Sermones que Iluminan

Pentecostés 10 (C) – 14 de agosto de 2022

August 14, 2022

LCR: Jeremías 23:23–29; Salmo 82; Hebreos 11:29–12:2; San Lucas 12:49–56

El texto del Evangelio para este décimo domingo después de Pentecostés es extraordinariamente difícil. El lenguaje áspero de Jesús que habla de fuego y llama a la gente hipócrita es difícil de procesar; se parece más al estilo de Juan el Bautista que al del propio Jesús. Interpretar este texto y encontrar en él aliento para el camino no es menos desafiante que el texto mismo. Especialmente cuando, mucho de lo que Jesús dice, ruega a gritos ser expandido y explicado con detalle porque este Jesús no se parece al príncipe de paz anunciado por Isaías desde antaño, o al resucitado que anuncia paz a los discípulos temerosos después de los eventos de la crucifixión. A los pies de Jesús recién nacido los ángeles entonaron notas de paz y a los pies del resucitado los discípulos encontraron palabras de Paz: “Paz a ustedes”.

“¿Creen ustedes que he venido a traer paz a la tierra? Les digo que no, sino división. Porque de hoy en adelante, cinco en una familia estarán divididos, tres contra dos y dos contra tres.” Jesús no nos explica cómo todo esto encaja en la historia de salvación; “El padre estará contra su hijo y el hijo contra su padre; la madre contra su hija y la hija contra su madre; la suegra contra su nuera y la nuera contra su suegra.” En nuestras culturas hispanas los lazos familiares y sanguíneos son muy estrechos, a veces demasiado, y entender estas palabras tan duras requiere de un esfuerzo extra; aunque a la vez pueden sonar conocidas en aquellas familias en las cuales la fe ha sido un factor de división como lo fue en tiempos de Jesús, y como continúa siendo hoy en sociedades africanas y de Medio Oriente. La fe cristiana ha traído paz y esperanza a millones de personas en todo el mundo. Por años la Iglesia episcopal tuvo como unos de sus lemas: “La paz en el negocio de la iglesia”, pero no es menos cierto que a través de los siglos la misma fe que ha traído paz ha sido causa de división, cruzadas, inquisiciones y masacres.

El mismo que pronunció las palabras del texto del Evangelio de hoy, fue el que expandió el concepto de familia más allá de la biología y la sangre, haciendo de la fe un elemento de unidad; es ahí donde podemos empezar a ver algo de esperanza: “¿Quién es mi madre? ¿Quiénes son mis hermanos? … El que hace la voluntad de Dios es mi hermano, mi hermana, mi madre”; el mismo Jesús quien, desde la cruz, encargó a su madre, no al cuidado de su hermano mayor, sino al discípulo amado.

La fe, como elemento de unidad, es parte de nuestra herencia cristiana, es por eso por lo que más allá de los vínculos sanguíneos nos llamamos hermanos y hermanas, no porque hayamos alcanzado la perfección en nuestro modo de relacionarnos, sino porque a través del bautismo somos aceptados como hijos e hijas de Dios. Validar la importancia de la familia de fe como prioridad sobre cualquier elemento de división es una lección que todos podemos aprender. Mas allá del sexo, la clase social, la cultura, la política, la geografía y la sangre, en el bautismo todos hemos sido sellados y marcados como propiedad de Cristo y hechos herederos de una vida nueva, bajo una misma fe y esperanza.

Durante los últimos domingos hemos escuchado el Evangelio de Lucas. Hemos visto cómo Jesús va mostrando esperanza a sus seguidores y afirmándoles que no deben preocuparse por el mañana. Jesús sana, anuncia el reino, recluta a sus discípulos, las multitudes lo siguen mientras con ternura y amor se detiene a sanar al enfermo y enseñar con paciencia. Pero ahora todo ha cambiado. Jesús va camino a Jerusalén donde encontrará la cruz. Los días de su ministerio terrenal se acaban y vive momentos de intensidad. El Jesús, paciente y amoroso, ahora habla de fuego y de su deseo de que ese fuego ya estuviera ardiendo. Pero no podemos pensar que el fuego al que se refiere es el que destruye; es el fuego del Espíritu Santo que purifica y santifica.

El mismo Jesús que ha inspirado a muchos a seguirle, también ha dejado atrás una multitud que le teme o que se ha visto amenazada por su mensaje de salvación. Ellos están ahora a la defensiva y traman una conspiración que le llevará a la cruz. Cuando se trata de Jesús, nadie es neutral, no es posible tener un encuentro con él y permanecer igual, o bien se siente amado o interpelado o ambas, o bien se decide seguirle hasta la cruz o rechazarlo con toda intensidad. Si de verdad somos buenos discípulos de Jesús, si de verdad lo estamos haciendo bien, no hay por qué esperar que las cosas sean distintas para nosotros. En nuestro peregrinar hemos de encontrar algunos que se suman a la multitud de seguidores, mientras otros se alejan de nosotros cuanto más nos acercamos a Jesús.

Si de verdad estamos comprometidos con el cambio y la vida nueva que Jesús ofrece, vamos a encontrar que nuestras prioridades no coincidirán más con las de este mundo y eso nos pondrá en tensión, división con el mundo; la transformación implica cambiar el modo como nos relacionamos con el él. Si de verdad estamos respondiendo al mensaje de Jesús es probable que encontremos división y contradicción, incluso con nosotros mismos mientras dejamos que el fuego del Espíritu Santo vaya consumiendo todo aquello que no es bueno, que nos separa de Dios: el odio, el egoísmo, el orgullo y la arrogancia.

No hay transformación sin dolor. El fuego del Espíritu que ya arde en nosotros quema, pero no destruye, más bien purifica y pule. Jesús no vino al mundo a complacer o entretener sino a salvar y liberar del yugo del pecado y de la muerte eterna. Una misión así requiere poner el mundo de cabeza antes de poderlo enderezar. La misión de salvación pone en jaque todas nuestras prioridades familiares, económicas, culturales y personales. La paz que el Príncipe de Paz tiene para ofrecer no es una sin costo, es una paz conquistada en la cruz, por la que él mismo pagó el precio.

Las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy no deben ser interpretadas como una profecía ansiada, sino más bien como la descripción de una realidad inevitable para aquel que se declara seguidor del Dios de salvación que nos ha sido revelado en Cristo Jesús.

Ser cada vez más conscientes de aquello que nos separa y valorar cada vez más nuestra fe como elemento de unidad, nos ayudará a estar menos divididos y nos traerá una paz que podremos disfrutar aun en medio de los momentos más desafiantes y contradictorios de nuestros peregrinar terrenal.

El Rvdo. Andreis Diaz Dorta es Rector Asociado en Christ Episcopal Church, Ponte Vedra Beach, Diócesis de la Florida, desde el 2017. Es Ordenado en Cuba en Junio de 2010.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan

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