Sermones que Iluminan

Viernes Santo – 3 de abril de 2026

April 03, 2026

LCR: Opción 1: Isaías 52:13–53:12; Salmo 22; Hebreos 10:16–25; San Juan 18:1–19:42. Opción 2: Isaías 52:13–53:12; Salmo 22; Hebreos 4:14–16; 5:7–9; San Juan 18:1–19:42.

Hoy nos reunimos en la solemnidad de este relato, no para recordar un evento lejano, sino para entrar en el Misterio de nuestra Fe. San Juan nos presenta una liturgia de sacrificio donde el altar es la Cruz y el Sacerdote es el mismo Rey de Gloria. Como episcopales, entendemos que nuestra vida litúrgica no es una repetición vacía, sino una participación real en el sacrificio de Cristo. En los capítulos del evangelio de este día, no vemos a una víctima de la política romana, sino al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, marchando con soberanía hacia su entronización.

Detengámonos en el huerto. Miremos a Jesús saliendo al encuentro de quienes vienen a arrestarlo. Cuando Él pronuncia el “Yo Soy”, no sólo está identificándose; está revelando la presencia de Dios en medio de la oscuridad. ¿Cuántas veces en nuestra vida comunitaria o personal intentamos defender la fe con la espada de Pedro, con la fuerza del ego o con estructuras meramente humanas? Jesús nos exhorta hoy a soltar la espada y a abrazar el cáliz. La pregunta para nosotros, como pueblo que se reúne alrededor de la Mesa del Señor, es: ¿Estamos dispuestos a beber de su cáliz? ¿Estamos dispuestos a que nuestra vida sea “partida y compartida” como el pan, siguiendo el ejemplo de Aquel que se entregó por completo? La autoridad cristiana no se impone, se ofrece en servicio y obediencia al Padre.

Al avanzar hacia los juicios somos confrontados por la tensión entre el Reino de Dios y los reinos de este mundo. Ante Pilato, Jesús redefine lo que significa ser Rey. Como miembros de una iglesia que valora la justicia y la verdad, no podemos ser indiferentes a la pregunta de Pilato: “¿Qué es la verdad?”. A menudo, el mundo nos ofrece “verdades” convenientes, ídolos de comodidad y sistemas que excluyen al prójimo. El pueblo gritó: “¡No tenemos más rey que el César!”, eligiendo la seguridad del imperio sobre la libertad del Espíritu. ¿A qué césares estamos rindiendo culto en secreto? ¿Estamos lavándonos las manos ante la injusticia como lo hizo el gobernador o estamos dispuestos a testificar de la Verdad, incluso cuando el costo es la Cruz? Nuestra identidad episcopal nos llama a buscar y servir a Cristo en todas las personas, reconociendo que Su reinado no se basa en el poder que oprime, sino en el amor que libera.

En el Calvario llegamos al corazón de nuestra teología sacramental. Juan nos muestra que de su costado traspasado brotó sangre y agua. Allí, en la Cruz, nacen los sacramentos que nos sostienen: el Bautismo y la Eucaristía. Cuando Jesús exclama “Consumado es”, está sellando la Nueva Alianza. No es un grito de derrota, es la declaración de que el sacrificio ha sido perfecto y suficiente. La Cruz es el lugar donde el amor de Dios y la miseria humana se encuentran para transformarlo todo. Por eso, al mirar la cruz, no vemos sólo dolor, sino esperanza. Es una exhortación para vivir como un pueblo resucitado, sabiendo que la muerte ha sido vencida. ¿Estamos viviendo con la dignidad de quienes han sido comprados a tal precio o seguimos arrastrando las cadenas de una culpa que Cristo ya clavó en el madero?

Finalmente, el cuerpo de nuestro Señor es depositado en un sepulcro nuevo en medio de un huerto. Hay una belleza profunda en este silencio. José de Arimatea y Nicodemo salen de las sombras de la duda para ofrecer una devoción pública. Nuestra fe no puede ser privada ni estar escondida por temor al mundo. La liturgia de la Pasión nos llama a salir de nuestras “zonas de seguridad” y a confesar a Cristo con valentía. Si ellos honraron a un Cristo que parecía derrotado, ¿cómo no vamos nosotros a servir con alegría al Señor que sabemos que vive y reina?

La invitación es a que este sermón no termine aquí. Que se convierta en oración y en acción. Que al participar de la Comunión recordemos que somos un solo Cuerpo en Cristo. Dejemos que el impacto de este Rey que se entrega transforme nuestras prioridades. Dejemos de buscar soluciones en los “Barrabás” de este tiempo y volvamos nuestra mirada al que fue levantado en la Cruz para atraernos a todos hacia Él. El sacrificio está completo, la gracia es abundante y nuestro Rey nos espera. Que nuestra respuesta sea una vida entregada a Su servicio y a la gloria de Su Nombre. Amén.

El Rev. Franklin Morales, es el Canónigo para los Ministerios Latinos e Hispanos de la Diócesis Episcopal de Carolina del Norte, es Oriundo de Venezuela y ha estado sirviendo a su Diócesis por casi dos años.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan

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