Sermones que Iluminan

Propio 5 (A) – 7 de junio de 2026

June 07, 2026

LCR: Oseas 5:15–6:6; Salmo 50:7–15; Romanos 4:13–25; San Mateo 9:9–13, 18–26

Hay una rima muy conocida en Latinoamérica que se nos decía cuando nos lastimábamos o estábamos enfermos: “Sana, sana colita de rana, si no sanas hoy sanarás mañana”. Muchas de nuestras madres ponían su mano sobre nosotros y nos decían que todo iba a estar bien y que eventualmente sanaríamos. No sabemos cuál es el significado de “colita de rana”, pero rima. La entonación solía ir acompañada de un toque, un gesto que comunicaba la seguridad de que todo estaría bien. Siempre había esperanza de que mejoraríamos. Y es que ¿quién no quiere estar bien o sano? ¿Quién no quiere su vida plena de propósito, sentido y felicidad? Nadie quiere sufrir o estar enfermo. Pues Dios tampoco quiere eso para nosotros. Dios no quiere que suframos ni que estemos enfermos. Él quiere que tengamos vida, y vida en abundancia, como nos recuerdan las Sagradas Escrituras. 

Pero muchas veces no podemos controlar lo que sucede a nuestro alrededor, como tampoco muchas veces podemos controlar lo que sucede con nuestro espíritu, mente o cuerpo. Entonces, cuando no podemos controlar lo que pasa afuera o dentro de nosotros, podemos caer en la idea de que no somos capaces de transformarnos o cambiar nuestras circunstancias, y podemos sentir la tentación de pensar que no hay nada que se pueda hacer. La pérdida de control, la incertidumbre, son parte de los misterios de la vida, y muchas veces pueden paralizarnos, cegarnos ante nuevas posibilidades y hacernos perder la esperanza y la fe en nosotros mismos. 

En el evangelio que escuchamos hoy vemos exactamente lo contrario. Mientras Jesús estaba comiendo en la casa de Mateo, el recaudador de impuestos, un líder de la sinagoga se arrodilló ante él y le suplicó que fuera a ver a su hija: “Mi hija acaba de morir; pero si tú vienes y pones tu mano sobre ella, volverá a la vida” -sabemos por el evangelio de Marcos que este líder se llamaba Jairo-. Podemos imaginar la desesperación de este hombre. Sabe que no tiene el control: su hija ha muerto. Aun así, pide ayuda desesperadamente. No sabe a quién más acudir, sino a aquel conocido en Galilea como el hacedor de milagros. Sí, su hija ya ha muerto, pero él no ha perdido la esperanza; en lo más profundo de su ser sabe que su hija vivirá. Jesús responde levantándose y siguiéndolo a su casa. 

El evangelio nos dice que, en el camino, de repente aparece una mujer sin nombre. Ha sufrido durante doce años de un flujo de sangre -probablemente un trastorno menstrual- y con la convicción de que será sanada se acerca por detrás y toca el borde del manto de Jesús. ¿Qué tiene que perder? Nada. Ya lo ha perdido casi todo. En la Palestina del primer siglo, una mujer con esta condición habría sido considerada impura. Probablemente vivía aislada, separada de su familia y de su comunidad. Aquí vemos, no sólo la realidad de la enfermedad, sino también la del aislamiento social que es devastador para cualquier ser humano. Pero, al igual que el líder de la sinagoga, esta mujer tiene esperanza; sabe, en lo más profundo, que puede ser sanada, que su situación puede cambiar. Y tiene el valor de acercarse. Y ¿cuál es la respuesta de Jesús? Sin dudar, le dice: “Ánimo, hija, por tu fe has sido sanada”. Y, en ese momento, queda sanada.

El teólogo sudafricano Albert Nolan, en su libro Jesús antes del cristianismo, señala que una y otra vez Jesús dice a quienes son sanados: “Tu fe te ha sanado”. Esto, según él, coloca a Jesús fuera de las categorías de médico, exorcista o hacedor de maravillas. Es decir, Jesús no dice: “Yo te sané”; ni siquiera dice explícitamente que Dios la sanó. Dice: “Tu fe te ha sanado”. No hay fórmulas mágicas, no hay varitas mágicas. La sanación es manifestación del poder de la fe. Para Jesús la fe es una fuerza poderosa, capaz de lograr lo imposible. Pero hay que tener cuidado. Muchas veces pensamos que sólo creer es suficiente. La fe es un don recibido en diálogo con Dios -como lo detalla el sacerdote episcopal y teólogo prolífico William Countryman-, pero la palabra griega que usa el evangelio es -pistis- que también significa confianza. Confianza es apoyarse con seguridad en alguien o en algo. Jesús pudo hacer lo que hizo porque confió plenamente en Dios.

Los milagros no son recompensas por tener fe. El evangelio no dice: “Si crees lo suficiente, habrá milagros”. Debemos tener cuidado porque eso puede generar culpa y ese no es el propósito del evangelio. En este pasaje vemos que, a veces, la fe de otros produce la sanación. La sanación no es sólo individual sino es comunitaria; es el abrazo de un padre, la oración de los seres queridos, el acompañamiento de la comunidad. Pero hay algo necesario de nuestra parte: Necesitamos desear la sanación. Más adelante, en el mismo capítulo, dos ciegos claman a Jesús: “Ten misericordia de nosotros”. En otras palabras: “Queremos ser sanados”. Jesús les pregunta si creen y, al responder que sí, les dice: “Que se haga conforme a su fe”. Como dice Richard Rohr, un místico franciscano: Dios no llega donde no es deseado, no entra donde no es invitado. Dios siempre está presente, pero necesitamos abrir la puerta.

¿De qué necesitamos sanación? ¿Del enojo, del miedo, del resentimiento o la traición? ¿De la violencia en nuestras comunidades? ¿Del sufrimiento en espíritu, mente o cuerpo? Si estamos sufriendo ¿Deseamos ser sanados? ¿Deseamos estar completos? Confiemos en que la sanación es posible para nosotros, nuestros seres queridos, nuestra comunidad. Dios está esperando ser invitado, que abramos la puerta, que le entreguemos nuestras cargas: “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso”.

Un capellán de hospitales con pacientes terminales dijo alguna vez: “Recuerdo a un paciente, un hombre de profunda fe, con una enfermedad terminal. Él y su esposa oraban por su sanación. Meses después, en las etapas finales de la enfermedad, dijo con total honestidad:  he sido sanado, no de mi enfermedad, sino de mi miedo”. Sí, la sanación llega de maneras que no esperamos.

Confiemos en un mundo nuevo de posibilidades. Confiemos en que cosas buenas pueden suceder, más allá de nuestra imaginación. Si abrimos la puerta a Dios, si lo deseamos, si lo queremos, la sanación llegará. Entonces Jesús podrá decirnos: Tu fe, tu confianza, tu deseo de estar bien, te han sanado. ¡Amén!

El Rvdo. Alfredo Feregrino es nativo de la Ciudad de México y obtuvo su Maestría en Divinidad en la Escuela de Teología y Ministerio en Seattle University, donde obtuvo también el primer Dr. Rod Romney “Preaching Award”. Fue desarrollador de misión en una congregación bilingüe y bicultural en Seattle/Renton, Washington; fue Rector Asociado en All Saints Church en Pasadena, California, a cargo del desarrollo congregacional; y ahora es Sacerdote a Cargo en St. Luke’s–San Lucas Episcopal Church en Vancouver, Washington.

¡No olvide suscribirse al podcast Sermons That Work para escuchar este sermón y más en su aplicación de podcasting favorita! Las grabaciones se publican el jueves antes de cada fecha litúrgica.

 
 
 
 
 
 
 
 

Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan

Click here