Sermones que Iluminan

Propio 19 (A) – 2017

September 17, 2017


La lectura del evangelio de Mateo de la semana pasada nos invitó a reflexionar sobre la manera como Jesús les enseña a sus discípulos la práctica del acuerdo y del consenso. Él les dice que todo lo que se ha acordado entre dos en la tierra, será dado por el Padre que está en el cielo. Y también, Jesús les dice, “cuando dos o tres estén reunidos en mi nombre, yo estaré en medio de ellos”. Esto afirma que con fe podemos lograr el acuerdo y el consenso entre comunidades. Aunque también sabemos que entre seres humanos no siempre estamos de acuerdo, no olvidemos que en esas situaciones Cristo también está presente.

Esta semana, la invitación es un poco diferente. Pedro le pregunta a Jesús que cuántas veces él debe perdonar a su hermano por su agresión. Jesús le contesta con una cifra exuberante: “setenta veces siete”. Jesús reta el pensamiento convencional de Pedro con esta respuesta. Esta cifra no es la que un judío común de ese entonces se atrevería a enunciar con respecto al tema del perdón, dada las leyes de la época.

El perdón es una característica del amor perfecto de Dios a la humanidad. Nos cuesta mucho porque requiere aceptar nuestra vulnerabilidad y que seamos humildes. Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar? Con su respuesta, Jesús implica que el perdón no es fácil, sino que es indispensable para vivir en armonía. De otra manera, si no damos el paso de perdonar nos quedamos espiritualmente incompletos, sumergidos en el odio y en el rencor. El perdón que promueve Jesús es que, a través de su gracia, podamos replicar un corazón como el suyo. Un corazón limpio como el cristal, dulce como la miel, y abierto para amar como Él nos ama.

En la tradición y costumbre judía, el límite del perdón era tres veces. El perdón propuesto por Jesús en este evangelio es mucho más generoso, porque va más allá de lo promulgado por las leyes de esa época. No obstante, vemos en la lectura del antiguo testamento de hoy, que Josué perdonó a sus hermanos sin titubear, a pesar de que ellos lo habían traicionado. Su manera de perdonar es contraria a las costumbres de su época, pero muy a la manera de Jesús.

Al Josué perdonar a sus hermanos, transformó la envidia, el rencor y el desamor en amor. Josué no solo restaura la unión familiar, sino que logra la reconciliación de todas las generaciones venideras. En el amor de Dios alcanzamos la restauración a través del perdón, y nos lleva a lo que conocemos como la reconciliación.

Es costumbre en la Iglesia Episcopal, elevar las oraciones de los fieles cada domingo y ofrecer colectivamente nuestra confesión de pecado a Dios. Esta confesión es pública y comunitaria. La congregación se une en voz alta y en coro reconociendo que hemos pecado contra Dios y contra nuestro prójimo. Confesar en público que hemos pecado, nos acerca más a la posibilidad de entender el perdón de Dios, no sólo como un regalo individual, sino también como un regalo colectivo, el cual nos permite como comunidad poder seguir adelante creando espacios para la misión reconciliadora de Dios.

En el evangelio, Jesús comparte con Pedro una historia sobre el verdadero perdón y la consecuencia de no perdonar. Jesús cuenta cómo un rey le perdonó una deuda muy alta a su sirviente. El evangelio continúa diciendo, que cuando el rey descubrió que este sirviente no perdonó la deuda de otros, el rey lo sometió a un castigo cruel porque ese sirviente no aprendió de la gracia ni de la compasión que viene con el verdadero perdonar.

El propósito de este ejemplo es ayudar a darnos cuenta de lo importante que es el perdón para Dios. Jesús nos enseña que el perdón de Dios sobrepasa nuestra necesidad personal. Esto no quiere decir olvidar, por el contrario, nos invita a aprender a confiar en Dios, porque el perdón de Dios va mucho más allá de nuestro entendimiento. Solo a través de la oración y una profunda relación con Dios, podemos confiar en que su perdón nos llega en su tiempo.

Así que Jesús al responderle y mostrarle lo grande que es la dimensión del perdón, la respuesta va más allá de nuestro entendimiento y comprensión. Aquellos que nos han hecho un profundo daño o nos han causado un profundo dolor deben ser perdonados de la misma manera, siempre y cuando lo hagamos en oración y estemos abiertos a la transformación de Dios en nuestras vidas.

Jesús sabe cuán difícil es reconocer que erramos los unos contra los otros, sabe del daño y el dolor que ocasionamos contra el prójimo en favor de nuestro propio beneficio.  Esto no le agrada a Dios, y Jesús lo reconocía, pero también entendía que los hombres más conocedores de la ley, como los escribas y sacerdotes del Templo, estaban agraviando a Dios al apartarse del mensaje de su amor divino. Ellos estaban más preocupados por seguir las enseñanzas escritas de la ley que por ponerlas en práctica para el bienestar del prójimo.

Cuando perdonamos a nuestro hermano o a nuestra hermana podemos entender y poner en práctica el vivir en el Reino de Dios. Nos enseña a apreciar ese Reino en comunidad, y cómo se nos permite alcanzarlo, viviendo en gracia, y siendo motivados por el perdón y el amor de Dios.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan

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