Sermones que Iluminan

Domingo de Ramos (B) – 2015

March 30, 2015


Hoy celebramos el Domingo de Ramos e iniciamos la Semana Santa. Nuestra liturgia ofrece un estudio de contrastes a la medida que caminamos con nuestro Señor hacia la cruz del Calvario a las afueras de Jerusalén. En los oficios de este día recorremos por los eventos de prácticamente una semana, lo cual nos permite ver con más claridad los hechos que lograron nuestra salvación.

La primera sección de nuestra conmemoración es la liturgia de las palmas. El rito empieza con la oración a la entrada triunfal a la ciudad santa, Jerusalén; incluye la proclamación del evangelio y ofrece la bendición de los ramos de palma y a veces de otros arbustos como son los olivos y el romero. En seguida se forma una procesión con los ramos alzados. Para esta procesión, la tradición eclesiástica nos propone el Salmo 118 con sus gritos de “¡Hosanna!” y el himno “Honor, loor y gloria” que le dan un tono victorioso. De hecho este salmo es un texto normalmente asociado con el triunfo de la resurrección por el verso 24: “Este es el día en que actuó el Señor; regocijémonos y alegrémonos en él.”

Todo parece ser la celebración de un héroe nacional o de un guerrero que va entrando a la cuidad cuando regresa de la batalla. Expresa la esperanza mesiánica del pueblo judío entre los que recibieron a Jesús como “Hijo de David”.

Pero para Jesús la batalla apenas ha comenzado. De repente los eventos toman un giro dramático, cuando hacemos la transición de la procesión a la liturgia de la palabra. El enfoque de esta sección es la pasión de Cristo. En lugar de las aclamaciones, los gritos de júbilo y los hosannas anteriores, ahora escuchamos la narración de los sufrimientos del Siervo de Dios anunciado en el libro del profeta Isaías: “Yo no me resistí, ni me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que me mesaban la barba; no me tapé el rostro ante ultrajes y salivazos”.

Nuestro héroe se ha convertido en aquel que aguanta sufrimientos y ultrajes. Otro texto llamativo es el del Salmo 31: “Mi vida se gasta en la congoja, mis años se van en gemidos, por mi culpa decae mi vigor y se consuman mis huesos”.

Los dos pasajes describen el dolor y el sufrimiento del Siervo de Dios, una figura cuya identidad estuvo envuelta en misterio hasta revelarse en la vida de Jesús de Nazaret. Él fue quien, en las palabras de la epístola a los filipenses, “se humilló a sí mismo, tomando la forma de un esclavo, haciéndose obediente hasta la muerte, hasta la muerte de la Cruz”.

Jesucristo es este Siervo sufriente que carga con los sufrimientos del mundo en obediencia al propósito divino para la rendición de su pueblo. Su fidelidad bajo el dolor es el signo que Dios está con él al enfrentar la crueldad del pecado y de la muerte, aun cuando parece estar abandonado por su Padre celestial.

Para el evangelio, la Iglesia designa la lectura de la pasión del Señor según san Marcos. Cuando se lee la versión no abreviada, abarca dos capítulos completos del evangelio y comienza con los eventos de media semana y continúa hasta el sepelio del Jesús en la tumba de José de Arimatea en el Viernes Santo.

La pasión empieza con el relato de la unción de Jesús por la mujer con el nardo, acto que provoca la cólera de Judas Iscariote, el que traiciona al Señor con los líderes religiosos. Los evangelios de Lucas y Juan atribuyen algo de la motivación del traidor a influencia de Satanás, y los cuatro hacen mención de la plata que le prometieron a cambio de entregarlo a sus manos.

Al llegar a los eventos del Jueves Santo, Marcos sitúa a la pasión en el contexto de la Pascua judía, la festividad de los panes ázimos. Podemos ver que realizaron todos los aspectos de la cena de Pascua: prepararon del sacrificio, comieron el pan sin levadura, tomaron el vino, cantaron el himno designado por tradición uno de los salmos de agradecimiento por las obras de Dios. Conocer este contexto nos ayuda entender lo significativo de las acciones del Salvador, pues se celebra la última cena de Cristo como cena de la Pascua que conmemora la salvación de Israel y la alianza de pueblo judío con Dios.

Jesús explica, según el evangelista, que él sellaba el pacto divino con su cuerpo y su sangre, es decir con su muerte. Con esto dio un nuevo sentido al rito. Así es que los cristianos celebramos la santa Eucaristía – según el mandato de Cristo – como la verdadera celebración pascual establecida por Jesús en proclamación de su muerta hasta que vuelva del cielo. Aunque Jesús explicó el sentido de los hechos con claridad, al parecer los doce, especialmente Pedro, no querían entender el mensaje de la redención. La alianza con Dios sería sellada con la sangre del Mesías.

En el siguiente paso Jesús se aparta de los discípulos para entrar en oración en el Getsemaní, llevando consigo sólo a Pedro, Juan y Santiago. Aunque él se mantiene vigilante, ellos en contraste se duermen una y otra vez a pesar de la solicitud de Jesús. De pronto aparece Judas con los que vienen a arrestar a Cristo con muestras de fuerza. Todos se van. La traición de Judas con un beso y el abandono por Pedro y los otros discípulos se contrastan claramente con la fidelidad de Jesús.

Tras su arresto llevan a Jesús a la casa de Caifás, uno de los sacerdotes más importantes, para un juicio. Ingresaron varios hombres que ofrecieron condenar a Jesús con mentiras, historias inventadas para eliminar una amenaza de su poder; pero no condenaron a Jesús con sus mentiras, sino con la verdad que él confesó: “¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito?” (14:61b), preguntó el sacerdote. Jesús respondió: “Sí, lo soy y verás al Hijo del Hombre sentado a la diestra de Dios y viniendo con las nubes del cielo” (14:62). En el juicio de Jesús podemos ver la ineficacia de la mentira comparada con el poder de la verdad.

A Jesús lo llevaron frente al gobernador romano, Poncio Pilato, para confirmar la sentencia cuando se forma un motín fuera del muro del palacio. Muchos de ellos serán los que le dieron la bienvenida con palmas de victoria cuando entró en Jerusalén, sólo días antes. En contraste con los hosannas previos, ahora sólo gritan: “¡Crucifícalo, crucifícalo!” (15:13).

Y matarlo es lo que hicieron después de ultrajarlo y abusarlo. Lo llevaron al sitio llamado Gólgota, el lugar de la calavera. Allá lo crucificaron, tratándole como criminal al único hombre inocente. En su momento de agonía, se ve abandonado por sus amigos, y exclama las primeras palabras delSalmo 22: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

A los ojos de los sacerdotes y otros que se burlaban de él, Jesús, en su sufrimiento, fue abandonado por su Padre celestial. Marcos nos cuenta que sólo uno de los presentes, un soldado pagano, pudo ver la realidad que, en contraste con los líderes religiosos judíos no podían ver: que en su fidelidad, bajo el dolor de la cruz, Jesucristo mostró ser el verdadero Hijo de Dios y rey de Israel que muere para redimir el mundo.

Por esta fidelidad y obediencia al propósito divino, Dios le dio a su Hijo el nombre sobre todo nombre, para que toda rodilla se doble y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor para la gloria de Dios Padre.

¡No olvide suscribirse al podcast Sermons That Work para escuchar este sermón y más en su aplicación de podcasting favorita! Las grabaciones se publican el jueves antes de cada fecha litúrgica.

 
 
 
 
 
 
 
 

Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan

Click here