Sermones que Iluminan

Propio 9 (A) – 5 de julio de 2026

July 05, 2026

LCR: Zacarías 9:9–12; Salmo 145:8–15; Romanos 7:15–25a; San Mateo 11:16–19,25–30

El pasaje del profeta Zacarías que escuchamos hoy nos es bastante familiar ya que el Nuevo Testamento ha hecho una lectura mesiánica del mismo y se lo ha aplicado a Jesús. Leyendo este pasaje recordamos la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén montado su pollino de asno, aclamado como el Mesías por los humildes y sencillos, tal como lo describe el profeta. 

La ambientación histórica de este fragmento hay que ubicarla en el tiempo en que el territorio judío estaba invadido por los griegos después de las campañas invasoras de Alejandro Magno. Recordemos que los persas habían concedido la liberación de la opresión babilónica a los judíos y su retorno a Jerusalén y al territorio de Judá hacia finales del siglo VI. Como es normal, ningún imperio es eterno; también a los persas les llegó el fin, y ese fin les llegó cuando aparecieron las tropas griegas en el siglo IV, comenzando así el período conocido como de “helenización”, es decir, la imposición en todo el Medio Oriente de la cultura helenística o griega. 

Para esta época la ideología mesiánica en el pueblo judío presenta ya dos vertientes: una de tipo triunfalista, nacionalista, militarista, y otra de carácter más bien sobrio centrada en la espera de un Mesías humilde, sin pretensiones triunfalistas. Esta última es la que se ve reflejada en el v. 9. Como dijimos arriba, el Nuevo Testamento va a ver en Jesús al Mesías humilde descrito aquí por Zacarías, al varón de dolores descrito por Isaías, que cargó con nuestras culpas. Su poder pues, no está determinado por su ejército ni por sus guerreros, está determinado por su constitutivo esencial que es la paz, único bien que hace florecer la vida en la tierra; mas no una paz como simple ausencia de armas y violencia, sino como el fruto de la justicia, el amor, la tolerancia y la solidaridad humanas. 

Por su parte, el Evangelio que escuchamos hoy tenemos que entenderlo a la luz de dos cosas: en primer lugar, del discurso misionero o instrucciones a los discípulos que Jesús ha elegido y enviado y, en segundo lugar, a la luz del incidente de los mensajeros que envía Juan desde la cárcel para interrogar a Jesús. Desafortunadamente la pregunta de Juan desde la cárcel no la escuchamos hoy. Es bueno dar una mirada a los primeros versículos del capítulo 11 para poder hacernos una idea más clara y fructífera de lo que nos trae la liturgia. 

En el capítulo 10, Jesús llamó a los doce y les dio una serie de recomendaciones e instrucciones para que fueran a predicar la conversión y la venida del reino de Dios. El capítulo 11 comienza diciendo que después de esto “Jesús se fue de allí a enseñar y a predicar por aquellas ciudades”. Tenemos entonces la predicación de los discípulos y la de Jesús por la región como telón de fondo. Como es obvio, las noticias corren de boca en boca hasta llegar a oídos de Juan quien se encuentra en la cárcel. Seguramente la descripción que hacen los informantes de Juan sobre la predicación de Jesús y de sus discípulos, no coincide para nada con las enseñanzas del bautista. Ya sabemos que Juan predicaba la llegada inminente del día de la justicia divina, el día de la ira de Dios que vendría a acabar con todo aquel que no se hubiera convertido. Su mensaje buscaba la conversión de sus oyentes, pero una conversión más basada en el miedo que en la convicción de que era necesario cambiar la manera de pensar y de actuar. El mismo bautista llevaba una vida austera en el desierto y bautizaba con agua a todos los que, escuchando su mensaje, decidían cambiar de vida. 

La estrategia de Jesús va en otro sentido completamente distinto. Su mensaje se centra en la inminente venida del reino o reinado de Dios, pero no a destruir, sino a transformar la realidad siempre y cuando cada uno se comprometa decididamente a dar el paso hacia el cambio. Jesús esperaba que la realidad de injusticia se transformara en justicia si cada uno se ponía a la tarea de vivir radicalmente los criterios de la justicia enfrentando todo lo que era injusto. Así, la venida del reino no sería una especie de “aterrizaje” de improviso, sino el fruto de un trabajo individual y colectivo. El criterio del miedo aquí no aparece por ningún lado; la vida hay que tomarla con alegría y con absoluta normalidad, pero sin perder de vista la necesidad de transformarla.

Ante este contraste, Juan se inquieta y por eso envía unos mensajeros a preguntarle a Jesús si él era el que había de venir o había que esperar a otro. Jesús no responde con un sí o un no. Les muestra a los mensajeros de Juan las obras del reino para que ellos le cuenten a Juan lo que han podido ver: “los ciegos recobran la vista, los cojos caminan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres reciben la Buena Noticia”. Es decir, el reino ya está presente y está en completa acción. 

Es importante resaltar que cuando los mensajeros dan la vuelta para regresar a contarle a su maestro lo que han visto, Jesús hace un gran elogio del bautista. Para Jesús, Juan es un profeta y más que un profeta. Es la manera como el evangelista Mateo dirime la cuestión entre los discípulos de Jesús y los discípulos de Juan. Es apenas lógico que, en estos primeros tiempos del cristianismo, muchos que habían escuchado a Juan y que habían decidido seguirle, se encontraran ahora ante la incertidumbre de seguir el camino trazado por el bautista o seguir ahora el camino trazado por Jesús. El evangelista pone todo el énfasis en la persona de Jesús ya que es quien encarna la tarea del Mesías; en él se están cumpliendo todas las escrituras y, por tanto, Juan es sólo un eslabón en el proceso de la Revelación y manifestación definitiva de Dios en su Hijo. 

A la luz de estos antecedentes, comprendemos entonces las palabras del evangelio que escuchamos hoy. A propósito del ministerio de Juan y el de Jesús, el evangelista pone en labios de Jesús esa descripción que hace de su generación comparándola con unos niños caprichosos que ni bailan al son de la música, ni lloran con las coplas tristes que les cantan, para decir que ni aceptaron a Juan, que daba muestras de conversión por su forma de vida, y más bien lo confundieron con un endemoniado, ni a la persona y obra de Jesús que prescinde de las amenazas de Dios y más bien vieron en él a un comelón y bebedor, ya que participaba de la cotidianidad de la vida de todos y todas. 

Jesús llama la atención sobre la necesidad de una permanente actitud de discernimiento sobre la realidad que vive el creyente. Un llamado que nos debería tocar también hoy. Estamos ante una verdadera avalancha de mensajes. Si nos centramos sólo en los mensajes “cristianos” nos damos cuenta de que, por emisoras, televisión, periódicos, revistas, libros y hasta de viva voz, nos están hablando de Jesús, del evangelio, de la obra salvadora de Dios realizada en Jesucristo. No entremos a analizar la calidad ni el enfoque o la tendencia de cada mensaje. Sólo seamos conscientes de que, por muchos medios, permanentemente los recibimos. Preguntémonos ¿cuántos de esos mensajes han calado siquiera un poco en mi conciencia? ¿Qué discernimiento hago de ellos? ¿Me quedo sólo criticando el enfoque o la ideología que hay detrás? ¿Los rechazo simplemente porque provienen de esta o aquella Iglesia, de este o de aquel pastor? Independientemente de todo, lo que está en el centro ¿no es la persona de Jesús y su auténtico mensaje de salvación? ¿No es eso lo que en realidad tenemos que asumir y llevarlo a nuestra vida? 

Llegar a ese discernimiento es lo que nos pide Jesús y a eso se refiere en la segunda parte del evangelio cuando se alegra y da gracias al Padre porque ha revelado estas cosas a los más pequeños y sencillos. Ésa es la actitud que hay que tener siempre ante el Mensaje: despojarnos de la prepotencia que va sembrando en nosotros el intelectualismo y quizá nuestro apego a formas “trasnochadas” de ver la realidad; vaciar nuestro interior para dejarnos llenar por Él como máxima expresión de humildad y sencillez, sólo así el reino de Dios se va apoderando de cada uno de nosotros y se va haciendo transparente ante los demás.  

El Rvdo. Gonzalo Rendón es sacerdote pensionado en la Diócesis de Colombia.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan

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