Sermones que Iluminan

Epifanía 4 (A) – 1 de febrero de 2026

February 01, 2026

LCR: Miqueas 6:1–8; Salmo 15; 1 Corintios 1:18–31; San Mateo 5:1–12

La liturgia de hoy nos introduce en el Sermón del Monte, el primero de los cinco discursos de Jesús del evangelio de Mateo. Éste no es un discurso más entre otros. En él encontramos el núcleo de la enseñanza de Jesús, lo que da sentido a su mensaje. Por eso, en la tradición cristiana, este sermón ha sido llamado el “Sumario de la fe”, el “Compendio de la doctrina de Cristo” o la “Carta magna del nuevo Pueblo de Dios”.

El Maestro ya ha llamado a sus primeros colaboradores. Ahora necesita formarlos, prepararlos para la misión que les espera. El evangelio nos dice que Jesús sube al monte, se sienta y comienza a enseñarles. Este detalle encierra tres significados importantes: al subir al monte –una colina cerca del mar de Galilea- Jesús evoca la experiencia de Moisés en el monte Sinaí al recibir las tablas de la ley, pues el monte es lugar de revelación y encuentro con Dios; a diferencia del evangelio de Lucas, donde Jesús habla a la multitud, Mateo nos muestra que el Maestro se dirige al círculo más cercano de sus discípulos, a manera de una enseñanza íntima con quienes han decidido seguirle; Jesús se sienta siguiendo la tradición de los maestros judíos, para quienes sentarse era señal de una enseñanza solemne y autorizada. No se trata de una charla improvisada, sino de un momento especial en el que Jesús “toma la palabra” para comunicar, por vez primera, su visión del Reino de los Cielos.

El corazón del Sermón del Monte son las “bienaventuranzas”. Constituyen nueve afirmaciones que inician con la palabra “bienaventurados” (traducción del vocablo griego makarioi que significa felices, alegres, dichosos o gozosos). En el evangelio la felicidad de la que habla Jesús no tiene que ver con un lugar, una emoción o con la abundancia material, sino con hacer parte de la construcción del Reino de los Cielos. Para entender mejor su mensaje podemos agrupar las bienaventuranzas en tres grupos que describen virtudes o actitudes propias de quienes viven según la lógica de felicidad del Reino. 

1. La realidad del sufrimiento humano. Las primeras tres bienaventuranzas proclaman felices a quienes tienen espíritu de pobres o son pobres con Espíritu, quienes sufren y quienes son desposeídos. A ellos Jesús promete el consuelo y el Reino. Esto no significa que Dios quiera la pobreza o el sufrimiento, ni que Jesús los idealice. Jesús no dice que alguien sea feliz por el simple hecho de ser pobre, ni que la pobreza sea un ideal de vida. Sus bienaventuranzas, en el más auténtico espíritu sapiencial, son, más bien, una denuncia de la pobreza, una invitación a transformar las estructuras de pecado que generan exclusión y una promesa de que los pobres tendrán un lugar preferencial en el Reino.

2. El compromiso de transformar la realidad. El segundo grupo de bienaventuranzas se dirige a quienes no se conforman con la injusticia, sino que trabajan para transformar la realidad de opresión en cuatro sentidos: quienes tienen hambre y sed de justicia, quienes son compasivos o misericordiosos, quienes tienen un limpio corazón y quienes son pacificadores. Estas personas participan activamente en el proyecto de Dios (missio dei) y por ello, alcanzarán la justicia, recibirán misericordia, verán a Dios y serán llamados sus hijos e hijas. 

3. La persecución por causa del Reino. Las dos últimas bienaventuranzas aluden a quienes sufren persecución por hacer justicia y quienes son maltratados por anunciar el evangelio del amor de Dios. Como los profetas del Primer Testamento, pero también como Martin Luther King, el obispo Óscar Arnulfo Romero y tantos otros profetas y profetizas, en su fidelidad y coherencia con el mensaje de Dios estos bienaventurados enfrentan el rechazo, la incomprensión y la violencia. Aunque Jesús no oculta que el seguimiento al Reino tiene un costo, también anuncia que ellos y ellas ya participan del Reino de los Cielos.

¿Cómo entender y actualizar para nuestros días esta serie de “felicitaciones” de parte de Jesús? ¿De qué felicidad habla el Nazareno? Todas las personas buscamos la felicidad como la máxima aspiración de los seres humanos. Pero no todas entendemos de la misma manera en qué consiste la felicidad o en qué medida debemos sentirnos y pensarnos como personas felices. Para algunos la felicidad está en la sencillez de la vida común y cotidiana, para otros en el éxito, el poder, la fama o el dinero. 

La felicidad o ventura de la que habla Jesús contrasta con la que propone la sociedad de consumo que idolatra el dinero y genera pobreza y desigualdad. La felicidad basada en lo material es frágil, efímera y pasajera: puede perderse con la enfermedad, el desempleo, el fracaso de los proyectos, el cambio de las circunstancias, etc. Las bienaventuranzas, en cambio, nos hablan de una felicidad interior, profunda, duradera, inalterable y eterna que se da en el seguimiento de Jesús: en la práctica del amor, la justicia, la humildad y la paz, lo que nos va configurando a la manera de Cristo. Una felicidad que no depende de cuanto tenemos o de los pesares que afrontamos en la vida, sino de cómo vivimos y para qué vivimos. Tal felicidad no puede ser arrebatada cuando nos guía el Espíritu de Cristo. 

Por ello, las bienaventuranzas no están formuladas como afirmaciones de promesas futuras, sino como exclamaciones, sin incluir un verbo. En el idioma original no dice “felices [son o serán] los pobres”, sino algo parecido a: “¡Oh, la felicidad de los misericordiosos!”, “¡Oh, el gozo de vivir en Cristo!”. Esto significa que no se trata de un deseo o expectativa acerca de que este grupo de personas llegue a ser feliz, sino que Jesús felicita a quienes ya viven de esta manera, pues es una felicidad que comienza aquí y ahora en la vida cristiana. 

Las bienaventuranzas no son unas nuevas tablas de la ley o un nuevo decálogo, pero sí la guía fundamental o “carta magna” del discipulado cristiano. Son una proclama de felicidad y bendición para quienes escuchan a Jesús y ponen en práctica sus enseñanzas. Dependerá de nuestras acciones que el Reino de amor, equidad, paz y justicia que Jesús vino a instaurar empiece a manifestarse en medio nuestro, en este mundo tan necesitado. En tal sentido, las bienaventuranzas son esa invitación a preguntarnos, como creyentes y como familia episcopal, cuáles son nuestros valores y qué modelo de felicidad estamos proclamando. Que el Dios de amor y misericordia nos acompañe y nos guíe en este camino. Que así sea.

La Rvda. Loida Sardiñas Iglesias es Presbítera de la Iglesia Episcopal Anglicana, Diócesis de Colombia, donde ejerce su ministerio como clériga adjunta a la Misión San Benito de Nursia, en Bogotá. Es doctora en Teología por la Universidad de Hamburgo y profesora de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana en Colombia. Sus áreas de interés son la Teología Sistemática, el Ecumenismo y el Diálogo Interreligioso.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan

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