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Estudio Bíblico: Propio 7 (A) – 21 de junio de 2026
June 21, 2026
LCR: Génesis 21:8-21, Salmo 86:1-10, 16-17, Romanos 6:1b-11, Mateo 10:24-39

Oración inicial |
Haznos tener siempre, buen Señor, amor y reverencia por tu santo nombre, pues nunca fallas en guiar y en ayudar a quienes has fijado firmemente sobre el cimiento de tu amor y tu ternura; por Jesucristo nuestro Señor, que contigo y el Espíritu Santo vive y reina, un solo Dios, ahora y siempre. Amén.
Contexto |
Existe un consenso generalizado entre los estudiosos de la Biblia en que Marcos es el primer evangelio que se escribió, y que tanto Mateo como Lucas utilizan a Marcos como fuente. Los tres evangelios sinópticos ofrecen una narración lineal de la vida de Jesús. Mateo y Lucas también comparten material que no se encuentra en Marcos y, por ello, algunos estudiosos creen que los autores de Mateo y Lucas se basaron en otra fuente común, compuesta por los dichos de Jesús.
El pasaje de hoy del Evangelio de Mateo tiene su paralelo en Lucas 12:51-53. Por lo general, se considera que Mateo es el segundo de los evangelios en ser escrito. Los estudiosos de la Biblia coinciden en general en que Mateo fue escrito hacia finales del siglo I d. C. A menudo se describe como el más judío de los evangelios, lo que significa que el autor se esmera en presentar a Jesús y a sus seguidores como observantes de la Torá y en conectar la vida y las enseñanzas de Jesús con los textos de la Biblia hebrea.
Un ejemplo de esta práctica se encuentra en la genealogía que abre el libro, vinculando a Jesús por sangre y ascendencia con el Antiguo Testamento. Otro ejemplo es la frecuencia con la que se citan pasajes del Antiguo Testamento en Mateo. El pasaje de hoy, del capítulo 10 de Mateo, se centra en lo que se exige a los seguidores de Jesús y en el riesgo inherente al discipulado. El capítulo comienza con Jesús otorgando a los discípulos el poder de expulsar espíritus inmundos y sanar enfermedades. A continuación, pasa a describir el envío de los discípulos. Mientras se preparan para realizar la obra de Cristo, Jesús les instruye sobre cómo deben moverse por el mundo.
Reflexión teológica |
Mateo 10:24-39 lleva al lector por una montaña rusa de emociones y, en una primera lectura, puede resultar desconcertante. Contiene algunos versículos muy conocidos, como la promesa «En cuanto a ustedes mismos, hasta los cabellos de la cabeza él los tiene contados uno por uno. Así que no tengan miedo» (Mateo 10:30-31) y la enseñanza desafiante: «No he venido a traer paz, sino guerra. He venido a poner al hombre contra su padre, a la hija contra su madre y a la nuera contra su suegra» (Mateo 10:34-35). En el corazón de este pasaje parece haber una lección sobre prioridades y perspectiva.
Jesús está tratando de transmitir las implicaciones que sacuden los cimientos de la encarnación del amor de Dios —para los seres humanos, en particular, y para la creación, en un sentido más amplio. Jesús también está explicando lo que está en juego al elegir seguir y dar prioridad a Dios —o no hacerlo—. «Si alguien se declara a mi favor delante de los hombres, yo también me declararé a favor de él delante de mi Padre que está en el cielo; pero al que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré delante de mi Padre que está en el cielo» (Mateo 10:32-33). Este pasaje puede parecer excluyente o duro. Pero también puede leerse como profundamente misericordioso: una articulación de la radicalidad de la defensa y el amor de Jesús por los seres humanos, al atraer a la humanidad a una relación con Dios Padre.
Este mensaje se vincula directamente con la temática de las prioridades y las perspectivas. Podría ser útil aquí introducir el antiguo concepto cristiano de los deseos correctamente ordenados, un concepto a menudo asociado con el obispo del siglo IV, San Agustín de Hipona. La declaración de Jesús: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no merece ser mío; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no merece ser mío; y el que no toma su cruz y me sigue, no merece ser mío.» (Mateo 10:37-38), a primera vista parece dura y bastante diferente de la descripción familiar de Jesús como un salvador amoroso. Sin embargo, si se aborda con un sentido de jerarquía de deseos, esta enseñanza se vuelve más fácil de entender.
Ningún amor o deseo terrenal puede colocarse por encima del amor y el deseo por Dios sin consecuencias corruptoras. Amar a la madre, al padre, a un hermano o a un hijo más que a Dios convierte a ese miembro de la familia en un ídolo. Si, en cambio, se coloca a Dios como el amor y el deseo supremos, entonces esa relación central informa y sustenta todas las demás relaciones correctamente ordenadas.
La advertencia de Jesús en Mateo 10:34, «No crean que yo he venido a traer paz al mundo; no he venido a traer paz, sino guerra», también ha resultado inquietante. ¿Está Jesús afirmando el uso de la violencia? No necesariamente. Más bien, este pasaje debe leerse en el contexto del cambio de paradigma y la inversión de poder de la encarnación, ilustrada a lo largo del Nuevo Testamento. Si la norma de este mundo es la violencia, la opresión, la desigualdad y la crueldad, entonces la ruptura de esa norma por parte de Jesús constituye un derrocamiento de todos los sistemas y estructuras que priorizan y se benefician del mundo tal como es. Jesús apunta a un nuevo sistema: el Reino de Dios. La «guerre» de Jesús funciona como un arma divina que lucha contra las tendencias más crueles de la humanidad caída. Establece algo totalmente diferente a cualquier violencia humana, a la que se opone rotundamente.
Aquí, una vez más, resulta útil la perspectiva de las prioridades correctas. Jesús insiste en que las cosas a las que los humanos suelen atribuir la máxima importancia están equivocadas. Este mundo, tal como lo vemos, no es la realidad última. Su violencia, su hipocresía, su egoísmo y su obsesión por lo físico: nada de esto es definitivo ni es la verdad última. Jesús dice: «He venido a poner al hombre contra su padre, a la hija contra su madre y a la nuera contra su suegra; 36 de modo que los enemigos de cada cual serán sus propios parientes» (Mateo 10:35-36). Cuando se lee prestando atención al amor y al deseo últimos, esta declaración se vuelve legible: es una acusación contra aferrarse con fuerza a las prioridades de este mundo y anteponer el amor familiar al amor de Dios. Esta priorización errónea da lugar a una distorsión de todo el resto del orden y reafirma nuestra lealtad al statu quo humano por encima del reino de Dios.
La buena noticia del evangelio de hoy es que los seres humanos son llevados a una relación transformada con Dios Padre a través del amor encarnado de Cristo. En última instancia, si los deseos de uno están correctamente ordenados, si Dios es la primera prioridad, no hay verdaderamente nada que temer en este mundo; las cosas de este mundo no tienen la última palabra. Los seres humanos son creados para la vida eterna de Dios y son invitados a ella a través del amor transformador de Cristo. La crueldad del mundo es derrotada en la resurrección. Y esa realidad última arroja luz sobre todas las demás situaciones y relaciones. Dejar atrás nuestras percepciones erróneas sobre lo que importa es lo que nos permite aferrarnos a lo que le importa a Dios: «El que trate de salvar su vida, la perderá, pero el que pierda su vida por causa mía, la salvará» (Mateo 10:39).
Preguntas para la reflexión |
- Esta es una lectura del Evangelio que nos invita a reflexionar. ¿Qué preguntas te surgen?
- ¿Ha habido momentos en tu vida en los que Dios haya sido tu máxima prioridad? Si es así, ¿cómo fue esa experiencia? ¿Influyó en tus relaciones con los demás?
- ¿Y ahora? ¿Cómo se refleja tu vida con Dios en las prioridades que eliges cada día, cada semana y cada mes?
- Cualquier cosa que amemos más que a Dios se convierte en un ídolo. ¿Hay relaciones o cosas en tu vida que podrían caer en el ámbito de la idolatría?
- ¿Cómo podríamos socavar los sistemas de violencia y opresión que son la norma en nuestro mundo actual?
La fe en la práctica |
Durante la próxima semana, procura dar prioridad a tu relación con Dios. Dedica entre 5 y 10 minutos al día a escuchar a Dios en silencio. Reflexiona sobre lo que te exige amar a Dios. Sé consciente de los pequeños actos que dan vida al reino: dedica tiempo o haz una donación a un refugio local para personas sin hogar, apoya a un banco de alimentos local, hazte voluntario u ofrece tu ayuda a un refugio local para animales. Por encima de todo, recuerda que Dios te conoce y te ama, y que esta relación es la base de todas las demás. ¿Cómo influye y da sentido a tu semana ese conocimiento?
Adelle Dennis es diácona de la Iglesia Episcopal. Obtuvo su Maestría en Teología en la Escuela de Teología de Sewanee, Tennessee, en mayo de 2026. Vive en Aiken, Carolina del Sur, con su esposo y trabaja en la Diócesis del Alto Sur de Carolina. Será ordenada al sacerdocio en junio de 2026. Adelle es exalumna del Cuerpo de Servicio Episcopal y le apasiona la formación de jóvenes y adultos jóvenes en la Iglesia Episcopal. Encuentra a Dios en la Eucaristía, en la comunidad intencional y en largos paseos por el bosque.
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