I am no stranger to new places, but my adventures had never taken me anywhere like the Arctic National Wildlife Refuge (ANWR) until a trip for faith leaders organized by the American Lands Project in June. There are few places left that are as extreme, remote, and vast. At over 19 million acres, ANWR is about the size of South Carolina and is located in the northeast corner of Alaska, bordering Canada and the Arctic Ocean.
For thousands of years, the region has been the home, hunting grounds, and trading space of the Gwich’in people who have stewarded this land. Although the Gwich’in ended their migratory traditions over the past 150 years, settling in several places across Alaska and Canada, including Arctic Village, they still maintain much of their subsistence culture and have a close relationship with the Porcupine Caribou Herd, a staple of their diet. They have been fighting to preserve their way of life and lands since colonization began in Alaska.
The Gwich’in are largely Episcopalians, and in Arctic Village they have a small church where they continue to worship in Gwich’in and English. In 1991, The Episcopal Church passed a resolution calling for the permanent protection of ANWR from all oil and gas development. The Gwich’in Steering Committee and Bishop Mark Lattime of the Episcopal Diocese of Alaska have continuously pushed to protect ANWR by educating colleagues, meeting with environmental champions, and even testifying before Congress.
As part of my trip, I learned more about this region, rich with history and biodiversity. The connection between God, land, wildlife, and people is palpable. Seeing wildlife and meeting the people who call this place home underscored the importance of protecting ANWR and the valuable work of advocacy. Working to protect the refuge for the past four years in my role as a policy advisor with The Episcopal Church’s Office of Government Relations has been a great honor. This is just one example of the many ways our church works to pursue justice, defend Indigenous rights, and protect the environment.
This history made it particularly special to join a small ecumenical group of faith leaders who, from Fairbanks, hopped on a 12-seat plane to Arctic Village, followed by a six-seat plane directly onto a flat patch of tundra in the north of the Brooks Mountain Range, facing the North Pole, where we would camp for four nights, joining in worship, study, and reflection together.
“Why do you care about the Arctic Refuge?” was a guiding question from one of our ecumenical leaders. The variety of answers, from Indigenous rights to combating environmental degradation, reflects the fact that a multitude of motivations guide our advocacy. For me, I take my call to care for the environment seriously. I love animals, and to love them means loving their habitats. To love their habitats means protecting the rights of the people who steward their lands.
From our campsite, we had a view of the Coastal Plain, the most sought-after piece of land in the refuge for oil and gas development, where we kept an eye out for any wildlife that was willing to show itself to us. Two weeks before our trip, the first of four lease sales occurred there, auctioning off a small fraction of the available land. There were two bidders, and the sale brought in less than 1% of the revenue expected. This is not the first time the Coastal Plain has been auctioned off, though it remains undeveloped. The Coastal Plain is the Porcupine Caribou breeding grounds, the only place where the entire herd of 130,000 comes together in a single place.
We met with the chief of Arctic Village, along with one of their engineers who is helping improve their infrastructure. They showed us the village and shared their plans for future projects and the challenges they face as the climate continues to change and become more unpredictable. We were grateful to say a prayer in their Episcopal church, founded in 1861 when the Gwich’in people ended their migratory lifestyle and settled permanently in several villages across the region. The chief said goodbye by saying “peace be with you” in Gwich’in–their way of greeting, and a familiar expression to Episcopalians.
To succeed in advocacy often requires perseverance over many years, and protecting ANWR is no exception. Protecting the Arctic Refuge is attainable through a bill introduced in both chambers of Congress, and it’s not too late. While lease sales continue, they are not the same as development. I ask you to join me with a renewed sense of purpose to protect our wild places, including the Arctic National Wildlife Refuge.
– Susie Faria, policy advisor
« ¿Por qué es importante para ustedes el Refugio Nacional de Vida Silvestre del Ártico? »
Con frecuencia visito y conozco lugares nuevos, pero mis aventuras nunca me habían llevado a un lugar como el Refugio Nacional de Vida Silvestre del Ártico (Arctic National Wildlife Refuge, ANWR), hasta el viaje para líderes religiosos que organizó en junio el Proyecto de Tierras Americanas. Pocos lugares quedan que son tan extremos, remotos y vastos. Con más de 19 millones de acres, el Refugio Nacional de Vida Silvestre del Ártico tiene aproximadamente el tamaño de Carolina del Sur, se encuentra en la esquina noreste de Alaska y colinda con Canadá y el Océano Ártico.
Durante miles de años, la región ha sido el hogar, terreno de caza y espacio para el comercio del pueblo Gwich’in, quienes han cuidado de esta tierra. Aunque los Gwich’in abandonaron sus tradiciones migratorias hace 150 años y se han asentado en varios lugares de Alaska y Canadá, entre ellos Arctic Village, siguen manteniendo gran parte de su cultura de subsistencia y tienen una relación estrecha con la manada de caribúes del río Porcupine, un elemento básico de su dieta. Desde que comenzó la colonización en Alaska, han estado luchando por preservar su forma de vida y sus tierras.
Los Gwich’in son en su mayoría episcopales, y en Arctic Village tienen una pequeña iglesia donde practican el culto en gwich’in y en inglés. En 1991, la Iglesia Episcopal aprobó una resolución en la que se pidió la protección permanente del Refugio Nacional de Vida Silvestre del Ártico contra todo desarrollo de petróleo y gas. El Comité Directivo de los Gwich’in y el obispo Mark Lattime de la diócesis episcopal de Alaska han impulsado continuamente la protección del Refugio Nacional de Vida Silvestre del Ártico mediante la educación de colegas, reuniones con defensores del medio ambiente e incluso dando testimonio ante el Congreso.
Como parte de mi viaje, aprendí más acerca de esta región, rica en historia y biodiversidad. La conexión entre Dios, la tierra, la vida silvestre y las personas es palpable. La protección del Refugio Nacional de Vida Silvestre del Ártico y la valiosa labor de fomento que realizan sus habitantes cobraron nueva importancia cuando vi la vida silvestre y me reunió con las personas que llaman hogar a este lugar. Ha sido un gran honor trabajar para proteger el refugio durante los últimos cuatro años en mi función de asesora sobre políticas en la Oficina de Relaciones Gubernamentales de la Iglesia Episcopal. Este es solo un ejemplo de las muchas maneras en que nuestra iglesia trabaja para buscar la justicia, defender los derechos indígenas y proteger el medio ambiente.
Esta historia hizo que fuera especialmente significativo unirme a un pequeño grupo ecuménico de líderes religiosos que abordaron un avión de 12 plazas y uno de 6 en Fairbanks para ir a Arctic Village, los cuales aterrizaron directamente en una llanura de tundra al norte de la cordillera Brooks, frente al Polo Norte, donde acampamos durante cuatro noches para participar unidos en culto, estudio y reflexión.
“¿Por qué es importante para ustedes el Refugio del Ártico?” fue una pregunta guía que planteó uno de nuestros líderes ecuménicos. La variedad de respuestas, desde los derechos de los indígenas hasta la lucha contra la degradación ambiental, refleja el hecho de que una multitud de motivaciones guían nuestra labor de fomento. En mi caso, yo tomo en serio mi compromiso de cuidar el medio ambiente. Amo a los animales, y amarlos significa amar sus hábitats. Amar sus hábitats significa proteger los derechos de las personas que administran sus tierras.
Desde nuestro campamento teníamos una vista de la llanura costera, el terreno más codiciado del refugio para el desarrollo de petróleo y gas, donde permanecimos atentos a cualquier animal que estuviera dispuesto a mostrarse ante nosotros. Dos semanas antes de nuestro viaje, se llevó a cabo la primera de cuatro subastas de venta de contratos de arrendamiento ahí, durante la cual se subastó una pequeña fracción de la tierra disponible. Hubo dos postores, y la venta generó menos del 1% de los ingresos esperados. Esta no es la primera vez que se subasta la llanura costera, aunque sigue sin desarrollarse. La llanura costera es el área de reproducción del caribú del Porcupine, el único lugar donde todo el rebaño de 130,000 animales se reúne en un solo lugar.
Nos reunimos con el jefe de Arctic Village, junto con uno de los ingenieros que están ayudando a mejorar su infraestructura. Nos mostraron el pueblo y compartieron sus planes para futuros proyectos, así como los desafíos que enfrentan a medida que el clima continúa cambiando y volviéndose más impredecible. Nos sentimos agradecidos de poder decir una oración en su iglesia episcopal, fundada en 1861 cuando el pueblo Gwich’in puso fin a su estilo de vida migratorio y se asentó de manera permanente en varias aldeas de la región. El jefe se despidió diciendo “que la paz sea con ustedes” en Gwich’in, su forma de saludo y una expresión familiar para los episcopales.
Para tener éxito en la labor de fomento a menudo se requiere perseverancia durante muchos años, y proteger el Refugio Nacional de Vida Silvestre del Ártico no es la excepción. Es posible proteger el Refugio del Ártico mediante un proyecto de ley que se introdujo en ambas cámaras del Congreso, y no es demasiado tarde. Aunque la venta de contratos de arrendamiento continúa, esto no equivale a que habrá desarrollo. Les pido que se unan a mí con un renovado propósito de proteger nuestros espacios naturales, incluyendo el Refugio Nacional de Vida Silvestre del Ártico.
– Susie Faria, asesora de políticas
« Pourquoi est-ce que la réserve naturelle nationale de l’Arctique vous intéresse ? »
Je suis habituée à découvrir de nouveaux endroits, mais mes aventures ne m’avaient encore jamais conduit dans un lieu tel que la Réserve nationale de faune de l’Arctique (ANWR), jusqu’à ce voyage destiné aux responsables religieux organisé par l’American Lands Project en juin. Il reste peu d’endroits aussi extrêmes, isolés et vastes. Avec une superficie de plus de 19 millions d’acres, l’ANWR est à peu près aussi grande que la Caroline du Sud et se situe à l’extrémité nord-est de l’Alaska, à la frontière avec le Canada et l’océan Arctique.
Depuis des milliers d’années, cette région est le lieu de vie, le terrain de chasse et l’espace commercial du peuple Gwich’in, qui en a assuré la gestion. Bien que les Gwich’in aient mis fin à leurs traditions migratoires au cours des 150 dernières années pour s’installer dans plusieurs localités d’Alaska et du Canada, notamment à Arctic Village, ils conservent encore une grande partie de leur culture de subsistance et entretiennent une relation étroite avec le troupeau de caribous de la Porcupine, qui constitue un élément essentiel de leur alimentation. Ils se battent pour préserver leur mode de vie et leurs terres depuis le début de la colonisation en Alaska.
Les Gwich’in sont en grande partie épiscopaliens, et à Arctic Village, ils disposent d’une petite église où ils continuent de célébrer le culte en gwich’in et en anglais. En 1991, l’Église épiscopale a adopté une résolution appelant à la protection permanente de l’ANWR contre toute exploitation pétrolière et gazière. Le Comité directeur des Gwich’in et l’évêque Mark Lattime, du diocèse épiscopal d’Alaska, n’ont cessé de militer pour la protection de l’ANWR en sensibilisant leurs collègues, en rencontrant des défenseurs de l’environnement et même en témoignant devant le Congrès.
Au cours de mon voyage, j’ai pu mieux découvrir cette région, riche en histoire et en biodiversité. Le lien entre Dieu, la terre, la faune et les habitants est palpable. Observer la faune et rencontrer les personnes qui ont élu domicile ici m’a fait prendre conscience de l’importance de protéger l’ANWR et de la valeur du travail de plaidoyer. Travailler à la protection de cette réserve au cours des quatre dernières années, en tant que conseillère politique au sein du Bureau des relations gouvernementales de l’Église épiscopale, a été un immense honneur. Ce n’est là qu’un exemple parmi tant d’autres des nombreuses façons dont notre Église œuvre pour la justice, la défense des droits des peuples autochtones et la protection de l’environnement.
Ce contexte historique a rendu particulièrement spécial le fait de rejoindre un petit groupe œcuménique de responsables religieux qui, depuis Fairbanks, ont pris un avion de 12 places à destination d’Arctic Village, puis un avion de six places atterrissant directement sur une clairière de toundra au nord de la chaîne de montagnes Brooks, face au pôle Nord, où nous allions camper pendant quatre nuits, pour partager ensemble des moments de culte, d’étude et de réflexion.
« Pourquoi vous souciez-vous de la réserve arctique ? » Telle était la question phare posée par l’un de nos responsables œcuméniques. La diversité des réponses, allant des droits des peuples autochtones à la lutte contre la dégradation de l’environnement, reflète le fait qu’une multitude de motivations guident notre engagement. Pour ma part, je prends très au sérieux ma vocation à prendre soin de l’environnement. J’aime les animaux, et les aimer, c’est aimer leurs habitats. Aimer leurs habitats, c’est protéger les droits des personnes qui gèrent leurs terres.
Depuis notre campement, nous avions une vue sur la plaine côtière, la partie de la réserve la plus convoitée pour l’exploitation pétrolière et gazière, où nous guettions tout animal sauvage qui voudrait bien se montrer à nous. Deux semaines avant notre voyage, la première des quatre ventes aux enchères de concessions y a eu lieu, mettant aux enchères une petite fraction des terres disponibles. Il y avait deux enchérisseurs, et la vente a rapporté moins de 1 % des recettes escomptées. Ce n’est pas la première fois que la plaine côtière est mise aux enchères, bien qu’elle reste inexploitée. La plaine côtière est le lieu de reproduction du caribou de la Porcupine, le seul endroit où l’ensemble du troupeau, fort de 130 000 individus, se rassemble en un seul lieu.
Nous avons rencontré le chef d’Arctic Village, ainsi qu’un de leurs ingénieurs qui contribue à l’amélioration de leurs infrastructures. Ils nous ont fait visiter le village et nous ont fait part de leurs projets d’avenir ainsi que des défis auxquels ils sont confrontés alors que le climat continue de changer et de devenir de plus en plus imprévisible. Nous avons eu le privilège de dire une prière dans leur église épiscopale, fondée en 1861 lorsque le peuple Gwich’in a mis fin à son mode de vie nomade pour s’installer définitivement dans plusieurs villages de la région. Le chef nous a dit au revoir en prononçant « que la paix soit avec vous » en gwich’in — leur façon de saluer, une expression familière aux épiscopaliens.
Pour réussir dans la défense d’une cause, il faut souvent faire preuve de persévérance pendant de nombreuses années, et la protection de l’ANWR ne fait pas exception. La protection de la réserve arctique est réalisable grâce à un projet de loi présenté devant les deux chambres du Congrès, et il n’est pas trop tard. Bien que les ventes de concessions se poursuivent, elles ne sont pas synonymes de développement. Je vous invite à vous joindre à moi avec une détermination renouvelée pour protéger nos espaces sauvages, notamment la réserve nationale de faune de l’Arctique.
– Susie Faria, conseillère politique