Sermones que Iluminan

Propio 12 (C) – 2010

July 25, 2010

Leccionario Dominical, Año C
25 de julio de 2010
Preparado por el Rvdo. Dr. Julio Torres

Oseas 1:2-10 y Salmo 85 (o Génesis 18:20-33 y Salmo 138); Colosenses 2:6-15, (16-19); San Lucas 11:1-13

Las lecciones de hoy nos hablan del poder y la necesidad del perdón y también nos animan a perseverar en la fe y en la oración y en el Padre Nuestro, Jesús nos enseña todo lo que debemos de pedir y de practicar en nuestra vida cristiana. No es un asunto de poner nuestra esperanza en las cosas pasajeras, la fe Cristiana es radical. El Reino de Dios es nuestra meta y no la acumulación de bienes terrenales: “Danos hoy nuestro pan de cada día”. No, “que me saque la lotería”. Si sólo vivimos para esta vida somos los más miserables de los hombres, dice San Pablo. Es un riesgo de fe. Es la lotería más importante de nuestra vida, porque implica toda una eternidad.

Como el movimiento de Alcohólicos Anónimos lo enfatiza, se trata de estar sobrio un día y eso es todo, el día siguiente lo mismo.  No hay metas que no se puedan cumplir. Aunque a veces parezca que Dios no nos escucha es porque el sabe lo que es mejor para nosotros, como está escrito, “hasta los cabellos de nuestra cabeza están contados”. Dios sabe lo que nos conviene, y como decimos a veces: “Dios escribe recto con renglones torcidos”.

Pero, la providencia de Dios es infinita; comenzando con un nuevo día mucha gente nunca despierta. Si nos pusiéramos a contar todas las bendiciones que recibimos en un día llenaríamos un cuaderno entero: el aire, la vida, la naturaleza, los amigos, el alimento, la sonrisa de un ser amado, nuestra salud, nuestro planeta con su variedad de vida maravillosa. Lo primero que tenemos que hacer es dar gracias: “Santificado sea tu nombre”. Quiere decir, eres bueno y generoso, y nos das lo que necesitamos; tu sabiduría es más grande que la nuestra.

Pero, el problema es que dudamos de la fidelidad y la misericordia infinita de Dios Nuestro Señor. Como Abraham en la historia de Sodoma y Gomorra. Parece muy raro en realidad que un simple ser humano como Abraham se ponga a negociar con Dios para salvar a una ciudad pecadora.  ¡Como si Abraham fuera más misericordioso que Dios! Lo que pasa es que nosotros, igual que Abraham, no podemos entender el plan de Dios, y la naturaleza tan transitoria y fugaz de este mundo en que vivimos. A veces nos preguntamos: ¿cómo es que Dios permite tanto desastre: terremotos, inundaciones, accidentes, la fuga de petróleo en el Golfo de Méjico, la muerte de un niño y mucho más? Quizás históricamente la destrucción de Sodoma y Gomorra fue una erupción volcánica solamente, pero el autor lo interpretó como un castigo, porque la gente de allí era mala.

La verdad es que si Dios no fuese misericordioso ya hubiésemos perecido todos, porque el mundo en general está lleno del mal. Todos somos pecadores. En el Evangelio, Jesús lo afirma claramente cuando dice: “Si su hijo les pide pan ustedes no le dan una piedra, y si les pide pescado no le dan una serpiente; si ustedes que son malos les dan cosas buenas a sus hijos cuanto más el Padre no les dará, el Espíritu Santo si ustedes se lo piden”. Y el Espíritu Santo es el don más grande que Dios puede concedernos, pues nos garantiza un lugar en el mundo venidero. Y en este mundo, como dice el Apóstol Pablo, los frutos del Espíritu son “paz, gozo, mansedumbre y auto control”.

Por eso en la oración perfecta, el “Padre Nuestro”, Jesús les enseña a sus discípulos que perdonemos a nuestros deudores. A veces decimos “si te perdono”, pero seguimos alimentando un cierto resentimiento contra los que nos ofenden. El perdón verdadero es la reconciliación total y absoluta de las relaciones como si no hubiera pasado nada. Es un abrazo total y genuino para con el prójimo y es la restauración total de la relación, y cuando sea necesario también hacer enmiendas.

Durante la guerra civil en El Salvador había prisioneros que pedían perdón y sus enemigos les decían “sí, te perdonamos pero primero te vamos a administrar justicia” y los ejecutaban de un tiro en la cabeza. Eso no es perdón, eso es blasfemia. El perdón verdadero es como el del padre del hijo pródigo, cuando su hijo regresa miserable después de haber derrochado su herencia lo recibe con un abrazo y prepara una gran fiesta, mata un cordero, le compra ropa nueva, y le pone anillos.

El poder del perdón es indescriptible y es lo único que nos puede llevar a ese mundo nuevo que Dios nos ha prometido donde ya no habrá más llanto ni dolor, ni lágrimas, por eso el Padre Nuestro pide por ese mundo eterno que es nuestro verdadero destino: “¡Venga a nosotros tu reino!” y “Perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores”.

Lo que normalmente se traduce como “No nos dejes caer en la tentación”, en realidad significa “Sálvanos del tiempo de la prueba”, y se refiere a las catástrofes y acontecimientos terribles que tendrán lugar al fin del mundo. La Sagrada Escritura nos dice que será algo tan espantoso que muy pocos se mantendrán fieles por lo terrible de la prueba: enfermedades, peste, inundaciones, terremotos, guerras, locura, quien sabe lo que pasará en esos últimos días. Por eso dice: “Sálvanos del tiempo de la prueba”.

Y por último lo que se traduce como “Líbranos del mal”, en realidad significa “Líbranos del Maligno”. Jesús sabe que el mal no es algo impersonal, sino que hay una inteligencia y una voluntad que lo dirige y ese es Satanás. Una de las victorias más grandes del diablo es que el mundo moderno ya no cree en él y no se pone en guardia de las sugerencias, pensamientos, e intenciones que el demonio pone en nuestra mente. La doctrina de la iglesia nos dice que hay tres enemigos del alma: el mundo, el demonio, y la carne (o sea nosotros mismos). De los tres enemigos, el peor es el último, o sea nosotros mismos, puesto que somos los que aceptamos las tentaciones del mundo y las sugerencias del demonio.

Así pues Jesús nos ha enseñado todo lo que debemos saber para orar con fe y conocimiento. Santa Teresa de Jesús decía que el Padre Nuestro es suficiente para salvarnos si lo vivimos y lo rezamos con fe y sinceridad, sin confiar en este mundo, sino esperando el que se nos ha prometido, pero no de una manera pasiva, sino haciendo todo el bien que podamos para mejorarlo. Pero siempre con la esperanza del Reino en nuestros corazones.


—  El Rvdo. Dr. Julio Torres es un sacerdote Episcopal que vivió y trabajó en El Salvador con el Arzobispo mártir Oscar Romero durante los años turbulentos de la guerra civil sangrienta. Su ministerio pastoral en la década de los ochenta era con los refugiados salvadoreños que vivían en Nicaragua. Su disertación doctoral en sicología y religión es una biografía sicológica del Arzobispo mártir. Actualmente El Padre Torres vive y trabaja en Nueva York.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan