Sermones que Iluminan

Vigilia Pascual – 4 de abril de 2026

April 04, 2026

LCR: Romanos 6:3–11; Salmo 114; San Mateo 28:1–10

Como culmen de todo lo que celebramos esta noche, participamos de la santa Eucaristía, renovados por la Palabra de Dios, imbuidos en ese gran misterio de la Resurrección y regenerados una vez más por la renovación de nuestros votos bautismales. Pedimos a Dios la fuerza para mantener siempre vivo nuestro compromiso por lograr que a través de nuestros actos logremos un modelo nuevo de relaciones, de sociedad iluminada por el amor, la solidaridad y la igualdad entre nosotros, y, todo esto, lo manifestamos compartiendo el pan y el vino como símbolo de una familia que comparte la misma mesa y el mismo proyecto de vida. 

Movidos, pues, por todo lo que esta gran noche estamos viendo y viviendo, abramos nuestro corazón y nuestro espíritu y dispongámonos a interiorizar la Palabra que escuchamos hoy. En primer lugar, es importante que quede en nosotros lo esencial del mensaje de Pablo a los Romanos, esto es, que la Resurrección de Jesús es el camino que cada ser humano está llamado a recorrer, y el punto de origen de ese camino es el bautismo. Mediante el bautismo quedamos incorporados a la vida de Cristo lo cual nos garantiza la gracia y nos compromete a mantener una lucha permanente contra el pecado, pues hemos sido consagrados a Él; crucificados con él, vivos para Dios, por Cristo Jesús. ¿Qué lugar queda ya para el pecado en la vida del cristiano?

Por su parte, el Evangelio que escuchamos esta noche donde se nos anuncia la gran noticia de la Resurrección de Jesús, nos invita a reflexionar por qué el Padre resucita a Jesús ¿para demostrar su poder? No. Porque desde el principio se identificó con él, con su propuesta de vida dirigida a un pueblo regido por la muerte, sometido al dominio de una religión excluyente y opresora. Esa identificación y ese respaldo quedan consignados en los evangelios desde el momento mismo en que Jesús va al Jordán para hacerse bautizar. Nos cuentan Marcos, Mateo y Lucas que al salir del agua se abrieron los cielos y se escuchó una voz que decía “este es mi hijo predilecto, escúchenlo”; es la manera como los evangelistas le dan a sus comunidades la certeza de que, desde el inicio mismo del ministerio público de Jesús, había una identificación plena del Hijo con el Padre y del Padre con el Hijo. 

Ahora, podría preguntarse el creyente crítico, si bien es cierto que el Padre está del lado de Jesús, ¿por qué permitió que lo juzgaran y que injustamente lo condenaran a muerte después de maltratarlo? ¿Dónde está el compromiso de Dios con la causa de su Hijo? ¿con la causa de la vida y la justicia en el mundo? ¿Necesitaba el Padre ver derramada la sangre de su Hijo? ¿Con qué finalidad? Por su puesto que Dios no necesitaba ver derramada la sangre de su propio Hijo, así como tampoco quiere ni necesita ver derramada la sangre de tantos hijos e hijas que a lo largo de la historia han padecido y siguen padeciendo persecución y muerte porque han orientado su vida por el camino de la lucha por la verdad, la justicia, la paz, los derechos de todos, a imitación de Jesús.

Hay algo que casi nunca se subraya suficientemente en este punto de la teología: si bien el hombre Jesús enfrenta el poder, lo cuestiona y denuncia sus abusos e invita con sus signos y palabras a acabar con un sistema injusto ejercido desde lo religioso, político y económico, y por sus enseñanzas y praxis de amor y justicia tiene que padecer la persecución y la muerte, no es sólo Jesús, y aquí está lo grandioso y lo espectacular, el Padre está con él. Si bien nuestra fe cristiana reposa sobre la base del hecho histórico de la Encarnación del Verbo, la Palabra de Dios que se hace carne, se hace uno de nosotros, hemos de asumir abiertamente que, en Jesús, es Dios mismo quien se comunica al marginado, al oprimido, y que en la pasión y muerte de Jesús es Dios el que padece y muere crucificado. En la cruz, Jesús no está solo, el Padre está en la cruz con su Hijo. La frase de Jesús en la cruz, “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Nos desorientó tremendamente y siempre nos ha sorprendido esa soledad, ese abandono; sin embargo, el Salmo que entona Jesús no es sólo ese verso, el sentimiento del salmista ahora puesto por el evangelista en boca de Jesús no se reduce al sentimiento de abandono, por encima de todo está la confianza en su Padre, tal como lo manifiesta la segunda parte del Salmo. La conciencia del salmista y, por su puesto, la conciencia de Jesús en la cruz es que en este trance está talvez más que nunca inundado de Presencia; de lo contrario esta circunstancia, este paso, no dejaría de ser sino un abuso más de poder, otro más que muere “ajusticiado”. 

Es muy importante tener claridad sobre el com-padecimiento de Dios con su Hijo. En la cruz se puede ver con enorme claridad y exactitud, primero el sentido de la entrega, del servicio a los demás, de la lucha por la justicia y la humanización; y segundo, la resistencia o el empecinamiento, la mezquindad de quienes hacen de la autoridad y el poder el ídolo de su vida. Aparentemente la cruz, la persecución, la cárcel, la eliminación son el triunfo para ellos; sin embargo, la resurrección es el argumento contundente para demostrar que lo que para ellos aparentaba un triunfo, en realidad es su desenmascaramiento y derrota, la demostración de su debilidad y cobardía, que, en lugar de usar la razón, usan la fuerza. 

El Padre resucita a Jesús, no para demostrar su poder omnipotente, sino porque es consecuente, es coherente con su compromiso por la vida, por el proyecto de su Hijo.  Pero esto no lo pudieron entender sus discípulos de un solo golpe. Es un proceso, y por eso hoy nos presenta el Evangelio no a sus discípulos, que ya se han refugiado en Galilea, sino a unas temerosas, pero tercas y fieles discípulas, que van al sepulcro, tristes, temerosas, pero llenas de esperanza. Allí, en el lugar de la sepultura de Jesús, ellas son informadas de que ya Jesús no está allí, pero al mismo tiempo les da esa seguridad y esa gozosa noticia: “no teman, yo sé que ustedes buscan al que fue crucificado, a Jesús. No está aquí pues ha sido resucitado”. E inmediatamente las anima para que desechen el miedo y vayan a contar la Buena Noticia a los discípulos. En su salida, el mismo Jesús les habla y de nuevo las anima para que no tengan miedo y más bien les pide que vayan a comunicar la noticia a los discípulos con la promesa de que estará con todos y todas en Galilea. 

No nos limitemos a pensar en una “aparición” a la manera como tradicionalmente se ha entendido, de una forma material. Ubiquémonos en la escena, tengamos en cuenta los antecedentes, tratemos de sentir lo que estas personas están sintiendo: miedo, tristeza, desconsuelo, decepción, impotencia, ira, y es en medio de esa situación donde los discípulos y discípulas empiezan a experimentar el gozo de la resurrección de Jesús, empiezan a descubrir que la vida, el proyecto de libertad propuesto por Jesús, no podía terminar en la cruz. 

Es importante que esta noche entendamos que la Resurrección de Jesús no es una “reconstrucción” del Jesús que discípulos y discípulas conocieron y escucharon y vieron actuar, el que vieron flagelar y colgar con clavos a un madero; la Resurrección no es una “reconstrucción” de tejidos, es la conciencia de la nueva vida que el Padre ha otorgado para la vida de la comunidad y del creyente; es la irrupción de la nueva presencia de Jesús en la comunidad, y esa nueva presencia es la que nos tiene que animar a cada uno de nosotros y nosotras y a nuestras comunidades en cada momento, en cada situación. En Jesús Resucitado, contamos con su fuerza, vida, proyecto. 

En esta medida, ¿qué podemos decir de nuestra experiencia de la Resurrección de Jesús? ¿Cuál es el grado de apertura que tenemos hoy para vivenciar ese acontecimiento único en la vida personal y en la vida de nuestras comunidades?

El Rvdo. Gonzalo Rendón es sacerdote pensionado en la Diócesis de Colombia.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan

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