Pascua 7 (A) – 17 de maio de 2026
May 17, 2026
LCR: Hechos 1:6–14; Salmo 68:1–10, 33–36; 1 San Pedro 4:12–14; 5:6–11; San Juan 17:1–11
De vez en cuando uno escucha algo que en realidad no estaba destinado para uno, y aun así ese algo termina afectándonos profundamente. Esto suele pasar en el pasillo de un hospital cuando alguien sale de una habitación y empieza a orar por su familia, cuando un padre o una madre piensa que su hijo está dormido y susurra una oración por él o ella; pasa también en un ensayo de boda cuando, entre el estrés y los nervios, alguien expresa en voz alta sus esperanzas y miedos. Estos momentos se dan a menudo en la vida de un sacerdote y se sienten sagrados porque dejan ver el amor que alguien siente por otra persona de una forma muy vulnerable y pura.
En el Evangelio de hoy los discípulos viven exactamente uno de esos momentos al escuchar a Jesús orar por ellos. Éste es uno de los pasajes más íntimos de todo el Evangelio de Juan y deja ver el amor que Jesús siente por sus discípulos de un modo explícito y extraordinario. Jesús sabe que su tiempo está llegando a su fin. El capítulo 17 es parte de lo que se conoce como el gran discurso de despedida. Jesús sabe que la cruz se acerca y pronto ya no caminará junto a sus discípulos de la misma manera. Entonces hace algo extraordinario: ora por ellos en voz alta. Y los discípulos lo escuchan.

Imaginemos lo que debe sentirse escuchar a Jesús hablar con el Padre sobre nosotros. Escuchar nuestro nombre en la oración de Cristo. Saber que somos objeto de su cuidado y amor. Jesús dice: “He dado a conocer tu nombre a los que me diste”. Estas palabras resumen toda su misión. No sólo vino a enseñar sobre Dios, ni a dar consejos morales; vino a revelar, como nadie, el verdadero rostro de Dios. Cuando las personas miraban a Jesús -su compasión, valentía, paciencia, perdón- estaban viendo en él a Dios mismo. En Jesús, el carácter de Dios se hace visible. En su oración Jesús dice que los discípulos recibieron esa revelación. Ellos comprendieron que todo lo que Jesús tenía venía de Dios. Y creyeron. Luego la oración se vuelve todavía más íntima y profunda: “Yo te ruego por ellos… Padre santo, cuídalos en tu nombre… para que sean uno, así como nosotros somos uno”.
La oración de Jesús también revela una verdad muy importante sobre la vida eterna. Muchos pensamos que la vida eterna es algo que comienza después de la muerte, la imaginamos como una recompensa futura o como un destino celestial, pero en el Evangelio de Juan la vida eterna significa algo más profundo. Un poco antes, en esa misma oración, Jesús da una definición clara de la vida eterna: “Que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”. Jesús no dice que la vida eterna es simplemente vivir para siempre o escapar del mundo. Dice que la vida eterna es conocer a Dios. Y conocer aquí no significa simplemente saber cosas acerca de Dios. Significa entrar en una relación viva con él, conocerlo como se conoce a un amigo, a un ser querido; como un hijo conoce a un padre que lo ama. Según la descripción de Jesús, la vida eterna es una relación que comienza cuando una persona confía en el amor de Dios revelado en Jesucristo. Eso deja claro que la vida eterna no empieza después de morir, empieza con Jesús. Si tenemos los ojos abiertos, a veces podemos ver destellos de esa vida eterna en momentos muy simples.
Hace algunos años un hombre estaba visitando a su abuela en un centro de cuidados paliativos. Ella había vivido una vida larga de fe sencilla. No era teóloga ni predicadora, pero había caminado con Dios con fidelidad. Una tarde él le preguntó si tenía miedo de morir. Ella sonrió y le dijo algo muy simple: “No mucho. He caminado con Dios toda mi vida. Solo voy a seguir caminando un poco más adelante por el mismo camino”. Eso es vida eterna. No un salto repentino hacia lo desconocido, sino continuar una relación que comenzó cuando Jesús decidió amarnos y tendernos un puente hacia el Padre.
Pero Jesús sabe algo más. Sabe que los discípulos permanecerán en un mundo complicado. Por esto dice en su oración: “Ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en el mundo”. En el Evangelio de Juan, la palabra “mundo” no se refiere simplemente al planeta; se refiere a los sistemas humanos que resisten a Dios: estructuras de orgullo, poder y miedo que apartan a las personas del amor de Dios. Jesús sabe que, incluso para sus discípulos, seguirlo no siempre será fácil. De hecho, la comunidad cristiana que escuchó este Evangelio lo sabía muy bien. Muchos habían sido expulsados de la sinagoga por creer en Jesús y vivían en tensión con la sociedad que los rodeaba. Por eso Jesús ora: “Padre santo, cuídalos”. No pide que Dios los saque del mundo, sino que los proteja en medio del mundo. Esa diferencia es clave. Jesús no quiere que sus seguidores escapen de la realidad del mundo, quiere que en medio de esa realidad vivan fielmente.
Ahí es donde la vida eterna se hace visible, porque la vida eterna no es escapar de esta vida donde Dios también nos ha colocado, sino vivirla de una manera diferente. Esa manera diferente se hace visible cuando alguien decide perdonar cuando guardar resentimiento sería más fácil, cuando alguien es generoso en un mundo que enseña a acumular, cuando alguien muestra compasión en un ambiente lleno de indiferencia. En otras palabras, la vida eterna se hace visible a través del amor que hemos recibido y aprendido en nuestra relación con Jesús.
Uno de los versículos más importantes de esta oración es: “Todo lo mío es tuyo, y lo tuyo es mío; y en ellos he sido glorificado”. Por primera vez, en el Evangelio, Jesús dice que su gloria se ve en la comunidad. No en edificios, no en instituciones, sino en las personas. Cuando los seguidores de Jesús viven el amor que él enseñó, el mundo puede ver quién es Jesús. Por eso Jesús ora por la unidad de sus discípulos: “para que sean uno, como nosotros somos uno”. Esto no significa que todos piensen exactamente igual. Significa vivir con el mismo amor generoso que existe entre el Padre y el Hijo. Cuando ese amor aparece -aunque sea imperfectamente-, revela la vida misma de Dios. Jesús invita a sus discípulos a participar en esa vida a través del bautismo y del partir el pan en la comunidad.
Esta oración atraviesa los siglos y llega hasta nosotros, pero fue elevada por todos nosotros aún antes de la cruz y antes de la resurrección; desde entonces Jesús ya está orando por la comunidad de creyentes. Ora para que conozcamos a Dios, para que permanezcamos fieles en el mundo, para que vivamos en amor y unidad, para que experimentemos el gozo de la vida eterna. No algún día, sino aquí y ahora.
¡Esa es la oración de Jesús por cada uno! ¿Cuál es nuestra oración? ¿Por qué y por quién rezamos cada uno de nosotros?
El Rev. Andreis Diaz es Vice-Rector de Christ Church, Ponte Vedra Beach, Florida. Diócesis de la Florida.
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