Sermones que Iluminan

Propio 8 (C) – 2019

June 30, 2019


“Para ser libres nos ha liberado Cristo”. Con esta afirmación radical, con  que Pablo se dirige a la comunidad de los gálatas, acerquémonos a la Palabra de Dios, la cual exige desde la experiencia del discipulado total “libertad” para seguirle a aquel que permanentemente nos llama, pues “hemos sido llamados a la libertad” para “hacernos servidores los unos de los otros”, animados por el Espíritu que desata en nuestra vida el fruto del amor que se concretiza por medio de acciones espirituales que afectan nuestra historia fecundándola de amor.

En el evangelio de Lucas, en el contexto del discipulado y la libertad que implica, Jesús inicia su camino hacia Jerusalén donde concluirá su misión con su ascensión al cielo. El evangelio invita a la toma de decisión: para Jesús es el tiempo del “cumplimiento” según el proyecto mesiánico fijado por el Padre. Nada ni nadie lo podrá detener.  Para el discípulo es el momento de evaluar si se tienen las condiciones para serlo, mirando las implicaciones de la opción y decidiendo libre y conscientemente su seguimiento, el cual implica asumir el destino de Jesús, que es la cruz.

Acerquémonos a la Palabra desde tres aspectos:

Primero: La decisión de Jesús, en el capítulo 9, versículo 51, del evangelio de Lucas:

Jesús ha terminado su ministerio en la región de Galilea, al norte de su patria. Han llegado los días de su asunción, es decir, su destino doloroso se hace inminente. El ir a Jerusalén no se da por una decisión tomada a la ligera. Ya dos veces en este capítulo, en los versículos 22 y 44,  había anunciado su pasión. Jesús quiere cumplir el designio del Padre. Jesús sabe lo que le espera: “No es posible que un profeta muera fuera de Jerusalén”, había dicho en el capítulo 13.

El evangelista presenta la decisión con la frase: “emprendió con valor su viaje a Jerusalén”. Esta afirmación se da como consecuencia de su madurez espiritual que se traduce en su madurez humana, hasta el punto de asumir en libertad y con obediencia lo que su Padre le pedía. Jesús no le huye a la misión que el Padre le ha dado por difícil y humillante que ella misma sea. Su carácter le hace ser responsable con lo que el Padre ha colocado en su corazón, confiándole la salvación del género humano. Esta misma actitud se la va a pedir a los discípulos de todos los tiempos, quienes tendrán que dejar sus excusas para poder ser fieles a aquello que se les confía.

Segundo: El fracaso en Samaría, de los versículos 52 a 56:

Existían dos rutas para llegar a Jerusalén desde Galilea. La primera de ellas era por Transjordania, evitando pasar por Samaría. Era la ruta habitual de los judíos quienes preferían evitar el contacto con estos impuros. La segunda, que era la más directa, consistía en pasar por Samaría y tomar dirección hacia el sur. Esta fue la escogida por Jesús, con el pretexto oculto de incluir en el plan salvador de Dios a aquellos que por su infidelidad se habían excluido: los samaritanos.

La expresión “Envió por delante mensajeros”, indica que tiene intenciones misioneras. Sin embargo, “los samaritanos no quisieron recibirlo, porque se daban cuenta de que se dirigía a Jerusalén”. Negar la hospitalidad a Jesús es signo claro de obstinación, pues se cierran a la acción de Dios en la persona de Jesús. Así como el primer día de su misión en Galilea, se le cierran las puertas de nuevo, como preludio de la “cerrazón” de corazón que será evidente en Jerusalén.

Los discípulos Santiago y Juan, conocidos como “hijos del trueno”, le hacen honor a su apodo y reaccionan violentamente: “Señor, ¿ quieres que ordenemos que baje fuego del cielo, y que acabe con ellos?”. Aquí el texto nos interpela en el hoy de nuestra historia preguntándonos si “acabando con todo” es la mejor forma para afrontar el fracaso cuando las cosas no se dan de la manera como las deseamos. En este contexto Jesús nos da una enseñanza, reprendiendo a sus discípulos por su “primariedad” en el comportamiento y su manera “violenta” de asumir el fracaso. Jesús desea ser acogido, sin embargo, deja en libertad la decisión de los hombres ante tal pretensión. Desde el inicio de la subida a Jerusalén, comienza la pasión.

El discípulo deberá aprender que “tomar la cruz” implica cierto grado de madurez humana para afrontar el desprecio con amor como fruto del Espíritu sabiendo respetar las decisiones de los demás así parezcan descabelladas o contrarias a las nuestras.

Tercero: Las exigencias del seguimiento, versículos 57 a 62

Jesús en camino hacia Jerusalén se encarga de formar a sus discípulos para la misión que tendrán que afrontar después de su muerte y resurrección. Para ello establece criterios de discernimiento en el discipulado profundizando en lo que significa renunciar a sí mismo, tomar la cruz cada día y seguirlo.

Cada uno de los “candidatos” a ser discípulo revela una actitud frente al llamado que nos cuestiona a cada uno de nosotros, quienes podemos tener alguna de ellas o las tres de manera simultánea. El primero y el último se presentan de manera espontánea, el segundo es llamado directamente por Jesús.

El primero de ellos expresa a Jesús su incondicionada disponibilidad: “Señor, deseo seguirte a dondequiera que vayas”.  Aparentemente es bastante precipitado. No ha mirado con detenimiento las implicaciones de sus afirmaciones. A veces somos bastante precipitados en las cosas de Dios y hacemos promesas que no han sido mediadas por un análisis interior que determine realmente hasta dónde somos responsables con la intención que expresamos para que haya coherencia entre lo dicho y lo asumido. Es aquel discípulo entusiasta que no mide consecuencias. ¿Será que está dispuesto a dejarlo todo, abandonándose en la persona de Jesús? “Las zorras tienen cuevas y las aves tienen nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde recostar la cabeza”. Si esto sucede con el “Hijo del hombre”, entonces ¿qué tanta disposición tiene el discípulo entusiasta para asumir lo mismo? Andar con Jesús supone estar dispuesto, salir de la comodidad de una vida instalada para afrontar imprevistos, pobreza y abandono en él.

El segundo “candidato” coloca condiciones para seguirle: “Déjame ir primero a enterrar a mi padre”. Alguien se antepone al seguimiento. No es una prioridad el seguimiento de Jesús. Muchas veces colocamos “primeros” que se van prolongando indefinidamente. En su frase que denota no prioridad, no hay claridad si se trata de esperar hasta la muerte de su padre o si éste ya murió y quiere asistir a las exequias. Jesús exhorta a dar prioridad al llamado: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios”. No es una invitación a ser irresponsable frente a los suyos; por el contrario, es una exhortación a darle prioridad a la misión, y en la medida en que se le dé prioridad a la misma, todas las demás responsabilidades podrán ser asumidas de la mejor manera. El amor por el Señor está por encima al amor por todo. El reino que anuncia Jesús es de vivos: “Deja que los muertos entierren a sus muertos”, queriendo significar que los que no escuchan a Jesús y no le siguen están espiritualmente “muertos”.

Y el último, coloca también una condición: “Te seguiré, Señor; pero déjame antes despedirme de los de mi casa”. Éste coloca un “pero”. Los famosos “peros” que hay en nuestra vida discipular. El llamado implica dejar esos “peros”, los cuales condicionan la libertad del mismo. El ambiente que se describe pone a la luz un peligro; la despedida, la cual puede tardar un tiempo sobre todo en el contexto de Oriente, donde las familias son bastante grandes. Durante esa espera, se puede cambiar la decisión, postergar o simplemente enfriar. Eso es lo que hacen los “peros” en nuestra vida.  “El que pone la mano en el arado y sigue mirando atrás, no sirve para el reino de Dios”, es decir, en aquella época se araba con bueyes, el hecho de mirar hacia atrás implicaba que el arado quedaba torcido, por lo tanto, no quedaba bien hecho. No se puede hacer un seguimiento serio de Jesús si hay “peros” del pasado que no se han resuelto, porque no quedará bien hecho el surco discipular. El seguimiento implica un cortar con esos “peros’’ así sean familiares, económicos y hasta espirituales. El seguimiento implica libertad.

¿Qué tan maduros y preparados estamos para seguir a Jesús? Abandonémonos en él y dejemos que su corazón injerte nuestro corazón para poder asumir con decisión y valentía la misión que se nos ha confiado.

El Rvdo. Pablo Velázquez Abreu es profesor de Sagrada Escritura y Teología. Predicador de retiros, congresos y seminarios para jóvenes, parejas y líderes religiosos. Apoya su labor ministerial por medio de Tecnologías de Información y Comunicación (Tic’s) de las cuales es asesor ad intra y ad extra de la Iglesia. Actualmente acompaña procesos formativos, comunicaciones y evangelizadores en la Diócesis de Colombia.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan

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