Sermones que Iluminan

Propio 9 (B) – 2015

July 06, 2015


Hace casi diez años, una película basada en el libro “El código Da Vinci” por el autor Daniel Brown, se estrenó en Estados Unidos. Entre los temas principales de la película se encuentra quizás el más controversial de ellos: Jesucristo y María Magdalena fueron marido y mujer y tuvieron hijos que eventualmente se mudaron a Francia donde vivieron durante los siglos quinto y sexto y apoyaron a los reyes de la dinastía merovingia.

Sin duda, muchos que ya habían leído el libro o vieron la película, encontraron estos datos muy difícil de aceptar, particularmente porque los cuatro evangelios canónicos no tienen ninguna referencia a tal relación.

La mayoría de los cristianos creen que Jesucristo nunca se casó; es decir, vivió una vida no solamente célibe, sino también casta. Y no solamente creemos que esto fue el caso, sino que también muchos cristianos creen que Jesucristo fue concebido por obra del Espíritu Santo. Aunque María estuvo casada con José, nunca, ni antes ni después del nacimiento de Jesús, tuvo relaciones físicas con su esposo.

Y por eso el evangelio de hoy es un poco controversial pues hace referencia a los hermanos y hermanas de Jesucristo. Los presentes en la sinagoga de Nazaret, el pueblo donde vivían Jesús, María y José, se hacen las siguientes preguntas cuando escuchan la proclamación de Jesús: ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, y hermano de Jacobo, José, Judas y Simón? ¿No están sus hermanas aquí con nosotros?

En el cristianismo, esta referencia a los hermanos y hermanas de Jesús se ha explicado de tres maneras: los romano- católicos dicen que es un fallo de la traducción y que la referencia es a primos y primas. Los ortodoxos (cristianos del Oriente) dicen que son medio hermanos y hermanas ya que José había estado casado antes de su matrimonio con María y que estos son hijos e hijas de su primer matrimonio. Y finalmente, los más protestantes entre los cristianos dicen que sí fueron verdaderos y completos hermanos de Jesucristo y obviamente resultado de las relaciones que María y José tuvieron para concebirlos.

Tal vez algunos de nosotros, hoy aquí presentes, conocemos algún matrimonio que tuvo que adoptar a niños porque físicamente no podían concebir, pero querían tener familia. Y quizás algunos de esos hijos adoptados pasaron por etapas difíciles cuando se enteraron que eran adoptados y que sus padres biológicos, por una razón u otra, no pudieron criarlos.

Pero si llegamos a lo profundo del caso, nos damos cuenta de que en la mayoría de las adopciones, esos niños fueron escogidos por matrimonios que deseaban y anhelaban tener una familia, pero no podían biológicamente, y como consecuencia de esta opción, rodearon a estos hijos adoptivos con una amor tan especial que para muchos de nosotros, hijos biológicos y creados por nuestros propios padres, es difícil de comprender.

El proceso de adopción no es fácil; envuelve un compromiso financiero, emocional, físico y mental que para muchos es imposible. Pero matrimonios que no pueden concebir están dispuestos a hacer esos sacrificios para tener una familia.

En el contexto de esa realidad hay que ubicar no solamente la teoría y el tema de la película El código de Da Vinci sino también la mención en el evangelio de hoy de los hermanos y hermanas de Jesucristo. En el tercer capítulo del mismo evangelio de san Marcos, Jesucristo hace la siguiente pregunta: “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?  Y mirando en torno a los que estaban sentados en círculo, a su alrededor, dijo: “He aquí mi madre y mis hermanos. Porque cualquiera que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano y hermana y madre”.

En el capítulo quinto del evangelio de Mateo, en lo que tradicionalmente se llama el Sermón en la Montaña, Jesucristo proclama: “Bienaventurados los que procuran la paz, pues ellos serán llamados hijos e hijas de Dios”.

En el prólogo del evangelio según san Juan, el autor declara con referencia a Jesús: “Pero a todos los que le recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios”.

San Juan, en el tercer capítulo de su primera carta escribió lo siguiente: “Miren cuánto nos ama Dios el Padre, que se nos puede llamar hijos de Dios, y lo somos. Por eso, los que son del mundo no nos conocen, pues no han conocido a Dios. Queridos hermanos, ya somos hijos de Dios. Y aunque no se ve todavía lo que seremos después, sabemos que cuando Jesucristo aparezca seremos como él, porque lo veremos tal como es”.

Dios nos ama tan íntima y personalmente que nos ha escogido y adoptado a cada uno de nosotros como sus hijos. El día de nuestro bautismo, fuimos marcados con la cruz en la frente y el sacerdote pronuncio que éramos propiedad de Cristo para siempre.

¡Qué bendición y qué alegría el saber que Dios nos ha escogido y nos ama con un amor tan especial! Y esa realidad nos lleva a reconocer que con Cristo compartimos la herencia que Dios nuestro Padre tiene reservada para nosotros pues somos hermanos de él y como nuestro hermano mayor, quiere compartir con cada uno de nosotros las infinitas bendiciones que el posee.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan