Sermones que Iluminan

Propio 18 (A) – 2023

September 10, 2023

LCR: Ezequiel 33:7–11; Salmo 119:33–40; Romanos 13:8–14; San Mateo 18:15–20

Ser cristiano implica compromiso. Quizás alguien podría tener otra opinión, pero ser y vivir como un buen cristiano es algo, a veces, un poco complicado, pues debemos aceptar cosas que no nos gustan, compartir y convivir con personas que tienen otras costumbres a las nuestras, aceptar que somos distintos y diversos en prácticas y pensamientos. Ser y vivir la vida como un auténtico cristiano significa marcar la diferencia en un mundo poco tolerante e inclusivo.

Uno de esos compromisos, difícil de aplicar en una sociedad hipócrita, es el de corregir al hermano o hermana que está actuando de manera equivocada. Esto implica que debemos ser como “vigilantes”, estar siempre prestos a ayudar, pero con amor. No se trata de ser inquisidores o de hacer reclamos sin misericordia; se trata de obrar con mucha caridad, empleando palabras que no hieran, más bien que edifiquen. Ser un “vigilante” de mi congregación puede traer dificultades si no se ejecuta bien la función de mediador o mediadora.

En todas las congregaciones vamos a encontrar situaciones que ameritan especial atención, tanto del sacerdote como de los demás miembros. La Palabra de Dios es clara y precisa. Estamos llamados a fortalecer al hermano que está débil en su fe y en sus prácticas, pues no desempeñar nuestra función adecuadamente, se nos tomará en cuenta: “Si no te hace caso, llama a una o dos personas más, para que toda acusación se base en el testimonio de dos o tres testigos. Si tampoco les hace caso a ellos, díselo a la comunidad”.

Dios nos ha llamado con un propósito específico y a cada uno se le ha dado un ministerio, dones y talentos. No todos estamos llamados a ser reconciliadores; no obstante, debemos tratar de hacer siempre lo mejor por los demás. Hacerle ver a una persona que está equivocada y que debe cambiar su actitud es algo que nos corresponde a todos. Si la persona en cuestión no presta atención o se reniega al cambio, ya habremos cumplido con lo que el Señor espera de nosotros, y la persona involucrada, tendrá que responderle a Dios.

Siempre debemos hacer lo posible para que nuestro contexto sea un lugar mejor; que nuestra vida, nuestras relaciones, sean un reflejo del Reino. Jesús nos dice a través del evangelio de san Mateo: “Les aseguro que todo lo que ustedes aten en este mundo será atado en el cielo, y todo lo que desaten en este mundo, también quedará desatado en el cielo”. Cuando perdonamos se hace realidad el cielo entre nosotros. Perdonar de corazón a veces es difícil, pero no imposible. No nos vayamos a dormir sin antes haber perdonado a quien nos ha ofendido durante el día. Por cosas sin importancia muchas familias y amigos se han dividido, han dejado de hablarse durante años y hasta han muerto sin haber perdonado. Mantener rencores, revanchas, odios nos “atan” a la tristeza y la oscuridad.

El apóstol Pablo nos exhorta en su carta a los Romanos: “No tengan deuda con nadie, aparte de la deuda de amor que tienen unos con otros; pues el que ama a su prójimo ya ha cumplido todo lo que la ley ordena”. El amor hace posible el perdón y éste nos acerca a Dios. También nos llama Pablo a que nos revistamos del Señor Jesucristo como una armadura; sólo así seremos verdaderos cristianos. La naturaleza de Dios es el amor y por amor nuestro nació en un establo, sufrió el calvario y la muerte de cruz, resucito y ascendió a los cielos. Dios, como Padre amoroso y protector que es, quiere que todos sus hijos e hijas vivamos en armonía unos a otros. Pablo siempre nos recuerda el mandamiento que dice: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Si en nosotros hay amor, de seguro no haremos mal al prójimo. Pidamos hoy al Señor que nos colme de amor y perdón.

No olvidemos orar cada día por todos, por nosotros mismos en primer lugar, ya que a veces queremos corregir a los demás y no nos damos cuenta de que tenemos que cambiar cierta actitud que no nos hace bien a nosotros ni a quienes nos rodean. Oremos por quienes atraviesan por una situación difícil en sus relaciones familiares o con algún miembro de la iglesia. Nuestro Señor Jesucristo nos dice: “Esto les digo: si dos de ustedes se ponen de acuerdo aquí en la tierra para pedir algo en oración, mi Padre que está en el cielo se lo dará. Porque donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan

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