Epifanía 1 (A) – 11 de enero de 2026
January 11, 2026
LCR: Isaías 42:1–9; Salmo 29; Hechos 10:34–43; San Mateo 3:13–17.
La liturgia de este día centra nuestra atención en el bautismo de Jesús. Hemos conmemorado ya los eventos del anuncio de su venida (Adviento), su nacimiento (Navidad) y su manifestación a todos los pueblos (Epifanía), lo cual ilustra Mateo con el relato de los magos de oriente que lo buscan para adorarlo y ofrecerle sus presentes. Una vez celebrados y vivenciados esos acontecimientos desde nuestra fe, nos encontramos con Jesús ya adulto yendo hasta el río Jordán donde está Juan predicando y otorgando el bautismo de agua a todos los que han decidido cambiar de vida a la luz de su llamado a la conversión.

Para ayudarnos a comprender el sentido profundo del bautismo de Jesús, la liturgia de hoy nos trae un pasaje del profeta Isaías que se conoce como uno de los “cánticos del Siervo de Yahweh” (tales cánticos son cuatro). Se trata de un misterioso personaje a quien no ha sido posible identificar hasta el presente. Podría tratarse de un individuo, y en ese caso habría que pensar en Ciro, rey persa, sobre quien había mucha esperanza de que liberara a los cautivos en Babilonia; pero también hay estudiosos que ven aquí no a un individuo, sino un colectivo, y ahí habría que pensar en el pequeño “resto” de Israel que, a partir de cierto momento del Antiguo Testamento, adquiere una significación muy especial. El valor teológico del “resto” está en que, en definitiva, la respuesta que Dios busca a su plan de justicia no se da en el ámbito de “todo” el pueblo, sino que se da y se hace vida en una reducida minoría, una pequeña porción de pueblo que recibe justamente ese apelativo: el resto, el pequeño resto de Israel. Lo esencial y característico de este personaje del cántico es que viene presentado como un siervo que ha sido elegido y sostenido por el mismo Dios; sobre él ha sido derramado el Espíritu, lo cual lo habilita para una misión: ser alianza y luz, y para obrar una liberación.
Una de las características de estos textos es la apertura del plan salvífico de Dios a todas las naciones. El Nuevo Testamento cita en varias ocasiones estos textos y los aplica a la vida y obra de Jesús. La segunda lectura, por ejemplo, es la concreción de esa vocación que ha recibido y aceptado Jesús de Nazaret. Para Lucas, Jesús es el personaje en quien se realizan todas las profecías antiguas y por eso, en varias ocasiones, pone en labios de Pedro la confesión pública de esa fe basada en todo lo dicho por los profetas.
El evangelio de Mateo que escuchamos hoy nos cuenta que Jesús fue a Galilea, hasta el río Jordán, donde se encuentra Juan predicando y bautizando. Jesús, como uno de tantos que deciden recibir el bautismo de agua, se acerca también para que Juan lo bautice. Y nos dice el evangelista que al principio Juan se resiste a bautizar a quien debería ser su bautizador, pero Jesús responde: “déjalo así, por ahora, pues es conveniente que cumplamos todo lo que Dios ha ordenado”. Entonces Juan consintió.
Con el gesto del bautismo que va a buscar Jesús al río Jordán, y con el diálogo entre ambos personajes, Mateo quiere indicar el fin de una etapa en la historia de la salvación cuyo personaje central es Juan el Bautista, y el inicio de un tiempo nuevo cuyo protagonista principal va a ser Jesús, el de Nazaret, el mismo que nació en Belén y que recibió en su cuna de recién nacido la adoración de unos magos de oriente y el mismo que de pequeñito tuvo que ser llevado secretamente a Egipto para escapar de la muerte a manos del poderoso Herodes. Es el marco histórico-teológico con el cual ilustra Mateo su Evangelio.
La afirmación de Jesús “es necesario que cumplamos todo lo que Dios ha ordenado”, en ningún momento se trata de que haya recibido una orden expresa de hacerse bautizar. En estas palabras podemos encontrar por lo menos tres grandes sentidos: primero, Jesús es el hombre que ve y siente la realidad que él y su pueblo viven y es conocedor de las tradiciones de su gente, de sus esperanzas, frustraciones y anhelos de que alguien saque la cara por todos; pero ese alguien debe ser ajeno al poder, al círculo de dominadores y opresores; y, en esas circunstancias, Jesús empieza a asumir esa grave responsabilidad, intentando identificarse con lo más bajo y despreciable de su pueblo.
En segundo lugar, y como consecuencia de lo anterior, Jesús descubre que lo que hace falta es alguien que sea capaz de vivir la más auténtica solidaridad con los otros, y por eso no tiene reparo en acercarse a recibir el bautismo, un signo que era practicado por quienes, reconociendo sus maldades, sus injusticias y, en fin, toda clase de pecados, decidían cambiar de vida, simbolizando en la inmersión el abandono de su antigua vida para dedicarse a vivir de otro modo. No es fortuito que ante Juan se sumerja toda índole de pecadores y pecadoras, así como tampoco es casualidad que también Jesús lo haga, con ellos y por ellos. Luego, en el Bautismo de Jesús, una de las características fundamentales es la solidaridad.
En tercer lugar, para Jesús el signo o el gesto del bautismo impulsa inmediatamente al compromiso. Si Jesús se ha solidarizado con todos los pecadores y pecadoras que van hasta el Jordán a lavar sus pecados, es porque hay un impulso a comprometerse con ellos en un cambio real y efectivo de vida a partir de una propuesta totalmente renovadora y rescatadora del sentido de la vida, de la justicia, de la dignidad humana.
No se trata, entonces de una orden que Jesús haya recibido un poco antes del bautismo. Se trata de su decisión libre y personal de asumir radicalmente el plan propuesto por Dios desde antiguo. Así lo percibe el evangelista que quiere infundir en su comunidad la idea de la conexión que existe entre Jesús y las expectativas de liberación y rescate sentidas por el pueblo desde hacía varios siglos. Por eso es tan importante para Mateo subrayar que en el momento del bautismo Jesús “vio que el Espíritu de Dios bajaba sobre él” y “se oyó entonces una voz del cielo que decía: ‘Éste es mi hijo amado, a quien he elegido’”. El objetivo de Mateo es lograr que la comunidad cristiana entienda que desde el momento mismo en que Jesús comienza a darle a su vida el sentido de solidaridad y compromiso, hay una absoluta confirmación o ratificación por parte del Padre, que quedará completamente manifiesta en la Resurrección de Jesús.
Ahora, si ése es el sentido que encierra el bautismo para Jesús, es decir, la solidaridad y el compromiso hasta las últimas consecuencias, ¿por qué el sentido de nuestro bautismo dista tanto de él? Si en definitiva el bautismo es para Jesús el punto de arranque de su Pasión, ¿por qué nuestro bautismo no marca en realidad el punto de partida de un estilo de vida nuevo y distinto? Nunca es tarde para rectificar nuestro modo de ser cristianos. Cada nuevo día es la ocasión propicia para revisar cuál es el sentido de nuestro bautismo, con quiénes vivimos aquella auténtica solidaridad y hacia dónde avanza y hasta dónde alcanza nuestro compromiso por lograr una transformación real de las situaciones de injusticia, marginación y negación de la dignidad humana. Cada celebración de la Eucaristía debería ser para nosotros el momento de sentir la ratificación, por parte del Padre, de la opción que hemos elegido.
¿Hemos pensado alguna vez cómo sería este mundo si cada uno de nosotros, que nos llamamos cristianos por el bautismo, viviéramos de verdad esa dimensión del compromiso radical que le dio Jesús a su bautismo?
El Rvdo. Gonzalo Rendón es sacerdote pensionado en la Diócesis de Colombia.
¡No olvide suscribirse al podcast Sermons That Work para escuchar este sermón y más en su aplicación de podcasting favorita! Las grabaciones se publican el jueves antes de cada fecha litúrgica.


