Sermones que Iluminan

Propio 17 (A) – 2017

September 03, 2017


El escritor cubano José Martí una vez escribió este poema:

Cultivo una rosa blanca
En julio como enero,
Para el amigo sincero
Que me da su mano franca.

Y para el cruel que me arranca
El corazón con que vivo,
Cardo ni ortiga cultivo;
Cultivo la rosa blanca.   

Estos versos capturan lo que significa ser un seguidor de Jesús: “Para el amigo sincero,” dice Martí, “yo cultivo una rosa blanca. Y para el que me maltrata, también cultivo una rosa blanca”.

En la Carta a los Romanos que leímos hoy, el apóstol Pablo expresa el mismo concepto cuando dice: “No paguen a nadie mal por mal”.

El mensaje de hoy es simple: “Amen a los enemigos; hagan el bien a los que nos hacen mal; cultiven rosas blancas para los que nos odian”. En eso reside la esencia del mensaje de Jesús.

Existe bastante confusión sobre qué significa hacer el bien a los que nos hacen mal. La primera confusión que tiene alguna gente es la de creer que tenemos que quedarnos callados, o de brazos cruzados, cuando alguien inflige abuso emocional, físico o sexual sobre otra persona. Guardar silencio o no hacer nada ante esas formas de abuso, destruyen a la persona abusada y dejan al abusador en libertad de seguir abusando.

Hay ciertos tipos de abuso que siempre existieron, pero ahora la sociedad está tomando conciencia de su gravedad. Un ejemplo son actos de hostigamiento o acoso en la escuela, lo que en inglés (y en algunos países latinos) se llama “bullying”; formas de abuso similares pueden ocurrir en el sitio de trabajo, y especialmente en el hogar. El abuso emocional, físico o sexual de un cónyuge hacia otro, o de los padres hacia los hijos, es algo que no se debe tolerar.

Debemos tomar todas las medidas necesarias para evitar que ese abuso continúe; esas medidas pueden incluir denunciar al abusador ante las autoridades, la policía, o los juzgados; formar un grupo de intervención para confrontar al abusador; y proteger a las personas abusada para que nunca más sean víctima de ese abuso.

Muchos creen que el motivo por el que los cristianos mostramos amor hacia los que nos odian es porque somos débiles, cobardes, o afeminados; nada más alejado de la verdad. Hay gran valentía y valor genuino en el acto de amar a los enemigos.

En el capítulo 5 de Mateo, Jesús lo explica así: “Amen a sus enemigos, y oren por quienes los persiguen. Porque si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué premio recibirán? Hasta los que cobran impuestos para Roma se portan así. Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? Hasta los paganos se portan así. Sean ustedes perfectos, como su Padre que está en el cielo es perfecto”. Es muy fácil amar a los que nos aman, dice Jesús. Cualquiera puede hacer eso. Pero amar a un enemigo, y orar por los que nos persiguen, allí reside la verdadera grandeza.

¿Se les ocurre algún ejemplo de alguien que haya cultivado rosas blancas para alguien que lo ha maltratado? Hace un par de semanas leímos en el Libro de Génesis acerca de José. Los hermanos mayores le tenían envidia a José, porque era el favorito del padre. Celosos, los hermanos mayores lo echaron a un pozo vacío y seco. Después de eso, se lo vendieron como esclavo a unos comerciantes ismaelitas. Le dijeron al padre que José había muerto, y pensaron que nunca lo volverían a ver.

Años más tarde, hubo una gran sequía en la tierra, y los hermanos de José viajaron a Egipto para conseguir comida, porque la familia estaba a punto de morirse de hambre. Los hermanos se presentaron ante el gobernador de Egipto. Los hermanos no lo reconocieron, pero ese gobernador era José. José sí reconoció a sus hermanos. Ahora José era un hombre rico y poderoso, que podría haber hecho con sus hermanos lo mismo que ellos habían hecho con él. Podría haber mandado que los metieran en un pozo vacío y seco. Podría haberlos vendido como esclavos. Pero después de dudar sobre qué hacer, José les revela su identidad a sus hermanos. En vez de culparlos o castigarlos, José los perdona y les dice que todo lo ocurrido era parte del plan de Dios.

El ejemplo más grande de amar a los enemigos es Jesús. En el evangelio de hoy, Mateo nos dice que Jesús sabía perfectamente que lo harían sufrir mucho, que lo matarían; pero como José ante sus hermanos, Jesús sabía que eso era parte del plan de Dios. Entonces Jesús les da un mandato a sus discípulos: “Si alguno quiere ser discípulo mío, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz y sígame. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda la vida por causa mía, la encontrará”.

Dios no juzga a la gente como el mundo la juzga. El mundo celebra a la gente adinerada, famosa, poderosa, y de mucha belleza física. Esa es la gente que siempre aparece en la televisión y las revistas. ¡Y son siempre los mismos! Pero desde la perspectiva de Dios, ninguna de esas cosas tiene valor. Lo único que vale es lo que hacemos, con sacrificio y con humildad, por la causa de Jesús: “El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda la vida por causa mía, la encontrará”.

Vivimos en tiempos de mucho odio. Ese odio se expresa a diario en actos políticos, en manifestaciones, en la televisión, en Facebook, y en Twitter. La gente se burla y expresa odio contra los que son de una raza diferente; contra los que son de un partido político diferente; contra los que son de una nacionalidad diferente; contra los que hablan una lengua extranjera; contra los que tienen una religión diferente; contra los tartamudos o contra los que tienen un defecto físico; contra las mujeres y contra la gente gay y lesbiana. Pero Jesús enseñó que esas diferencias son un invento humano: si nos preocupamos por conocer de verdad a los que parecen tan diferentes, vamos a encontrar más similitudes que diferencias; vamos a descubrir lo mucho que tenemos en común.

Abraham Lincoln fue presidente durante la Guerra Civil, en uno de los periodos más sangrientos de la historia de los Estados Unidos. El norte y el sur se mataban en una guerra entre hermanos. Pero a Lincoln no le gustaba hablar mal del bando enemigo. Una vez una mujer le preguntó a Lincoln por qué trataba de amigarse con los enemigos, en vez de destruirlos. Lincoln le contestó: “¿Acaso no destruyo a mis enemigos cuando los llamo amigos?”. De una manera que nos cuesta entender y practicar, el amor es más poderoso que el odio: ¡Es capaz de destruir el odio! Como dice Pablo en la epístola de hoy: “No te dejes vencer por el mal. Al contrario, vence con el bien el mal.”

Vencer con el bien el mal: esa es la invitación que Pablo nos hace hoy en la Carta a los Romanos; es el llamado que Jesús nos hace en el evangelio. Y es el mensaje del poema de José Martí:

Cultivo una rosa blanca
En julio como enero,
Para el amigo sincero
Que me da su mano franca.

Y para el cruel que me arranca
El corazón con que vivo,
Cardo ni ortiga cultivo;
Cultivo la rosa blanca.  

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan

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