Sermones que Iluminan

Pascua 5 (C) – 2025

May 18, 2025

LCR: Hechos 11:1–18; Salmo 148; Revelación 21:1–6; San Juan 13:31–35

El evangelio asignado para este domingo nos dice claramente: “Que se amen los unos a los otros. Así como yo los amo a ustedes… Si se aman los unos a los otros, todo el mundo se dará cuenta de que son discípulos míos”. Tenemos que confesar que esta instrucción es increíblemente difícil, pues encapsula una de las enseñanzas más exigentes. El mandamiento de amarse los unos a los otros no es distintivo únicamente en el evangelio de Juan, se encuentra en los evangelios sinópticos, como en el caso de Lucas: “Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian, bendigan a los que los maldicen y oren por los que los maltratan”. 

Nadie dijo que seguir a Jesús debía ser fácil ¿Amar a los demás cuando estoy herido? ¿Amar a la gente que no me trata bien? ¿Amar a las personas que hacen mi vida imposible? ¿Amar a la gente que habla mal de mí a mis espaldas? ¿Quién realmente ora por aquellos con los que no puede llevarse bien? Ésta es una tarea muy difícil y, desde una perspectiva humana, no tiene ningún sentido. El amor no siempre es fácil. El verdadero reto es amarse los unos a los otros cuando no se sienten las ganas de hacerlo, cuando a nuestro el otro juicio no lo merece, cuando duele.

La enseñanza de Jesús contradice nuestras inclinaciones humanas naturales. Nuestras interacciones sociales normales tienden a ser recíprocas. Por lo general, tratamos a los demás de la manera en que ellos nos tratan a nosotros. Pero si alguien nos maltrata, la respuesta humana típica es tratar de vengarse. Si alguien nos hiere, nosotros queremos herir de vuelta. De hecho, esto es lo que muchos de nosotros probablemente aprendimos cuando éramos niños. Cuántas veces escuchamos de nuestros padres que cuando alguien en la escuela nos maltratara, nos defendiéramos y pegáramos de vuelta. Estamos entrenados para reaccionar ante la agresión y la hostilidad.
Para muchos de nosotros, el instinto es luchar: “ojo por ojo y diente por diente”. Si alguien nos ignora, lo ignoramos; si alguien nos grita, le gritamos; si alguien intenta entrar en nuestro carril en la autopista, no lo dejamos. Sí, tendemos a responder así. Puede que no sea bueno o correcto, pero es una reacción humana común. Aquí es donde radica el verdadero reto.

Jesús nos invita a hacer algo diferente, a hacer lo contrario. Nos invita a expandir nuestra conciencia, a cambiar nuestra comprensión, nuestros paradigmas y ver el mundo con nuevos ojos. Jesús nos invita a imaginar una realidad diferente, llena de posibilidades, donde el sueño de Dios para nosotros se manifiesta aquí y ahora; una realidad que nos exige romper el ciclo de violencia y retribución, rechazando la lógica autodestructiva. Amarse los unos a los otros incluye a aquellos que nos rechazan, nos desafían o nos hieren. Pero ¿por qué Jesús nos pide esto? ¿Por qué es tan difícil? ¿Cómo podemos amarnos los unos a los otros si ni siquiera sabemos cómo?

La verdad es que no podemos hacerlo por nuestra cuenta. Las enseñanzas de Jesús no son un proyecto de hazlo tú mismo. Pero podemos practicar ese amor mutuo cuando le pedimos ayuda a Dios. Aquí es cuando nos damos cuenta de que el Espíritu de Dios puede hacerlo a través de nosotros. Un teólogo oraba diciendo: “Dios, deja que tu amor fluya a través de mí para que yo se los demuestre”. Porque Dios es una fuente infinita de amor y luz, y el amor de Dios se extiende a todos. Dios ama al bueno y al malo con la misma intensidad. Dios no hace excepciones. Y ésta es la Buena Nueva que proclama el Evangelio de hoy. No estamos solos en esta difícil tarea.

Cuando amas, cuando oras, te estás conectando con la fuente misma del amor.
El sacerdote franciscano y escritor espiritual Richard Rohr dijo una vez que la enseñanza de Jesús sobre amarse los unos a los otros es en realidad una autoconciencia iluminada.
Cuando te niegas a amar, al final te hieres. Pero más que eso, dice Rohr, la autoconciencia iluminada significa que amar al otro, incluso cuando es difícil, es realmente bueno para ti. Cuando amamos y oramos por aquellos con quienes nos cuesta convivir, nos estamos abriendo a la fuente del amor infinito, el amor que todo lo cura, el amor puro de Dios. Y cuando estamos rodeados de ese amor infinito nos convertimos en un canal para que el amor de Dios fluya a través de nosotros, porque, desde el principio, para eso fuimos creados, para dar amor. Ése es nuestro propósito más divino.

A todo el mundo le vendría bien más amor. Tratemos de no ofendernos cuando las personas sean groseras, desagradables o traten de herir nuestros sentimientos. Nunca sabemos por lo que están pasando. Éste es el principio de la compasión: envíen amor sin importar cómo actúen. Ésa es la autoconciencia iluminada.  Cuenta una breve historia que una mujer fue a su ferretería local y uno de los empleados fue muy grosero con ella; estuvo tentada de desearle lo peor, pero en lugar de eso, optó por enviarle amor. Días después, regresó a la tienda y el mismo empleado la trató de manera completamente diferente; no sólo fue amable, también le dijo que unas semanas antes se había enterado de que su esposa tenía una enfermedad potencialmente mortal. Ella se alegró de haberle enviado amor en lugar de negatividad.

A menudo no sabemos lo que está sucediendo en la vida de aquellos con quienes es difícil practicar el amor. Cuando se trata de amarnos los unos a los otros, todos tenemos nuestras propias historias. Por lo general, hay alguien en nuestra familia, trabajo o comunidad que presiona nuestros botones, alguien que saca lo peor de nosotros. Podemos cerrar los ojos e imaginar a esa persona a la que no queremos amar; imaginemos el amor infinito de Dios rodeándole como una burbuja de luz, y pidámosle a Dios que le envíe ese amor a través de nosotros; el amor infinito que sana todo. Sí, amarse los unos a los otros -especialmente cuando no es fácil- es una autoconciencia iluminada. Esto no significa tolerar el abuso. Practicar este tipo de amor nos libera de la pesada carga de nuestra propia negatividad. Si podemos entender esto veremos que, cuando nos negamos al amor, en realidad nos estamos dañando a nosotros mismos.

Seamos esta fuente de amor y luz, sabiendo que no podemos hacerlo solos. Cuando experimentemos el amor divino moviéndose a través de nosotros, ese amor nos envolverá como un escudo, como si estuviéramos en una burbuja de luz. Abrámonos al poder inesperado de la presencia de Dios. Él estará con nosotros, derramando amor en nosotros y a través de nosotros porque, al final, todos fuimos creados para ser instrumentos del amor divino de Dios. Amén.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan

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