Domingo de Ramos (A) – 29 de marzo de 2026
March 29, 2026
LCR: Isaías 50:4-9a; Salmo 31:9-16; Filipenses 2: 5-11; San Mateo 26:14-27:66
Hoy, domingo de Pasión, hemos entrado a nuestros templos con ramos de palmas recién cortadas o con plantas vivas olorosas y bendecidas recordando la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén montado en un burro, no en un carruaje como el rey que esperaban y deseaban mientras a su paso le tiraban sus mantos y lo vitoreaban, sino en un animal de labranza. Sus discípulos y seguidores eran pastores, obreros, viudas y deambulantes que vivían al margen de su sociedad dominada y oprimida por poderes tanto políticos como religiosos. El domingo de Pasión siempre nos sitúa en el umbral sagrado de la llamada Semana Mayor o Semana Santa, en la que el mundo que cree y sigue las enseñanzas de Jesús, Dios hecho hombre, posa de nuevo su mirada en los horrendos eventos traumáticos y dolorosos por los que él fue víctima inocente.
Jesús fue traicionado y, bajo las órdenes del poder religioso y político que quería matarlo, fue capturado, arrestado, vituperado, torturado, condenado a muerte en cruz; fue expuesto al pueblo como escarnio y obligado a caminar hacia el Monte Calvario cargando el pesado madero para ser crucificado en medio de dos ladrones y sufrir una muerte lenta y atroz siendo inocente de toda culpa. Las lecturas que acabamos de escuchar nos invitan a detenernos y, en silencio, en oración, a solas o en comunidad, reflexionar, entrar en lo profundo de nuestro espíritu para escarbar, sacar a la luz, prepararnos para esta semana de dolor, perdón y búsqueda de más luz que mantenga viva nuestra fe y esperanza.

Llenos de tristeza y ante la impotencia, que es la misma que vivimos con nuestros hermanos y hermanas en nuestra propia realidad, sigamos de cerca cada paso de Jesús. Él lleva en sus hombros el peso de nuestras faltas y las del resto de la humanidad que lo siguen condenando a morir encontrando las formas más cruentas para destruir de raíz lo indestructible: su naturaleza divina, su verdad, su amor infinito por cada uno de nosotros y nosotras, su sacrificio de morir para redimirnos, liberarnos y abrirnos las puertas a la vida eterna.
Con oraciones fervientes pidámosle al Espíritu de Dios nos acompañe cada instante como lo hizo con su Hijo amado. Elevemos oraciones de alabanza y gratitud por su amorosa presencia que nunca nos abandona. Que su amor divino, nos prodigue la guía para que nuestro espíritu no se distraiga y se mantenga firme en nuestro empeño de que durante esta Semana Santa caminaremos al lado de Jesús por nuestra propia vía dolorosa hacia el Calvario. Que podamos oír las palabras de Jesús en la cruz perdonando nuestras faltas. Que sintamos su amor que nos libera, nos transforma y nos renueva para que llevemos al mundo la luz de Cristo que alumbra por siempre y entra triunfante la madrugada del domingo de Resurrección.
Con humildad roguemos a Dios nos infunda la fortaleza de su amor para cambiar de rumbo, si es que hemos ido por caminos opuestos a los que Dios nos ha instruido. Las palabras del profeta Isaías, que escuchamos hoy, nos exhortan a no dejar de consolar y dar aliento al que necesita descanso, estar atentos cada amanecer para escuchar con humildad y, al oírlo, estar dispuestos a aprender de los mensajes divinos, porque se nos ha dado entendimiento para no resistir o darle la espalda a lo que Dios nos pide. Que tengamos fe de que, si seguimos el mandato divino, nadie podrá arremeter contra nosotros porque Dios está siempre a nuestro lado. Él es nuestro defensor, camina con nosotros y nosotras, en sus promesas y nuestra fe encontramos nuestra fortaleza.
Armados del valor divino, con profunda piedad y corazón contrito, empecemos nuestro caminar junto a Jesús, nuestro amado hermano. Él lleva sobre sus hombros todo el peso de nuestro mundo presente quebrantado y dolido, que batalla más que nunca contra las fuerzas destructivas que encarnan egoísmos desmedidos, deseos de sentarse en la silla de todo poder, orgullo mal habido que rechaza leyes y derechos ya establecidos, carencia de amor y humildad hacia los demás y una total ausencia de estar dispuestos a unirse a las luchas que exige la justicia.
Imaginemos la Última Cena tal como la describe el evangelista Mateo y recibamos el pan de vida y el cáliz de salvación que alimenta nuestro cuerpo y alma para mantenernos despiertos y en espíritu y oración. Estar presentes con Jesús en la inimaginable agonía de su espera. No olvidemos que esa es la espera de todas las almas de hombres, mujeres, adolescentes e infantes que, inocentes como Jesús de Nazareth, soportan despojados de sus derechos todo tipo de vejámenes con crueles e inhumanos maltratos a manos de autoridades con órdenes que van en contra de leyes establecidas para proteger a todo ser humano sin importar lo que hayan o no hecho.
Abracemos y enjuguemos las lágrimas de las “Verónicas” que lloran a Jesús, siendo también para nosotros hoy en día los desterrados de la tierra, nuestros hermanos y hermanas quienes atravesaron fronteras y obstáculos imposibles, para verse ahora condenados a volver o a esconderse sin saber cómo van a sobrevivir su nuevo calvario. El rostro de Cristo en el lienzo de la Verónica es también el de los que sufren.
Ayudemos a Jesús a llevar esa carga tan pesada quitándole de encima nuestras propias cargas. Pidamos perdón y, al pie de la cruz, junto con María, su Santa madre, y las otras mujeres, sigamos en silencio y escuchemos cada una de sus palabras, cada gemido, cada respiro hasta el postrero. Acompañemos el cuerpo de Jesús al sepulcro vacío y velemos la inmensa tristeza de su partida junto a María Magdalena y la otra mujer.
Si bien es cierto que el vacío de su ausencia es profundo, en nuestras almas la luz de su espíritu sigue brillando en nosotros. Esa luz la llevaremos al mundo, nos dará la fuerza de resistir pacíficamente hasta que, con la bandera de Cristo resucitado, podamos derrocar de sus cimientos todo lo que nos oprime en tantas partes de este mundo que Dios ha creado para nuestro bien y provecho. Amén.
The Rev. Deacon Ema Rosero-Nordalm, of the Diocese of Massachusetts, serves Latino Communities in the U.S. and abroad as spiritual mentor, trainer, and supporting clergy establishing Latino Ministries. Presently, she serves at the Allston Abbey as a member of the Council of the San Oscar Romero Episcopal Neighborhood Ministry.
¡No olvide suscribirse al podcast Sermons That Work para escuchar este sermón y más en su aplicación de podcasting favorita! Las grabaciones se publican el jueves antes de cada fecha litúrgica.


