Sermones que Iluminan

Propio 16 (A) – 23 de agosto de 2026

August 23, 2026

LCR: Isaías 51:1–6 Salmo 138 Romanos 12:1–8 San Mateo 16:13–20

Vivimos en un mundo que constantemente nos invita a buscar seguridad en cosas materiales a tal punto que muchos se olvidan de quien es Dios. Sin embargo, tarde o temprano descubrimos que ninguna de esas cosas puede llenar completamente el corazón. Hoy la Palabra de Dios manifiesta una profunda verdad sobre nuestra identidad y la misión a la que está llamada la Iglesia: una Iglesia unida para manifestar la gloria de Dios. La Iglesia es una comunidad llamada por Dios, reunida por Cristo y sostenida por el Espíritu Santo. La verdadera fuerza de la Iglesia no proviene de sus recursos materiales, programas o estructuras, sino de la presencia viva del Espíritu de Dios en medio de ella, con un llamado a la acción y la misión. 

Cuando el Espíritu Santo une a la Iglesia desaparecen las barreras que nos separan. Las diferencias dejan de ser motivo de división y se convierten en una riqueza para el servicio del Reino. Una Iglesia unida es una Iglesia fuerte; una Iglesia fuerte es una Iglesia capaz de reflejar el amor, la gracia y el poder de Dios al mundo: unida para manifestar la gloria de Dios usando nuestros dones y talentos para el servicio de todos.

En el Evangelio de hoy Jesús pone a sus discípulos a reflexionar con una pregunta que atraviesa los siglos y sigue resonando en cada corazón humano, una pregunta que muchas veces no encuentra la respuesta que convence a quienes queremos evangelizar: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?”.  Hasta ese momento los discípulos habían escuchado muchas opiniones sobre Jesús. Algunos decían que era Juan el Bautista, otros Elías, otros Jeremías o algún profeta. Pero Jesús no estaba interesado solamente en lo que la gente pensaba; quería saber qué había ocurrido en el corazón de sus discípulos. 

En la vida cristiana hemos experimentados momentos críticos, cuando no encontramos la respuesta adecuada para definir en qué se basa nuestra fe, cuando nuestro testimonio no define en realidad en quien creemos. Si preguntáramos hoy a los miembros de la iglesia ¿Quién dicen ustedes que es Jesús? ¿Qué respuesta estamos esperando o deseamos escuchar que pueda convencer a un pecador cómo encontrar el camino del arrepentimiento? Y si hacemos esta pregunta personal: ¿Quién es Jesús en mi familia? ¿quién es Jesús en mi vida? ¿Cómo respondo ante un mundo que no tiene tiempo para Dios, una sociedad que se aleja de los valores y principios de justicia y amor en la convivencia? 

La pregunta es más importante de lo que pensamos. ¿Cómo presentamos a Jesús como la respuesta que da sentido a la vida? En una sociedad que vive más en lo material y la ciencia que en la dimensión espiritual estamos llamados a manifestar el poder de Dios. Cuando los corazones son transformados, los pecadores se arrepienten, los necesitados encuentran ayuda, se hace justicia a los pobres, se respeta dignidad de todo ser humano, la Iglesia refleja a Jesús.

Según la porción del Evangelio de Mateo, el discípulo Pedro responde la pregunta del Maestro haciendo una confesión tan poderosa que muestra la fe de todo creyente: Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Esto no es una opinión ni un tema de debate teológico, esta respuesta es una convicción de fe, es Dios mismo revelando su identidad a un escogido, Pedro. Ésa es la respuesta: Jesús es el Salvador del mundo.

El apóstol Pablo, en la epístola a los Romanos, nos presenta una de las imágenes más hermosas de la Biblia: la Iglesia, muchos miembros, pero un sólo cuerpo. Pablo nos recuerda que la vida cristiana no se vive en aislamiento, sino en comunidad. Aquí encontramos una gran enseñanza sobre la unidad bíblica, que, siendo diferentes, pertenecemos al mismo Señor, compartimos la misma fe y trabajamos para el mismo propósito: una Iglesia unida para manifestar la gloria de Dios. Muchos conocen acerca de Jesús, pero pocos le conocen verdaderamente. Conocer a Jesús implica confesarlo como Señor y Salvador, y seguirle. En la Iglesia cada persona tiene dones, capacidades y llamados particulares otorgados por Dios. Todo para usarlos en el cumplimiento de la misión y sirviendo juntos en armonía. 

Jesús cumple su promesa en Pedro: la Iglesia es indestructible. El Espíritu Santo mora en ella para preservarla en unidad y guiarla a seguir actuando en el mundo, guiando a los cristianos a toda verdad y capacitando a los fieles para crecer en la semejanza de Cristo. Esto garantiza la esperanza de todos los creyentes. En un mundo lleno de incertidumbre el pueblo de Dios vive en amor y armonía unos con otros y con toda la creación. Cristo sigue siendo el fundamento firme sobre el cual se sostiene su pueblo. 

Nuestro Llamado hoy es a la acción. El evangelio nos invita a dar un paso más profundo de fe y confesar que Jesús es el maestro, el Mesías, el Salvador. Pablo confirma que la mejor ofrenda es agradar al Señor, así nuestra vida se convierte en una ofrenda viva. El culto que honra a Dios es hacer su voluntad que es buena, agradable y perfecta para todos. El mensaje de la Iglesia aún sigue siendo poderoso. La Iglesia sigue siendo el cuerpo de Cristo en las dificultades y su predicación sigue transformando vidas. Los cristianos tenemos la responsabilidad de mostrar el amor de Cristo, de mostrar compasión y solidaridad, de ser la voz de los que no tienen voz y, con la autoridad de Cristo, defender a los que sufren.

Somos parte del plan de salvación de Dios, por tanto, es tiempo de usar nuestros dones. No podemos dudar del poder de Dios y de su amor por la humanidad. Hemos sido llamados a ser discípulos y discípulas para el Reino de Dios en este mundo. Que nuestra familia vea a Cristo en nuestras palabras, que la Iglesia vea a Cristo en nuestro servicio y que la comunidad vea a Cristo en nuestro testimonio. Que nuestra respuesta no sea solamente una declaración de palabras, sino presentar a Jesús como el camino, la verdad y la vida.

La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos nosotros ahora y siempre. Amén.

La Rev. Marivel Milien es Associate Priest en  Saint George’s Episcopal Church, en la Diócesis de South Carolina.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

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