Estudio Bíblico

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Estudio Bíblico: Día de Pascua (A) – 5 de abril de 2026

April 05, 2026

LCR: Hechos 10:34-43; Salmo 118:1-2, 14-24; Colosenses 3:1-4; Mateo 28:1-10

¿Qué pérdidas te pesan más en este momento? ¿De qué manera podría Dios estar trayendo resurrección de esa muerte?

Oración inicial | 

Dios de todo poder, que mediante tu Hijo único, Jesucristo, venciste la muerte y abriste las puertas de la vida eterna: Concede que tu Espíritu, dador de vida, nos levante, de la muerte del pecado, a quienes hoy celebramos su resurrección; por Jesucristo nuestro Señor, quien contigo y el Espíritu Santo vive y reina, un solo Dios, ahora y siempre. Amén.

Contexto | 

Lo vio morir.

De cerca.

Lo suficientemente cerca como para ver lo que hace el Imperio cuando quiere dejar las cosas claras.

Lo suficientemente cerca como para oír su último aliento, entrecortado por el peso de su cuerpo.

Han pasado tres días desde aquel horror. Se dirige a la tumba antes del amanecer. El dolor no duerme. Se ajusta el manto, aunque eso sirve de poco contra el dolor helado que se ha instalado detrás de sus costillas. Espera encontrar una tumba sellada. Una piedra sobre la entrada. Un cierre.

Pero la boca de la tumba está abierta.

Desesperada, busca a Jesús —su cuerpo—, pero encuentra una tumba vacía. «Se lo han llevado», concluye. Esa es la única explicación que tiene. El robo es más plausible que la resurrección. Corre a contárselo a Pedro y al otro discípulo. 

Ahora, los hombres corren. Uno corre más rápido que el otro. El cuerpo ha desaparecido. Solo quedan los lienzos donde antes estaba la carne. El paño que cubría la cabeza está doblado con pulcritud, casi como en casa, como si alguien hubiera ordenado antes de salir de la habitación. Uno de los hombres cree, aunque ninguno de los dos entiende. Luego se van.

Ella se queda.

Llora sin contenerse. Los sonidos de su lamento desconsolado —los gemidos y los aullidos— llenan el jardín. Las lágrimas le nublan la vista. Dos figuras vestidas de blanco le preguntan: «Mujer, ¿por qué lloras?». Ella repite la única historia que tiene sentido para ella en este momento: «Se han llevado a mi Señor».

Se da vuelta y ve a un hombre de pie en la suave luz de la mañana. Aún aturdida por el dolor, supone que debe de ser el jardinero. Lo cual, en cierto modo, no es del todo incorrecto.

Ve. Y no ve.

Entonces él dice su nombre.

«María».

Reflexión teológica | 

Él pronuncia su nombre.

Y, de repente, el mundo se estabiliza.

Casi se puede sentir: cómo el dolor afloja su agarre por un segundo, cómo la mente, que no ha dejado de dar vueltas y vueltas, por fin vuelve a aferrarse a algo sólido.

La resurrección ya había ocurrido, pero ella no lo sabía. Lo había visto y no lo había reconocido. Estaba en el jardín con Cristo resucitado y no lo había reconocido.

El dolor hace eso. Reduce el mundo. Distorsiona la señal.

La tumba estaba vacía.

Y María también.

Hasta que él pronunció su nombre.

Pero cuando ella oye su nombre en la voz de él, en la voz de su maestro —«María»—, dos reconocimientos ocurren al mismo tiempo. De repente, ella sabe quién es él. Y con la misma rapidez, recuerda quién es ella.

Ser llamado por tu nombre es ser reubicado dentro del amor. Y ese puede ser el sonido más auténtico de la resurrección.

El mundo ya había cambiado.

Ahora ella podía verlo.

Ese momento de reconocimiento nos dice algo sobre cómo funciona realmente la resurrección. En muchos sentidos, esta historia trata de todas las formas en que se pasa por alto la resurrección.

Si la resurrección dependiera de nuestra claridad, nos la perderíamos.

Afortunadamente, Jesús no espera a que la teología de María se aclare por sí sola. Él se acerca a su confusión y a su dolor. El punto de inflexión no es que ella lo reconozca a él. Es que él la reconozca a ella.

Fíjate en lo que cambia el momento. No es la comprensión de María. Es Jesús pronunciando su nombre.

Y eso importa porque la resurrección no ocurrió en un mundo pacífico. La resurrección puede desarrollarse mientras el dolor sigue presente. María sigue llorando incluso cuando Jesús está frente a ella.

El Imperio humilló a Jesús públicamente. Roma lo expuso y lo rebajó. La crucifixión fue un teatro: una advertencia, un espectáculo, un despojo de dignidad. El Imperio opera a través del espectáculo público y la coacción. El Imperio dice: Eres lo que te etiquetamos. Asigna identidad a través de la acusación y el espectáculo.

Pero la resurrección responde a la humillación no con un espectáculo más ruidoso, sino con intimidad. Dios responde a la vergüenza pública con el nombre personal. Dios obra a través del tratamiento personal y el reconocimiento. Dios dice: Eres quien yo te llamo.

«María».

En ese momento, nada externo ha cambiado. El imperio sigue en pie. El dolor sigue siendo real.

Pero su lugar en el mundo se restaura. Ella no es borrada. No es reducida a una testigo de la violencia. Ella sigue siendo ella misma: conocida, localizada, llamada por su nombre.

«María».

El primer milagro es que él está vivo. El milagro más profundo es que el amor sobrevive a la muerte. Más profundo aún, la violencia destinada a borrarlo no tiene la última palabra. Y la capa más profunda puede ser esta: el amor es más fuerte que las fuerzas que intentan renombrarnos, encogernos, decirnos quiénes se nos permite ser.

Por eso el momento sana: no porque el dolor desaparezca, sino porque la voz en la que ella confiaba —la voz que la conocía antes de la cruz— sigue hablando.

La resurrección restaura su lugar en un mundo que se ha vuelto inhabitable. Lo hace llamándola de vuelta a la relación.

«María».

Esto importa porque, antes de que entendamos nada en absoluto, somos llamados. Antes de que nuestros ojos se adapten a la luz, ya somos vistos. Antes de dar un solo paso hacia Dios, descubrimos que Dios ha pronunciado nuestro nombre.

La tumba estaba vacía.

Pero María no fue abandonada.

El mundo sigue siendo violento todos estos años después de la Pascua. Roma sigue siendo Roma. La muerte sigue existiendo. El imperio sigue en pie.

El dolor dice: «No hay futuro». 

La resurrección dice: «No hay fin».

En un mundo de resurrección, combatimos el dolor con lo siguiente que hay que hacer. Y lo siguiente que hay que hacer no es huir. Es dar testimonio.

La Pascua no nos saca de un mundo de sufrimiento; nos devuelve nuestro lugar en él.

Ahora restaurada, María es enviada por Jesús. 

«Ve». 

Y ella va. 

Se convierte en la apóstol de los apóstoles mientras Roma sigue en el poder. Con su identidad restaurada, se revela su vocación.

Como escribió Leonard Cohen: «El amor no es una marcha triunfal. Es un aleluya frío y quebrantado». La fe es alabanza que surge de una vida que aún duele, de un corazón que no ha terminado de llorar.

El imperio sigue en pie, incluso ahora. Pero la resurrección restaura nuestro equilibrio en su interior. Restaura nuestra capacidad de vivir fielmente a pesar de él.

María no es sanada de la cruz. Es enviada a través de ella.

La luz de la mañana se extiende por el jardín donde ella había estado llorando, tocando la misma tierra, la misma piedra, las mismas hojas que tiemblan con la brisa.

Y en ese momento, el mundo comienza de nuevo.

Preguntas para la reflexión | 

  • ¿En qué momento de tu vida te has sentido como María en el huerto? ¿Cuándo el dolor o el agotamiento han limitado tu visión?
  • ¿Qué pérdidas te pesan más en este momento? ¿De qué manera podría Dios estar trayendo resurrección de esa muerte?
  • ¿Qué te ayuda a escuchar a Dios pronunciar tu nombre, restaurando algo verdadero sobre quién eres?

La fe en la práctica |

En algún momento de esta semana, tómate un momento de tranquilidad y escribe tu nombre en la parte superior de una página.

Reflexiona sobre la historia de María en el jardín e imagina a Cristo pronunciando tu nombre tal como pronunció el de ella: con amor. Luego responde a esta pregunta: «Si creyera que Dios me conoce de verdad y me llama, el siguiente paso de fe que daría sería…»

Deja que la respuesta sea sencilla y sincera. La resurrección suele comenzar así.

Tina Francis es una seminarista y escritora que se prepara para la ordenación en la Iglesia Episcopal. Está terminando su Maestría en Teología en el Seminario del Suroeste en Austin, Texas, donde vive con su esposo y su hijo. Nacida de padres del sur de la India y criada en Dubái, Canadá y Seattle, siente un gran amor por las historias que cruzan fronteras. Encuentra a Dios en la conversación, en las comidas compartidas y en una taza de masala chai bien preparada.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan

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