de nuevo”. En otras palabras, nacer a esta vida es algo bueno y ya es un don de Dios en sí mismo; pero saber reconocer que es Dios mismo quien me da el don de la vida y tomar la decisión firme de mantenerme en la vida de Dios, eso es diferente. Es verdad, lo que nace de la carne es carne, y lo que nace del espíritu es espíritu.

Esta es la riqueza del bautismo hermanos y hermanas. El que es bautizado ya está vivo en la carne, pero es mediante el bautismo que -parafraseando a San Juan mismo en el capítulo primero de su evangelio- “reconocemos la presencia del Enviado de Dios, y mediante Jesús y el bautismo recibimos el derecho de ser llamados hijos e hijas de Dios”. Esto era algo nuevo para Nicodemo. En todo lo que él había aprendido, esta doctrina se convierte en algo profundamente novedoso. Ahora es que comienza a abrir los ojos y ver la luz.

Es en este momento cuando Nicodemo le pide a Jesús que le esplique un poco mejor las cosas. Y es en este momento cuando Jesús le devuelve la broma a Nicodemo diciéndole, “y tú que eres maestro de Israel ¿no sabes de esto?” En todo caso, Jesús le explica las cosas a Nicodemo, y por esta razón bien podemos afirmar que aquel que se acercó en la obscuridad, ahora se marcha en la luz; el que estaba ciego, ahora puede ver; el que agradecía el hecho de haber nacido de la carne, ahora se enriquece con el hecho de haber nacido en el espíritu. Nicodemo ya no ve las obras de Jesús como algo mágico, sino como señales del amor de Dios por un pueblo frágil y marginado. Nicodemo, después del encuentro con Jesús, nace de nuevo a la vida y a la luz.

Esta historia nos dice que la relación con Dios no se establece mediante nuestra fama, posesiones, poder o saber. La relación con Dios es mediante la relación personal con Jesús y bajo la inspiración y guía del Espíritu Santo. Abrir los ojos a la luz de Dios no es solamente saber que Dios obra maravillas, sino nacer de nuevo a la vida movido por el mensaje de Jesús en su evangelio. Nosotros hemos sido bautizados – y como Nicodemo- hemos nacido a una vida nueva en Jesús. A esto es a lo San Pablo se refiere cuando dice en la carta a los Romanos que hoy escuchamos, “Todos los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y ustedes no han recibido un espíritu de esclavos, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos que nos permite llamar a Dios Abba, Padre. El Espíritu atestigua a nuestro espíritu que somos hijos de Dios”. Si es en el nombre de Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo que hemos sido bautizados; es entonces en este nombre que vivimos y caminamos en la vida. Mantengámonos firmes y fuertes en el Señor. Amén.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan