Sermones que Iluminan

Propio 15 (A) – 16 de agosto de 2026

August 16, 2026

LCR: Isaías 56:1, 6–8 Salmo 67 Romanos 11:1–2a, 29–32 San Mateo 15:(10–20), 21–28.

¿Qué tan limpio está nuestro corazón?

En este tiempo estamos leyendo a los profetas de Israel. ¡Qué bien nos llegan sus mensajes! Detrás de sus enseñanzas encontramos los grandes temas que Jesús mismo perfeccionaría y sellaría con su propia vida. Podríamos decir que, al leer a los profetas, encontramos las huellas originales de Cristo.

El verano está por terminar. En algunos países niños y jóvenes han iniciado sus actividades escolares. Para quienes disfrutan del fútbol, el mundial terminó hace un mes y sabemos quiénes ganaron y quiénes fueron derrotados. En nuestras comunidades de fe, en nuestras iglesias, nos preparamos para iniciar o continuar con la jornada de intensa labor evangelizadora, de predicación, catequesis y ministerio. Muchas parroquias tendrán su Campaña del Tesoro, mediante la cual los miembros de la comunidad harán sus promesas de apoyo económico para sostener la misión de la Iglesia en el año siguiente. En muchos lugares y países será un tiempo de elecciones y de decisiones importantes sobre el futuro de sus pueblos.

En todos estos contextos, y en muchos otros, preguntémonos: ¿cuáles son los mensajes de los profetas para nuestro acontecer como pueblos latinoamericanos y caribeños que caminamos a paso lento en búsqueda de la vida, la libertad, la justicia, la paz y una mayor equidad entre nosotros? Recordemos que los profetas de Israel, a través de su mensaje, ayudaron al pueblo a mantenerse fiel a la alianza con Dios, buscando la justicia y la convivencia como forma de vida. Era la palabra profética la que resonaba como una “voz en el desierto”, denunciando y anunciando. Los profetas no adivinaban la suerte ni conjuraban a nadie. Más bien, desde una profunda relación con Dios y escuchando su voz en lo más profundo del corazón, denunciaban la injusticia y la infidelidad. Al mismo tiempo, anunciaban que las crisis pasarían y Dios les abriría nuevos caminos de esperanza.

Hoy, el texto que hemos leído del profeta Isaías dice: «Practiquen la justicia, hagan lo que es recto», como condición para seguir siendo el pueblo de la Alianza. En otras palabras, nos dice el profeta: si quieren ser libres y vivir en paz, prosperidad y fe, deben ser rectos y justos. La libertad no se da ni se conserva sin estos presupuestos fundamentales. El profeta afirma que, si practican la justicia y el derecho, Dios los pondrá en el camino de regreso a sus tierras, donde volverán a construir ciudades y a reedificar su templo, que ya no sólo será para el pueblo de Israel, sino para todos los pueblos de la tierra. La garantía de que los sueños, las añoranzas y las esperanzas del pueblo se cumple en la medida en que ellos se mantengan fieles a Dios y practiquen las leyes que Él les ha revelado.

En esta misma línea profética, también hoy escuchamos al evangelista Mateo. Jesús, el Profeta del amor, respondiendo a los fariseos acerca del ritual de purificación, de lavarse las manos, nos enseña algo aún más profundo: la contaminación y la suciedad moral no vienen de afuera. Lo malo no procede del exterior, como se pretende creer, sino que sale del interior del ser humano. ¿De dónde procede el mal? Del corazón. De ahí la importancia de vivir la fe, de vivir la Palabra y de escucharla continuamente para que el mal no crezca en nosotros. Lo que hace impuro al ser humano no es la contaminación exterior, sino la orientación de su corazón, aquello que brota desde dentro. Por eso Jesús, en la nueva ley de las bienaventuranzas, nos enseña: «Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios».

Para el pueblo hebreo, el corazón es el centro de la intención, del pensamiento y de la voluntad. De ahí nacen las decisiones para la vida; aquellas que nos llevan a vivir como pueblo libre, sin guerras, esclavitudes y miseria. Aquí vemos cómo algunos líderes religiosos, un grupo de fariseos, se habían quedado en preceptos superficiales que distraían la atención del verdadero propósito de la fe, la religión y la vida humana. Muchas veces, realidades físicas como el aseo, el vestido o la comida, cuando se mezclan de manera inadecuada con la fe, pueden crear discursos alternativos, superficiales y hasta peligrosos, que terminan distrayéndonos del camino para encontrar y vivir en la verdad. 

Esto es precisamente lo que Jesús corrige en este pasaje: toma una conversación centrada en lo externo y conduce a sus oyentes, discípulos y seguidores a profundizar en la verdadera fuente del mal dentro de la comunidad humana. Jesús enumera algunas de las cosas que provienen del corazón, y todas ellas están relacionadas con los Diez Mandamientos, es decir, con la dimensión moral del ser humano. Él nos dice con claridad que el pecado tiene su origen en el corazón.

Es hora de concluir diciendo que hoy la palabra profética nos toca profundamente y nos invita a cerrar los ojos para mirar lo que sucede allá adentro, en el centro moral de nuestra vida. ¿Qué tan limpio está nuestro corazón? Ojalá puro y bienaventurado. 

El Rev. Fabio Sotelo es rector de la Iglesia San Eduardo, en Lawrenceville, Georgia, una parroquia bilingüe. El recibió una maestría en Filosofía y Literatura en la Universidad Santo Tomas de Bogotá, Colombia, una maestría en Teología en la Universidad de Santa María, Emmitsburg, Maryland y actualmente prepara su tesis doctoral en Liturgia en la Universidad del Sur, Suwannee, Tennessee.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan

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