Epifanía 3 (A) – 25 de enero de 2026
January 25, 2026
LCR: Isaías 9:1-4 (=8:23-9:3); Salmo 27:1,5-13; 1 Corintios 1:10-18; San Mateo 4:12-23.
“El pueblo que andaba en tinieblas vio una Gran Luz”
Parte fundamental de la vida cristiana es lograr superar nuestras divisiones, aceptarnos mutuamente y vivir nuestra fe de en medio de las diferencias. Para lograr esa armonía debemos vencer los prejuicios, abrir nuestros corazones y oídos al sentir de los otros y respetar las diversas formas de ver e interpretar la realidad. Dios ha dotado al ser humano con una gran capacidad para pensar, construir y transformar no solo la naturaleza, sino también su propio pensamiento y es por eso que en nuestras comunidades de fe y en general en nuestras sociedades existen formas tan diversas de experimentar el amor de Dios.
Para el Israel del Antiguo Testamento, mantener la armonía y la unidad interna fue un asunto altamente retador, hasta el punto de llegar a dividirse en dos reinos, el de Israel en el Norte y el de Judá en el Sur, cada uno con sus propias aspiraciones, creyendo en el mismo Señor, pero interpretando su voluntad de forma muy distinta; asuntos económicos, liderazgos divididos, falta de comunicación, posturas religiosas entre otros aspectos, terminaron con la unidad del pueblo que antes era uno. Al leer los pasajes de la Sagrada Escritura que nos relatan estos acontecimientos, nos sorprende darnos cuenta de que la humanidad sigue siendo la misma; las causas y consecuencias de nuestras divisiones no han cambiado y las percibimos en todos los niveles, como naciones, familias e incluso en nuestras iglesias.

El relato de la profecía de Isaías, que nos propone la liturgia para este domingo, hace referencia a las tribus de Zabulón y Neftalí, ubicadas en el reino del norte, el cual había sido conquistado por los asirios. Isaías, a pesar de las diferencias con sus hermanos, tiene palabras de consolación y esperanza; en medio de la zozobra que implica la amenaza babilónica para su propia tierra -el reino de Judá- su mensaje une en la esperanza a ambos pueblos bajo la promesa de un Mesías que lo restaurará todo con sabiduría, orden y paz a partir de la justicia, con el consecuente final de la opresión. En tiempos difíciles, aunque se ciernan sobre nuestras vidas situaciones amenazantes, la confianza en el Señor ha de ser nuestro refugio y salvación.
El salmista nos recuerda que las dificultades del mundo, aunque causen miedo, no pueden superar el amor de Dios hacia nosotros y que Él es lugar seguro cuando nos sentimos en peligro. Es por tanto fundamental colocar cada día en las manos del Señor, ofrecerle nuestro reconocimiento, alabanza, adoración y respeto, clamar a Él con la plena confianza de que tendrá misericordia de nosotros y responderá a nuestras oraciones conforme su plan de salvación trazado desde siempre para cada uno de nosotros. Buscar su rostro, vivir en su presencia, colocarnos en sus manos, es la mejor forma de encontrar esa tan ansiada seguridad que el mundo en medio de sus convulsiones y cambios no nos puede dar.
El Señor de la vida tiene un propósito para cada uno de sus hijos muy amados y éste se cumple en Cristo quien vino a revelarnos la voluntad del Padre y a salvarnos de la esclavitud del pecado. Jesús tenía perfectamente claro el plan que debía llevar a cabo, es por eso por lo que una vez se entera de que Juan el Bautista había sido apresado, se dirige a Galilea con la plena conciencia de que aún no había llegado su hora; su predicación apenas empezaba y debía buscar un terreno mejor dispuesto para cumplir su misión; no se apresura, espera el momento justo, actúa con la prudencia del que acepta su papel en el plan de Dios. Debía esperar el momento adecuado, rodearse de las personas correctas en el lugar y en el momento correcto y así lo hizo.
Lejos de los peligros que representaba Jerusalén como ciudad capital, busca un lugar tranquilo a las orillas de un lago, en una comunidad de sencillos pescadores, tierra de aquellas antiguas tribus de Zabulón y Neftalí que formaban en otro tiempo el reino del norte, significando la reunificación del pueblo de Dios en medio de una gran diversidad cultural, política, económica y social. En una tierra paganizada como es Cafarnaúm, será el comienzo del resplandor de esa gran luz; de la oscuridad en tierras poco creyentes surgirá la salvación para los que vivían en sombra de muerte. En este lugar y en medio de estas circunstancias Jesús escoge a sus primeros discípulos: Pedro, Andrés, Santiago y Juan, quienes lo acompañarán en los momentos más importantes de su ministerio y de su revelación como el Hijo del Dios Altísimo.
A diferencia del mensaje amenazador de Juan el Bautista, Jesús predica un Dios pacífico, amoroso, comprensivo, misericordioso, que ofrece la salvación como don gratuito para aquellos que, recibiendo su amor, serán beneficiados con una esperanza eterna. En este orden de ideas, la palabra de Dios invita hoy a reflexionar sobre nuestra experiencia de fe. Es fundamental preguntarnos si hemos percibido la Luz de Dios en nuestra vida cristiana y si somos lo suficientemente generosos para compartir esa experiencia maravillosa con todos los que encontramos en nuestro caminar por la vida.
Isaías, a pesar de las diferencias con sus hermanos del norte, es solidario con su suerte y además es consciente de que también puede ser la suya propia y la de su nación; aunque reconoce el amor de Dios a su pueblo no se considera exento de caer en la misma esclavitud que sus hermanos, no es arrogante ni se alegra de su situación, al contrario, los une a la promesa y les envía un mensaje de esperanza. El cristiano debe ser ante todo un agente de confianza y consuelo para todos, sabe ponerse por encima de las circunstancias, de las formas de pensar y estar en capacidad de acoger y amar a todos sin excepción. Es urgente que nuestras iglesias y comunidades sean verdaderos espacios de acogida, donde se predique más con el amor que con la palabra, donde sepamos construir las condiciones adecuadas para que Dios sea por todos conocido.
La tarea inmediata es ahuyentar cualquier espíritu de División, tal como nos lo pide el apóstol Pablo en la primera carta a los Corintios, sin pretensiones, aceptándonos tal como somos y con las limitaciones humanas que nos afectan, sin criticas destructivas, sin partidismos, ya que Cristo es uno y no está dividido, y nosotros somos su cuerpo vivo y actuante en el mundo, sin discriminaciones entre hombres y mujeres, intelectuales y sin estudios, carismáticos y conservadores, pecadores y presuntos honestos. Somos comunidades profundamente diversas que, iluminadas por el Espíritu Santo, podemos convivir y vivir nuestra fe. Éste es un gran aporte de nuestra Iglesia Episcopal en todos los lugares donde hacemos presencia llevando esperanza, unión, respeto y alegría en la predicación del Evangelio.
El Rvdo. Ricardo Antonio Betancur Ortiz, es Abogado de profesión y Presbítero en la Diócesis de Colombia, ha practicado la docencia en temas de anglicanismo y estudio del Libro de Oración Común en el Centro de Estudios Teológicos de la Diócesis; actualmente desempeña su ministerio como clérigo asociado a la Catedral de San Pablo.
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