Sermones que Iluminan

Pascua 2 (C) – 2016

April 04, 2016


Dios no deja de enviarnos señales, lo que pasa es que no siempre las vemos.

Un buen día un seminarista llamado Adán, viajaba con su amigo. Iban juntos a las clases del seminario cada dos semanas. Adán le comentaba a su amigo que la semana pasada había sido más difícil que la anterior. Los retos de su vida, en lugar de mejorar, parecían que estaban empeorando. Él expresaba duda en cuanto a la forma en que había vivido. ¿Había hecho lo correcto con su vida? En estos momentos sentía como si todas las semillas de cosas buenas que él había sembrado no estuvieran germinando.

Adán es un hombre que siempre ha ayudado a los necesitados. Su tía en Latinoamérica tenía un hijo muy enfermo. No tenía recursos para su cuidado médico, ni siquiera para comer. En ese momento Adán le envió todos sus ahorros a su tía. Unos años después, a Adán se le dañó el auto de forma irreparable. No solamente pasó meses sin auto, sino que tampoco tenía el dinero para comprar uno nuevo. Y para colmo le sirvió de fiador de la hipoteca de su mamá la cual ella no pagó. Como resultado se le arruinó el historial de su crédito.

¿Cuándo nos hemos sentido como Adán? ¿Pensamos que hemos hecho lo correcto en la vida? Pensamos en esto y parece que nuestra vida sigue llena de retos y en vez de mejorar parece que empeora. Adán cree en Dios y sabe que ayudar a su tía y a su mamá era lo correcto.

Sin embargo, el día que salió con su amigo al seminario, Adán se enteró que su amigo no lo podía llevar a clase el día siguiente. Mientras conversaba acerca de este nuevo reto con su esposa, su hijo mayor le dijo, “¿Ves papá? ¿Hasta cuándo vas a dejar se ser tan tonto? Tú ayudas a todo el mundo y ahora que no tienes auto, ¿quién te ayuda a ti?”

Lo que le dijo su hijo a Adán se parece a la reacción del Apóstol Tomás en el evangelio. Él no creyó que Jesús había resucitado hasta que no vio señales físicas que pudiera tocar con sus propias manos y mirar con sus propios ojos.

Siguiendo camino al seminario, Adán le comenta a su amigo que de repente esta situación de no tener auto es una señal de que ir al seminario fue la decisión incorrecta. Con tantos retos para ir a clases, quizás él había escuchado el llamado de Dios a servirle, de manera equivocada. Ante este comentario, su amigo le preguntó, “En este semestre, ¿cuántas veces has dejado de ir a clases por no tener auto? En ese momento, Adán se da cuenta de que su amigo quien lo lleva a clase en su auto, lo había llevado desde el principio del semestre. Adán reconoce que ni siquiera necesitaba el auto para llegar al seminario.

Entonces, ¿cuál era el problema de Adán? ¿El que no podía ir al seminario? o ¿El que no tenía el auto que quisiera tener?

La realidad es que su amigo lo ha estado llevando al seminario durante todo este tiempo, con mucho gusto y con mucho amor. El gesto del amigo de Adán es una señal viviente de la presencia de Dios en la vida de Adán. Es una señal la cual Adán no había visto por estar tan centrado en sus problemas.

Su hijo lo llamó tonto por ayudar a personas necesitadas. Esas mismas experiencias parecían reafirmar el comentario de su hijo. Muchas veces el mundo también nos trata de tontos por ser buenos con los demás, porque no siempre resulta a nuestro favor.

Cuando estamos en situaciones difíciles, a veces no vemos la presencia de Dios en nuestra vida, como cuando se cancela esa reunión en un día que estamos atareados, como cuando alguien nos insiste a participar en un retiro y no paran de insistir, como cuando no conseguimos las llaves del auto al salir y nos damos cuenta más tarde de que hay una razón para el retraso, o como cuando una amiga te platica de su vida y esa conversación pone tu vida en perspectiva.

Que no veamos la presencia de Dios, no quiere decir que hayamos dejado de creer, puede ser que nuestra fe se haya debilitado como le pasó a Tomás. ¿Qué podemos hacer cuando sentimos que nuestra fe se debilita?

Demos gracias a Dios por su gracia. Cuando andamos en los caminos de Dios, aunque sepamos que Dios está con nosotros, en algunas situaciones difíciles como la de Adán, nuestra actitud es de solamente enfocarnos en el problema y nos olvidamos de agradecer a Dios por todos los otros dones en nuestra vida.

El salmo de hoy está lleno de alabanzas a Dios, y quizás nos podamos aprender de memoria algunas de estas alabanzas y repetirlas durante el día, especialmente en los momentos más difíciles.

Te doy gracias, Señor,
porque me has respondido
y porque eres mi salvador.
Éste es el día en que el Señor ha actuado:
¡estemos hoy contentos y felices!
Te doy gracias y alabo tu grandeza,
porque tú eres mi Dios.
Den gracias al Señor,
porque él es bueno,
porque su amor es eterno.

El pacto de Dios es su promesa de estar con nosotros en todo tiempo y en todo lugar, aún en las situaciones más difíciles. Su presencia en nosotros se manifiesta en todo nuestro alrededor. Practiquemos el reconocer su presencia entre nosotros, su creación, la naturaleza y en nuestros propios corazones. De esa forma podemos ver y apreciar sus señales y así fortalecer nuestra fe, como fue con Tomás el Apóstol y Adán el seminarista.

Dios siempre nos está mandando señales que no vemos. No nos sintamos culpables de no siempre ver esas señales, sino que hagamos prácticas contemplativas como la meditación para abrir los ojos del corazón y poder verlas. Pidámosle señales de su presencia que podamos ver como lo hizo Tomás, y en los momentos más difíciles, démosle gracias por su amor y protección, alabándolo con alegría de corazón.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan