Sermones que Iluminan

Propio 12 (C) – 2013

July 29, 2013


San Pablo invita a la Iglesia de los colosenses a vivir según Cristo Jesús. Esto recuerda el himno cristológico de Hebreos 5:6-7 donde se afirma que Jesús, en los días de su vida mortal, “clamaba al Padre con ruegos, súplicas y lágrimas”.  Es decir, el Hijo de Dios, en su condición de hombre, en todo momento estaba orando al Padre. Se revela un rostro muy humano de Jesús, que el mismo Pablo trae a consideración cuando invita a “vivir según Cristo Jesús, el Señor”, es decir, orando al Padre en todo momento para ser edificados por él, apoyándonos en la fe y siendo agradecidos. Se crece en la fe orando y se aprende a agradecer orando.

Este énfasis en la oración va a ser recurrente en el evangelio de hoy a propósito de la solicitud de uno de los discípulos: “Señor, enséñanos a orar” (Lucas 11:1). En esta escuela de oración Jesús hará tres énfasis que deberán ser ejercitados en la vida del discípulo.

1. La oración del discípulo es continuación de la oración de Jesús en Él (11:1-4).

Lucas, durante los domingos de este año, nos recordará que la oración era una constante en su vida: la oración en el Bautismo (Lucas 3:22), antes de llamar a los Doce (Lucas 6:12), antes de la confesión de fe de Pedro (Lucas 9:8), en la transfiguración (Lucas 9:28), después del regreso de los setenta y dos misioneros (Lucas 10:21-22).

Juan, el Bautista, es maestro de oración para los suyos, ahora Jesús con su oración enseñará a los que ha llamado a “intimar” con su Padre de la misma manera como él lo hace en la cotidianidad de su vida. Jesús orante, a partir de este ejercicio cotidiano, recrea permanentemente la misión que el Padre le ha confiado, restaura su corazón ante la incomprensión de los suyos frente a su misión, acoge la voluntad del Padre y se prepara para su destino doloroso y glorioso. Los “suyos” deberán prepararse de la misma manera. El punto de partida de la oración cristiana es la misma oración de Jesús.

Los discípulos quieren una oración que los distinga de las otras escuelas religiosas de su época. Jesús no enseñará a repetir oraciones como era lo común en los grupos judíos, sino a descubrir en la oración un modo de vida, donde sea Dios direccionando las diferentes dimensiones humanas. Por ello, lo que llamamos comúnmente “el padrenuestro”, que no es una oración para ser repetida de manera memorística como lo hacían los grupos religiosos judíos, sino que es una oración para ser asumida de manera existencial de la siguiente forma:

Padre: con la palabra “Padre” comenzaba Jesús habitualmente sus oraciones: “Yo te bendigo, Padre” (Lucas10:21), “Padre, perdónales…” (Lucas 23:42), “Padre, en tus manos pongo mi espíritu” (Lucas 23:46). Toda la vida de Jesús estaba bajo la mirada del Padre. Es la expresión con que el orante se dirige a Dios. No es una divinidad ajena, desconocida. Por el contrario, tiene toda la relación con el hombre a quien ha constituido su hijo, haciéndolo a su imagen y semejanza. Se hace una toma de conciencia de la relación de correspondencia entre paternidad y filiación y todo lo que ello implica. Por tanto, orar al Padre consiste en reconocerse como hijo, como heredero, pero a la vez, como aquel que asume en su propio ser lo propio de Dios que es el sumo bien.

Santificado sea tu nombre: el autor de la santificación no se nombra sino que se sugiere: Dios mismo. Sólo Dios puede manifestarse a nosotros tal como es; el único santo. Esta es una manera de pedirle al Padre que actúe para que el honor de su nombre divino establezca su soberanía en el mundo. Por tanto, proclamar esta primera petición implica comprometerse a reconocer la autoridad de Dios sobre nosotros y las consecuencias de la misma en nuestra vida.

Venga tu reino: es otra forma de reconocer la autoridad de Dios sobre nosotros. Se convierte en una súplica donde al mismo tiempo que se le proclama y reconoce como rey, se le pide que establezca su reino en el corazón de cada uno de los hombres, siendo soberano; gobernando todas sus dimensiones.

Cuando el orante reconoce su filiación, dejando que Dios, por medio de su nombre, santifique toda su realidad instaurando su reino en el corazón de los hombres, entonces Dios-Papá afecta las realidades cotidianas de la siguiente manera:

Danos cada día nuestro pan cotidiano: no hace referencia sólo al alimento sino a todo aquello que se necesita para subsistir vitalmente. Nótese que el orante aprende en la oración a pedir lo necesario, siendo un ejercicio de desprendimiento, de vencimiento del egoísmo, de solidaridad con el otro, pues pedir en exceso para acaparar, es provocar que a otro le falte el día de hoy.

Perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe: esta frase es tomada del contexto social de la época donde con frecuencia los deudores terminaban como esclavos de sus acreedores. El perdón del Padre satisface tanto al pecador como al afectado, al deudor como al acreedor. El perdón que Dios nos da no es una recompensa porque hayamos perdonado sino un don gratuito.

Y no nos dejes caer en tentación: La tentación no es algo malo, es una situación que nos coloca a prueba, poniéndonos a optar entre dos realidades que son atractivas, pero que a la vez tienen sus consecuencias. El discípulo orante clama a Dios-Papá que a la hora de las seducciones del mal y de las tribulaciones del mundo, por causa de la opción cristiana, pueda salir victorioso de ella, en lugar de sucumbir.

La dinámica oracional enseñada por Jesús se convierte en un ejercicio permanente donde se pasa de la mera repetición a la incorporación en nuestra propia existencia de todas y cada una de las palabras, pasando de una oración vocal y repetitiva a una experiencia existencial que se traduce en madurez en el seguimiento para poder asumir con responsabilidad la misión que el Padre confía a cada uno de nosotros.

2. Persistencia en la oración (Lucas 11:5-8)

El recurso didáctico preferido por Jesús para explicar realidades complejas a la muchedumbre era la parábola. Haciendo uso de una de ellas va a explicar lo que significa ser perseverante en la oración, queriendo decir que no es por el número de veces que se pida, sino por la constancia en el ejercicio de intimidad con el Padre. La primera frase, “si uno de vosotros…” (Lucas 11:5) deja ver que no es una realidad ajena sino cotidiana que le ocurre al discípulo.

La historia tiene como agravante: es medianoche (Lucas 11:5), es impertinente hacer levantar al amigo, es inconveniente ponerse él mismo a hacer un pan estando el visitante ya en la casa a esa hora. En medio de este contexto y de la necesidad de suplir la hospitalidad del inoportuno “pedigüeño” se le responde a su clamor, no por la insistencia, sino para solventar su necesidad. Por tanto, si se hace eso por el prójimo que es inoportuno supliendo su necesidad a una hora impropia, ¿cuánto más hará Dios por cada uno de nosotros para suplir nuestras necesidades por adversa que sea la situación?

3. De la oración se desprende la fe en el que se espera (Lucas 11:9-13)

Al mismo tiempo que Jesús invita a orar va describiendo lo maravillosa que es la experiencia de oración.

¡Pedid!: Quien extiende la mano es un hijo que sabe que necesita de su Padre.

¡Buscad”: La única búsqueda que hace el discípulo es la de Dios, de esta manera cuando el orante le busca a él, entra en comunión con su Padre, que se deja encontrar y descubrir en esa búsqueda cotidiana.

¡Tocad! (la puerta). La oración nos introduce en la casa del amigo. La finalidad última de la oración, es abrir el espacio para recibir el bien mayor que es la comunión con Dios.

“Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que toca se le abrirá” (Lucas 11:10). De Dios sólo se reciben cosas buenas, no engaños como quien pide un pez y recibe una culebra (Lucas 11:11). Si los padres terrestres que tienen en su ser condición de pecado, saben dar a sus hijos cosas buenas, cuánto más, aquel cuyo nombre es santificado sabrá dar sólo frutos del bien a sus propios hijos. Y dentro de toda esa experiencia de bien, el mayor de todos ellos que entrega como don a quienes han salido de sus entrañas es el Espíritu Santo (Lucas 11:13), por tanto, hay que pedirlo para recibirlo y tocar a la puerta para que este don de Dios sea derramado en nuestros corazones.

El Padre del cielo nos da aquello que es propio del cielo; su Espíritu, sobrepasando así todas nuestras peticiones y supliendo por medio de su acción en nosotros todas nuestras necesidades. Cuando el discípulo ora, Dios concede en sobreabundancia, quedando lo material en un segundo plano, donde el sobreabundar espiritual traerá como consecuencia todo lo demás.

Preguntémonos a la luz de lo meditado si nuestra oración ya superó la de los discípulos de Juan que se limitaban a repetir, sin entrar en comunión e intimidad con Dios, o ¿qué tan maduros somos como cristianos a partir de la toma de conciencia de la acción de Dios en nuestra vida que se genera al orar?

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan

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