Calendario Litúrgico

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Quinto Domingo después de Pentecostés

Propio 8

La Colecta:

Dios todopoderoso, has edificado tu Iglesia sobre el fundamento de los apóstoles y profetas siendo Jesucristo mismo la piedra angular: Concédenos que estemos unidos en espíritu por su enseñanza, de tal modo que lleguemos a ser un templo santo aceptable a ti; por Jesucristo nuestro Señor, que vive y reina contigo y el Espíritu Santo, un solo Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

Antiguo Testamento: 2 Samuel 1:1, 17-27

Después de la muerte de Saúl, David volvió a Siclag tras haber derrotado a los amalecitas, y allí se quedó dos días. […]

17 David entonó este lamento por la muerte de Saúl y de su hijo Jonatán, 18 y ordenó que se le enseñara a la gente de Judá. Este lamento se halla escrito en el Libro del Justo: 

19 «¡Oh, Israel, 
herida fue tu gloria en tus montañas! 
¡Cómo han caído los valientes! 
20 No lo anuncien en Gat 
ni lo cuenten en las calles de Ascalón, 
para que no se alegren las mujeres filisteas, 
para que no salten de gozo esas paganas. 

21 »¡Que no caiga más sobre ustedes 
lluvia ni rocío, montes de Guilboa, 
pues son campos de muerte! 
Allí fueron pisoteados 
los escudos de los héroes. 
Allí perdió su brillo 
el escudo de Saúl. 

22 »Jamás Saúl y Jonatán volvieron 
sin haber empapado espada y flechas 
en la sangre y la grasa 
de los guerreros más valientes. 

23 »Saúl y Jonatán, amados y queridos, 
ni en su vida ni en su muerte 
estuvieron separados. 
¡Más veloces eran que las águilas! 
¡Más fuertes que los leones! 

24 »¡Hijas de Israel, lloren por Saúl, 
que las vestía de púrpura y lino fino, 
que las adornaba con brocados de oro! 
25 ¡Cómo han caído los valientes 
en el campo de batalla! 
¡Jonatán ha sido muerto 
en lo alto de tus montes! 

26 »¡Angustiado estoy por ti, 
Jonatán, hermano mío! 
¡Con cuánta dulzura me trataste! 
Para mí tu cariño superó 
al amor de las mujeres. 
27 ¡Cómo han caído los valientes!
¡Las armas han sido destruidas!»     

Salmo: 130

1     De lo profundo, oh Señor, a ti clamo; Señor, escucha mi voz; *
           estén atentos tus oídos a la voz de mi súplica.
2     Si tú, oh Señor, notares los delitos, *
           ¿quién, oh Señor, podrá mantenerse?
3     Mas en ti hay perdón, *
           por tanto serás venerado.
4     Aguardo al Señor; le aguarda mi alma; *
           en su palabra está mi esperanza.
5     Mi alma aguarda al Señor, más que los centinelas a la aurora, *
           más que los centinelas a la aurora.
6     Oh Israel, aguarda al Señor, *
           porque en el Señor hay misericordia;
7     Con él hay abundante redención, *
           y él redimirá a Israel de todos sus pecados.

Antiguo Testamento: Sabiduría 1:13-15; 2:23-24

13 Pues Dios no hizo la muerte 
ni se alegra destruyendo a los seres vivientes. 
14 Todo lo creó para que existiera; 
lo que el mundo produce es saludable, 
y en ello no hay veneno mortal; 
la muerte no reina en la tierra, 
15 porque la justicia es inmortal. […]
23 En verdad, Dios creó al hombre para que no muriera, 
y lo hizo a imagen de su propio ser; 
24 sin embargo, por la envidia del diablo 
entró la muerte en el mundo, y la sufren los que del diablo son.     

Salmo: Lamentaciones 3:22-33 o Salmo 30

22 El amor del Señor no tiene fin, 
ni se han agotado sus bondades. 
23 Cada mañana se renuevan; 
¡qué grande es su fidelidad! 
24 Y me digo: ¡El Señor lo es todo para mí; 
por eso en él confío! 

25 El Señor es bueno con los que en él confían, 
con los que a él recurren. 
26 Es mejor esperar en silencio 
a que el Señor nos ayude. 
27 Es mejor que el hombre se someta 
desde su juventud. 

28 El hombre debe quedarse solo y callado 
cuando el Señor se lo impone; 
29 debe, humillado, besar el suelo, 
pues tal vez aún haya esperanza; 
30 debe ofrecer la mejilla a quien le hiera, 
y recibir el máximo de ofensas. 

31 El Señor no ha de abandonarnos 
para siempre. 
32 Aunque hace sufrir, también se compadece, 
porque su amor es inmenso. 
33 Realmente no le agrada afligir ni causar dolor a los hombres.     

o

  1     Te ensalzaré, oh Señor, porque me has alzado, *
             y no permitiste que mis enemigos triunfaran sobre mí.
  2     Oh Señor Dios mío, a ti clamé, *
             y tú me sanaste.
  3     Oh Señor, me sacaste del abismo; *
             me hiciste revivir, para que no descendiese a la sepultura.
  4     Canten al Señor, ustedes sus fieles, *
             y celebren su santo Nombre;
  5     Porque sólo un momento dura su ira, *
             pero su favor toda la vida.
  6     Aunque al anochecer nos visite el llanto, *
             en la mañana vendrá la alegría.
  7     Dije yo en mi comodidad, “No seré jamás conmovido; *
             tú, oh Señor, con tu favor me afirmaste como monte fuerte”.
  8     Luego escondiste tu rostro, *
             y fui muy turbado.
  9     A ti, oh Señor, clamé, *
             y a mi Soberano supliqué, diciendo:
10     “¿Qué provecho hay en mi muerte, cuando yo descienda a la fosa? *
             ¿Te alabará el polvo? ¿Anunciará tu fidelidad?
11     Escucha, oh Señor, y ten misericordia de mí; *
             oh Señor sé tú mi ayudador.”
12     Has cambiado mi lamento en danzas; *
             me has quitado el luto, y me has vestido de fiesta.
13     Por tanto a ti canta mi corazón, y no llora más; *
             oh Señor Dios mío, te daré gracias para siempre.

Nuevo Testamento: 2 Corintios 8:7-15

Pues ustedes, que sobresalen en todo: en fe, en facilidad de palabra, en conocimientos, en buena disposición para servir y en amor que aprendieron de nosotros, igualmente deben sobresalir en esta obra de caridad. 

No les digo esto como un mandato; solamente quiero que conozcan la buena disposición de otros, para darles a ustedes la oportunidad de demostrar que su amor es verdadero. Porque ya saben ustedes que nuestro Señor Jesucristo, en su bondad, siendo rico se hizo pobre por causa de ustedes, para que por su pobreza ustedes se hicieran ricos. 

10 Por el bien de ustedes les doy mi opinión sobre este asunto. Desde el año pasado, no sólo comenzaron ustedes a hacer algo al respecto, sino a hacerlo con entusiasmo. 11 Ahora pues, dentro de sus posibilidades, terminen lo que han comenzado con la misma buena disposición que mostraron al principio, cuando decidieron hacerlo. 12 Porque si alguien de veras quiere dar, Dios le acepta la ofrenda que él dé conforme a sus posibilidades. Dios no pide lo que uno no tiene. 13 No se trata de que por ayudar a otros ustedes pasen necesidad; se trata más bien de que haya igualdad. 14 Ahora ustedes tienen lo que a ellos les falta; en otra ocasión ellos tendrán lo que les falte a ustedes, y de esta manera habrá igualdad. 15 Como dice la Escritura: «Ni le sobró al que había recogido mucho, ni le faltó al que había recogido poco.»     

El Evangelio: Marcos 5:21-43

21 Cuando Jesús regresó en la barca al otro lado del lago, se le reunió mucha gente, y él se quedó en la orilla. 22 En esto llegó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, que al ver a Jesús se echó a sus pies 23 y le rogó mucho, diciéndole: —Mi hija se está muriendo; ven a poner tus manos sobre ella, para que sane y viva. 

24 Jesús fue con él, y mucha gente lo acompañaba apretujándose a su alrededor. 25 Entre la multitud había una mujer que desde hacía doce años estaba enferma, con derrames de sangre. 26 Había sufrido mucho a manos de muchos médicos, y había gastado todo lo que tenía, sin que le hubiera servido de nada. Al contrario, iba de mal en peor. 27 Cuando oyó hablar de Jesús, esta mujer se le acercó por detrás, entre la gente, y le tocó la capa. 28 Porque pensaba: «Tan sólo con que llegue a tocar su capa, quedaré sana.» 29 Al momento, el derrame de sangre se detuvo, y sintió en el cuerpo que ya estaba curada de su enfermedad. 30 Jesús, dándose cuenta de que había salido poder de él, se volvió a mirar a la gente, y preguntó: —¿Quién me ha tocado la ropa? 

31 Sus discípulos le dijeron: —Ves que la gente te oprime por todos lados, y preguntas “¿Quién me ha tocado?” 

32 Pero Jesús seguía mirando a su alrededor, para ver quién lo había tocado. 33 Entonces la mujer, temblando de miedo y sabiendo lo que le había pasado, fue y se arrodilló delante de él, y le contó toda la verdad. 34 Jesús le dijo: —Hija, por tu fe has sido sanada. Vete tranquila y curada ya de tu enfermedad. 

35 Todavía estaba hablando Jesús, cuando llegaron unos de casa del jefe de la sinagoga a decirle al padre de la niña: —Tu hija ha muerto. ¿Para qué molestar más al Maestro? 

36 Pero Jesús, sin hacer caso de ellos, le dijo al jefe de la sinagoga: —No tengas miedo; cree solamente. 

37 Y no dejó que lo acompañaran más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. 38 Al llegar a la casa del jefe de la sinagoga y ver el alboroto y la gente que lloraba y gritaba, 39 entró y les dijo: —¿Por qué hacen tanto ruido y lloran de esa manera? La niña no está muerta, sino dormida. 

40 La gente se rió de Jesús, pero él los hizo salir a todos, y tomando al padre, a la madre y a los que lo acompañaban, entró a donde estaba la niña. 41 La tomó de la mano y le dijo: —Talitá, cum (que significa: «Muchacha, a ti te digo, levántate»). 42 Al momento, la muchacha, que tenía doce años, se levantó y echó a andar. Y la gente se quedó muy admirada. 43 Pero Jesús ordenó severamente que no se lo contaran a nadie, y luego mandó que dieran de comer a la niña.     

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Las lecturas del Antiguo Testamento, el Nuevo Testamento y los Evangelios provienen de la Biblia Nueva Versión Estándar Revisada: Edición Anglicana, copyright 1989, 1995, División de Educación Cristiana del Consejo Nacional de las Iglesias de Cristo en los Estados Unidos de América. Usado con permiso. Todos los derechos reservados.

Las Colectas, Salmos y Cánticos son del Libro de Oración Común, 1979.

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