Pascua 3 (A) – 19 de abril de 2026
April 19, 2026
«Luego, se puso a explicarles todos los pasajes de las Escrituras que hablaban de él».
¡Aleluya! Cristo ha resucitado. Es verdad, el Señor ha resucitado. ¡Aleluya!
En este Tercer Domingo de Pascua seguimos escuchando acerca de los primeros pasos y las primeras prédicas de la naciente Iglesia, como nos lo cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles. También recibimos una lección del Señor Resucitado sobre cómo entender a las Sagradas Escrituras a la luz de su vida, muerte y resurrección, algo que el Apóstol San Pedro nos ayuda a precisar en su primera epístola.

El segundo capítulo de los Hechos narra que Pedro fue la primera persona que anunció la resurrección de Jesús públicamente y el que predicó el primer sermón cristiano. Anunció que Jesús, el crucificado, es el Señor y el Mesías esperado de Israel -por eso lo llamamos Jesucristo, pues “Cristo” significa Mesías-. Su crucifixión y muerte, junto con su resurrección, fueron parte del plan o propósito de Dios de acuerdo con las enseñanzas de las Escrituras, por tanto, todo ser humano debe responder al llamado a arrepentirse y ser bautizado. Este arrepentimiento es un volver a Dios y un emprender un nuevo camino, el de la salvación. Según Pedro, esta salvación es para los creyentes y sus familias, por eso muchos le hicieron caso, creyeron y fueron bautizados ese día. Nosotros, los que recibimos este mensaje hoy día, también estamos llamados a la conversión y la nueva vida en Cristo.
Las enseñanzas del Apóstol Pedro se amplían en su Primera Carta, donde esclarece, aún más, el tema de la muerte y la resurrección de Cristo. Dios en Jesús nos ha salvado, nos ha rescatado de la vida sin sentido con su sangre preciosa. Así que la muerte de Cristo -cual cordero inmaculado- fue el sacrificio de su vida, de su sangre incorruptible, con el propósito de nuestra salvación. La Iglesia ve en este sacrificio el cumplimiento de las exigencias sacrificiales de la ley que obligaba a la gente a ofrecer animales para cubrir los pecados. Cristo se ofreció a sí mismo: un sacrificio único y perfecto.
Este sacrificio es algo que Jesús hizo voluntariamente. Lo hizo con el beneplácito del Padre y del Espíritu Santo. Nunca olvidemos que las Personas de la Santísima Trinidad no obran aisladamente, sino que donde obra el Padre, allí obra el Hijo y obra el Espíritu Santo. San Pedro insiste en que la muerte y resurrección de Jesús fueron destinados desde antes de la creación del mundo. Eso significa que el amor de Dios hacia nosotros ha sido eterno, y que la vida de Cristo es su despliegue y manifestación en la historia humana. Frente a ese amor no sólo debemos arrepentirnos de la mala conducta, también debemos abrazar la fe, la esperanza y el amor mutuo como nuestra respuesta a Dios.
Nuestras celebraciones litúrgicas son -o deberían ser- la exteriorización de este cambio de vida y de corazón, en las que agradecemos a Dios por su amor y gracia hacia nosotros. Con el salmista es justo preguntar: «¿Cómo pagaré al Señor por todos sus beneficios para conmigo?» Y con él podemos responder: «Alzaré la copa de la salvación e invocaré el Nombre del Señor». Y eso es, precisamente, lo que hacemos en cada misa: alzamos la copa de la salvación. De hecho, Eucaristía literalmente significa “dar gracias”; así que, cada vez que partimos el pan y elevamos el cáliz, estamos cumpliendo con el texto del salmo que leímos hoy.
La lectura del Evangelio según San Lucas viene a poner un punto más fino sobre el mensaje de las lecturas anteriores. Se trata de un episodio muy querido en muchas comunidades cristianas, al punto de que, en varios países, Emaús se presta para dar nombre a iglesias. Dos de los discípulos, que no eran de los doce, se dirigían hacia un pueblo llamado Emaús. Salieron cabizbajos de Jerusalén, la tarde del Primer Domingo de Pascua, cuando Jesús se les acerca, como cualquier caminante, y les pregunta de qué platicaban. No reconocieron al Señor, más bien se sorprendieron de que su nuevo acompañante no supiera de los recientes acontecimientos respecto a Jesús de Nazareth; qué raro que ese caminante no sabía de nada de eso, pues todo el mundo hablaba de esas cosas. Le contaron pues, con franqueza, su decepción por la muerte de Jesús y su extrañeza frente a lo que decían algunas de las mujeres que lo habían seguido.
Jesús, aún no reconocido, seguía caminando con ellos. Aprovechó el camino para enseñarles -y enseñarnos- que los acontecimientos de aquella Pascua judía y de la pasión deben ser entendidos a la luz de las Sagradas Escrituras: la Ley de Moisés, los Profetas y los demás escritos sacros que hoy llamamos el Antiguo Testamento. Hizo que entendieran que su muerte se debió al proyecto de salvación que Dios dispuso desde antes de la creación del universo; les hizo leer su vida a la luz de la Biblia y la Biblia a luz de su vida. Aun así, no se dieron cuenta de que aquel caminante era Jesús.
Se hizo de noche y llegaron a la casa. Allí los discípulos rogaron a su compañero que se quedara con ellos. Accedió y se sentaron a la mesa. Al bendecir la mesa, partir el pan -y podemos asumir al alzar la copa-, la identidad del caminante se manifestó: ¡era Jesús, el mismo que fue crucificado! ¡Había resucitado! Pero con esa revelación desapareció y los discípulos corrieron de nuevo a Jerusalén para compartir con los Apóstoles que reconocieron a Jesús vivo al partir el pan.
Nosotros también podemos encontrarnos con Jesús resucitado cada vez que partimos el pan y alzamos la copa, al celebrar la Santa Eucaristía o Cena del Señor. Cristo se hace presente cuando damos gracias con el pan y el vino, su Cuerpo y su Sangre. También se manifiesta cuando leemos la Sagrada Página a la luz de su vida y ministerio, y entendemos la Ley y los Profetas como testigos del amor de Dios y de su propósito de salvar la humanidad. Por eso, la lectura bíblica siempre va de mano en mano con la celebración de los Sacramentos.
En este tiempo de Pascua, fijémonos en las Sagradas Escrituras, escuchemos su mensaje del amor de Dios en Jesucristo y proclamemos su gloriosa resurrección al mundo entero. Amén. Amén.
El Rvdo. Dr. Jack Lynch es un presbítero de la Diócesis Episcopal de Long Island y Vicario de la histórica Saint Mary’s Episcopal Church, Brooklyn, Nueva York.
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