Pascua 2 (A) – 12 de abril de 2026
April 12, 2026
LCR: Hechos 2:14a,22–32; Salmo 16; 1 San Pedro 1:3–9; San Juan 20:19–31
Tres grandes momentos pascuales recordamos en la liturgia de la Palabra de hoy: la aparición de Jesús a sus discípulos y discípulas, el diálogo entre Jesús y Tomás, y la explicación del propósito del Evangelio. El primero de ellos ocurre al atardecer del domingo de resurrección, cuando los discípulos estaban reunidos, muy posiblemente en el mismo aposento o Cenáculo de Jerusalén, donde habían celebrado la última pascua con Jesús. Habían cerrado las puertas por miedo a una represalia de los judíos. Si habían asesinado a su Maestro también ellos podrían ser arrestados y enjuiciados. Podemos imaginarlos hablando apenas en susurros o manteniéndose en silencio, atentos a cualquier movimiento en las escaleras o llamadas a la puerta de los temibles emisarios del Sanedrín.
En esta situación angustiosa Jesús se les aparece en medio y se dirige al grupo con el habitual saludo oriental: “Paz a ustedes”, lo que puede traducirse como “que Dios les bendiga”, “que les llene de bien”, “que todo les salga bien”. Por si alguien tenía dudas de que se trataba del mismo Jesús, el Resucitado les muestra sus traspasadas manos y su herido costado. A continuación, les trasmite el mensaje que constituye, funda o instaura la Iglesia: les envía al mundo del mismo modo y con el mismo propósito que el Padre le envió al mundo. En otras palabras, les dice, y nos dice a nosotros y nosotras hoy, que somos la continuidad de su presencia en la tierra, el cuerpo -sus manos, pies, ojos, boca- de Cristo para realizar su obra en el mundo. Es decir que Dios necesita, cuenta y depende de nosotros para que su mensaje sea anunciado y llegue a toda la humanidad.

Pero la Iglesia, que somos todos y todas, no puede asumir este reto sin que el Espíritu de Dios, que es el Espíritu de Cristo, esté en nosotros. Por eso Jesús sopla y llena con su Espíritu a los discípulos y las discípulas a la manera del Ruah o soplo del Dios viviente en la creación, simbolizando que Él les y nos envía como la nueva creación que es la Iglesia. A continuación, les da potestad para perdonar los pecados. Continuar la obra de Jesucristo, predicar, sanar y amar como Él lo hacía, demanda de nosotros asumir una relación permanente con Él, de la misma manera como Jesús vivió en comunión perfecta con el Padre, haciendo su voluntad. Porque para perdonar los pecados en nombre de Dios -dado que sólo Él puede perdonarlos-, hemos de ser sensibles ante el dolor y la miseria humanas, comunicar el mensaje del amor de Dios sin exclusiones, mover a las personas al arrepentimiento y al perdón, y estar calificados para reconciliar a los hermanos entre sí y a la humanidad con la creación. Para todo ello la Iglesia tiene que vivir la experiencia vivificante del amor, a semejanza de Cristo.
El segundo evento de la Pascua, que nos ilumina el evangelio de hoy, es el encuentro del Resucitado con el escéptico Tomás. Como quiera que este discípulo no estuvo presente cuando Jesús se apareció en el aposento alto, son los demás quienes le cuentan que el Señor se les había mostrado. Quizá Tomás necesitaba un tiempo para estar solo y procesar lo vertiginoso y absurdo de todo lo acontecido, digerir cómo se habían malogrado los proyectos de vida y justicia en los que había puesto su fe, y superar el dolor de la pérdida de su amado Maestro y amigo; su estado de ánimo no era el mejor y, probablemente, la noticia de esta visita disparatada le pareció extraña, delirante. Por ello afirma su necesidad de tener evidencias físicas y tangibles de que quien se les apareció era verdaderamente Jesús, el Nazareno. Sólo viendo sus adoloridas manos y metiendo sus manos en su costado sería capaz de creerlo.
A diferencia de Tomás, es la permanencia dentro y cerca de la comunidad cristiana la que nos permite no perdernos en el camino y poder disfrutar de la presencia siempre esperanzadora del Resucitado en medio nuestro. Justo en el momento en que estamos afligidos, angustiados, enfermos o no encontramos el sentido de la vida en contextos de guerras y de una creciente violencia de los poderosos, es cuando más tenemos que afianzarnos en la fe, la esperanza y el amor compartido en la mesa de la comunión con los hermanos y hermanas.
Mucho se habla de la mentalidad racionalista, del pensamiento crítico y de las dudas de Tomás que le llevan a su incredulidad. Sin embargo, de este discípulo llama la atención su honestidad y que no pretende aparentar que entiende lo que no ha entendido. Como Tomás, también debemos estar seguros de nuestra fe, ser capaces de discernir entre lo que creemos y lo que no, comprender los credos que recitamos y asumir con plena consciencia nuestra fe e identidad cristiana, episcopal y anglicana, sobre todo, en tiempos en los que abundan todo tipo de ideas, movimientos y protagonismos que nos alejan de las verdades más auténticas de la fe en Jesucristo. Finalmente, tras una semana, el Maestro, que conoce el corazón de Tomás, se le presenta y le invita a acercar sus dedos, tocarle y comprobar sus manos y su costado. La respuesta creyente y convencida de Tomás es su reconocimiento consciente -como también lo confesaron Pedro o la mujer samaritana-, de que el Resucitado es el Cristo, verdadero Señor y Dios.
La tercera y última evidencia pascual adquiere la forma de un resumen o sumario que indica el sentido y propósito del evangelio. El texto afirma que Jesús realizó otras señales delante de sus discípulos y discípulas que no son relatadas por el evangelista Juan; sin embargo, aquellas acciones, palabras y milagros que han quedado recogidos dan fe de que Jesús es el Hijo de Dios y garantizan, en esa fe, la vida plena. No se trata de estar informados al detalle y conocer toda su vida y obra, sino ante todo de vivir la misma “fe de Jesús”, aquella fe profunda que le movió a vivir consistente y coherentemente, siguiendo y predicando el reinado de Dios y su justicia hasta su cruenta muerte. Quiere esto decir que no debemos asumir una fe meramente contemplativa “en Jesús”, como si fuese nuestro amuleto de la suerte, sino que estamos llamados y llamadas a imitar y testimoniar su manera única de vivir el proyecto de amor, justicia y misericordia de Dios para con todos y todas, especialmente con los más vulnerables, su sensibilidad frente a lo que acontecía a su derredor, su cuidado por los pequeñitos del Reino.
Que esta invitación a comprender las Escrituras realice su propósito, el cual es acercarnos más a Dios, haciendo profundizar y permanecer la fe y el compromiso en nosotros ahora y siempre. Que así sea.
La Rvda. Loida Sardiñas Iglesias es Presbítera de la Iglesia Episcopal Anglicana, Diócesis de Colombia, donde ejerce su ministerio como clériga adjunta a la Misión San Benito de Nursia, en Bogotá. Es doctora en Teología por la Universidad de Hamburgo y profesora de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana en Colombia. Sus áreas de interés son la Teología Sistemática, el Ecumenismo y el Diálogo Interreligioso.
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