Sermones que Iluminan

Propio 7 (A) – 21 de junio de 2026

June 21, 2026

LCR: Jeremías 20:7-13; Salmo 69:8-11, (12-19), (8-20) LOC; Romanos 6:1b-11; San Mateo 10:24-39

Cada una de las lecturas para este cuarto Domingo después de Pentecostés nos lleva a reconocer y pensar que, con una fe firme, profunda, confiada e inquebrantable todo lo que deseemos emprender para el bien de nuestras vidas y el de nuestras comunidades, podemos lograrlo con la ayuda de Dios. El porqué de tener una fe férrea lo comprenderemos al reflexionar sobre el contenido de cada lección que hemos escuchado, ya que ellas nos mueven a ser fieles y dedicados discípulos de Cristo. 

Si recordamos nuestras historias de vida, nos damos cuenta de que Dios, con su amor infinito, bondad y compasión, nos ha prodigado el valor de luchar con valentía contra, por ejemplo, el temor a dejar lo conocido e ir en busca de nueva vida en lugares desconocidos. La fe nos ha alentado a resistir cuando hemos sufrido rechazos y maltratos sólo por ser o venir de otras tierras, por ser testigos de la muerte y desaparición de otros seres por ser ellos y ellas la voz de cambio de pueblos avasallados por la violencia y sus mil caras, por proclamar la palabra de Dios.

Si no hemos ocultado nuestra verdad o si, como dice el evangelista Mateo, la gritamos desde las azoteas, la llamada quinta confesión del profeta Jeremías nos ayuda con el dolor, el sufrimiento y a la vez nos invita a mirar hacia nuestro interior y reconocer que, como él, a pesar de todo rechazo, desaparición o repudio, la Palabra de Dios la llevamos viva en nuestro, ser sin poderla apartar, porque es como “un fuego que me devora, que me cala hasta los huesos”. Para el profeta, Dios, que nos “examina con justicia”, siempre nos protegerá como “un guerrero invencible”, digno es de nuestra alabanza porque nos pone a salvo de los que nos afligen. 

Si en éste, nuestro mundo tan lleno de necesidad de asirnos a una tabla de salvación, el espíritu de Dios nos llama a llevar su Palabra a cada alma que quiera escucharla, como sus discípulos amados debemos ir, no importan los desafíos o temores que tengamos o se presenten, pues sabemos que no vamos solos. Dios y su Hijo amado, Jesucristo, van a nuestro lado, abriendo caminos y brechas. Recordemos que somos sus amados hijos e hijas.

La carta de San Pablo a los romanos nos habla del significado de nuestro bautismo en relación con ser discípulos de Cristo. Nos aclara que no podemos seguir pecando con fe en que Dios siga siendo bondadoso. En el bautismo morimos al pecado y quedamos unidos a Cristo en su muerte, somos sepultados y resucitamos con Él, por el poder de Dios Padre, a una vida nueva que deja atrás las viejas estructuras que nos ataban. Esa vida nueva es la vida del discípulo para Dios en unión con Cristo Jesús. Todos y todas estamos llamados a ser discípulos de Cristo y a llevar las buenas nuevas a nuestro prójimo y servirle con amor, entusiasmo, dedicación en nombre de Cristo.

Jesús les dice a sus discípulos que “el discípulo no es más que su maestro”, es decir, serán criticados como a Él lo criticaron. Durante sus instrucciones les insiste una y otra vez: “No tengan miedo” porque Dios estará siempre presente en sus vidas, en cada momento y a cada paso. Les asegura que si Dios cuida hasta de los pajaritos y sabe cuántas hebras de cabello tenemos, por siempre cuidará de nosotros y nosotras, sus amados discípulos y discípulas.

Aunque a veces nos sea difícil de comprender y llevar a cabo, para el discípulo y la discípula Dios está primero y por encima de todo en nuestras vidas, incluida cada persona en nuestras familias. Y no se trata de abandonar a nuestros seres queridos, ellos siempre estarán en nosotros y nosotras. Se trata de poner a Dios en el centro de todo lo que hagamos, que vivamos en Él como Él vive en nosotros y en nosotras.

No será fácil asumir lo que Jesús pide del discípulo en cuanto a ser valiente y que confíe plenamente en su maestro, cuando lo invita a que tome su propia cruz y lo siga, aceptando lo que es vivir el evangelio entre el pueblo de Dios. De hacer lo contrario, y en sus palabras, Jesús es estricto, pues dice que esa persona no merece ser su discípulo. También habla fuerte al discípulo que trate de salvar su vida porque le dice que la perderá, pero que el que la pierda, por causa de Cristo, la salvará. 

Amados hermanos y hermanas, no cabe duda de que muchos desde hace tiempo somos fieles y comprometidos discípulos de Cristo por la labor de amor, dedicada y llena de alegría que ofrecemos, no sólo a la iglesia, sino afuera, en nuestras comunidades, llevándola más allá, a otros contextos. No dejemos de invitar a otras almas que entren por nuestras puertas en busca de un hogar espiritual, para que respondan también ellos al llamado de Cristo a seguirle como sus discípulos, a servir con amor y humildad a todo ser que lo necesite. Tengamos plena fe en que Dios se deleita y bendice todas nuestras obras y nos mantiene fuertes en la fe. 

No olvidemos, a cada paso que demos y al celebrar con gozo nuestros logros como sus fieles discípulos y discípulas, elevar cantos de alabanza y gratitud al Señor, porque grande es su bondad para con cada uno de nosotros y nosotras, su amado pueblo de Dios. Amén.

La reverenda diácona Ema Rosero-Nordalm, de la diócesis de Massachusetts, sirve a las comunidades latinas en Estados Unidos y en el extranjero como mentora, acompañante espiritual, facilitadora de programas de Justicia Racial. Ella apoya al clero en la creación de ministerios latinos. Actualmente, sirve en la Abadía de Allston, en Allston, Massachusetts, como miembro del Consejo del Ministerio Vecinal Episcopal de San Óscar Romero.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan

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