Sermones que Iluminan

Pentecostés 2 (A) – 14 de junio de 2020

June 14, 2020


Estimados hermanas y hermanos, celebramos con gozo la alegría que Dios siempre está con nosotros y nos manifiesta su presencia a través del amor viviente expresado en nuestra propia vida, en la de nuestros seres más queridos y en la grandeza de la creación. Hoy, en el segundo Domingo después de Pentecostés, probablemente muchos todavía no nos estemos congregando físicamente para celebrar la Santa Eucaristía debido a las medidas sanitarias y de confinamiento por la pandemia del coronavirus. En este contexto, la liturgia dominical nos presenta un hermoso mensaje para tiempos desafiantes: el mensaje de Dios va más allá de nuestros límites espacio-temporales, la Buena Noticia llega directo al corazón. Dios nos llama hoy a ser sus discípulas y discípulos en amor constante y nos alienta en situaciones adversas.

La primera lectura, tomada del libro del Éxodo, nos narra cómo Moisés sube al monte para hablar con Dios. El pueblo de Israel enfrentaba momentos difíciles desde que salió de Egipto, ahora atravesaba el desierto del Sinaí y las condiciones eran extremadamente duras para la sobrevivencia humana. Todo esto había provocado muchas críticas a Moisés, incluso reproches por las mejores condiciones bajo la esclavitud en comparación con las que vivían mientras caminaban por el desierto. ¡Podríamos imaginar cuán cansados y agobiados estaban! pero Dios nunca les abandonó, siempre les consoló y les prometió conducirlos a la tierra prometida. A través de Moisés, el Señor dio un mensaje a su pueblo, un anuncio esperanzador para recordarles que su constante acompañamiento y fidelidad son signos de la alianza: “Ustedes serán un reino de sacerdotes, un pueblo consagrado a mí”.

El Salmo 100 también nos recuerda esa característica invariable de Dios, su fidelidad va acompañando nuestra historia desde tiempos inmemoriales, su eternidad se hace presente en nuestro días en las más temibles tempestades: “porque el Señor es bueno, para siempre es su misericordia, su fidelidad dura de generación en generación”. No importa la condición en la que estemos, Dios mantiene su presencia, porque es infinito y nada puede detener el alcance de su poder amoroso sobre sus criaturas.

Consecuentemente, en la carta a los Romanos, Pablo afirma cómo por Cristo es que logramos ese acercamiento a Dios por medio de la fe, y no sólo eso, también tener parte de su gloria en medio de los sufrimientos actuales “porque sabemos que el sufrimiento nos da firmeza para soportar”. Allí está nuestra esperanza, y “esta esperanza no nos defrauda, porque, Dios ha llenado con su amor nuestro corazón por medio del Espíritu Santo que nos ha dado”.

Es así como Mateo, en el evangelio, nos muestra un Jesús sensible con la realidad humana. Nos dice que “recorría todos los pueblos y aldeas”. ¿Qué encontró en este recorrido? Situaciones similares a las que encontraría hoy si lo hiciera en nuestros barrios, pueblos, ciudades y países: “Al ver a la gente, sintió compasión de ellos, porque estaban cansados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor”. Ciertamente, estos tiempos son totalmente desconcertantes. Ninguna persona de esta generación había vivido algo similar.

Es verdad, muchas cosas han cambiado y afectado nuestras vidas. Nuestras preocupaciones han aumentado; los niveles de estrés, ansiedad y depresión han crecido alrededor del mundo; muchos estamos afligidos de una u otra manera, ya sea por la pérdida de un familiar o conocido a causa de esta pandemia o por el temor de que llegue a nuestra puerta o la de los que amamos. El mundo como lo conocíamos ya no existe. El carácter de normalidad ha desaparecido y han surgido otros sentidos de pérdida y muerte: de millones de trabajos, de rutinas, de encuentros dominicales de fe, del sentido del tacto al abrazar y besar a familiares distantes y seres queridos; en definitiva, pérdida de muchas de las cosas que asociábamos con sentirse humanos. Nuestras miradas de amor digitales se quedan ahora suspendidas en el aire porque no pueden ir acompañadas de un simple apretón de manos, de una caricia, de un beso y de un fuerte abrazo que reconforte nuestro ser.

Evidentemente, todas estas circunstancias nos hacen sentir “cansados y abatidos” tal como Jesús vio a las gentes de los pueblos y aldeas que recorría. No es una situación para nada fácil, no lo es, y probablemente, no lo será durante algún tiempo. Sin embargo, Dios está con nosotros, en cada circunstancia, en cada sufrimiento, en cada situación adversa que enfrentamos. Jesús lo sabe claramente, sabe que nuestra vida no está exenta de dificultades y por eso ha venido a guiarnos, llamándonos a entrar en su amor para reconfortar y aliviar nuestras penas.

No estamos solos, nunca lo hemos estado y no lo estaremos. Jesús nos llama por nuestro propio nombre, así como lo hizo con los doce apóstoles; él conoce nuestras historias y nos quiere para fortalecernos, aliviarnos y darnos la paz que necesitan nuestros corazones. También nos llama para extender su Reino y llevar su mensaje de amor y misericordia a otros que estén “cansados y abatidos”, porque su amor está en nosotros; su amor es fe y esperanza.

Por tanto, hermanas y hermanos en Jesucristo, hoy la invitación es a buscar en cada espacio y tiempo que encontremos, el acercamiento a aquél que nos llama, en la oración, la lectura de su Palabra y la reflexión de los acontecimientos cotidianos; así, sentiremos su presencia guiándonos, de modo que, el Pentecostés que como Iglesia hemos celebrado recientemente, sea un avivamiento del Espíritu Santo en nuestras vidas. Cada mañana al abrir nuestros ojos y cada noche al cerrarlos, sentiremos el gozo y la alegría de sabernos amados, protegidos y bendecidos por Dios, con una sonrisa en nuestro rostro como señal de nuestro discipulado.

El Rvdo. Israel Alexander Portilla Gómez es sacerdote en la Misión San Juan Evangelista, Diócesis de Colombia, donde ha ejercido el ministerio desde diciembre de 2016.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan