Epifanía 3 (C) - 27 de enero de 2019

January 27, 2019

Epifania 3 Episcopal SermonUna maestra de baile les enseñaba a sus estudiantes ejercicios para que se hicieran fuertes, para mejorar el equilibrio, la postura, y su forma de bailar. Les enseñaba los pasos correctos del ballet que preparaban para su primer recital. Se había preparado la música y ya estaban listos los disfraces que llevarían los niños y las niñas.

En esta ocasión bailarían dos grupos. En uno de los grupos había alumnos que no practicaban fuera de la clase como se les pedía. Inclusive, pensaban que ellos lo sabían todo, interrumpían, y no dejaban que el resto del grupo se concentrara.

En el otro grupo, por el contrario, los estudiantes trabajaban mucho. Practicaban como la maestra lo pedía, prestando mucha atención a sus instrucciones.

Cuando llegó el día del recital, el escenario estaba listo. Al fondo se había pintado un bello jardín con flores de muchos colores alumbrado con luces brillantes y variadas. Los músicos afinaban sus instrumentos y llevaban lindos trajes hechos con mucho esmero por las madres de los niños y las niñas de la escuela de baile.

Cuando el segundo grupo entró en el escenario, bailó con gracia y aplomo. Se notaba lo mucho que habían trabajado y lo bien que seguían de cerca las instrucciones y el liderazgo de su maestra.

El primer grupo no lo hizo tan bien. Algunos tropezaban y perdían el equilibrio por no haber practicado fuera de la clase y a otros se les olvidaban los pasos. Ellos se veían perdidos mientras que los que creían que se lo sabían todo llamaban la atención haciendo caras e inventándose pasos fuera de la coreografía que se les había enseñado. Fue un caos impresionante. Al final los que siguieron las instrucciones de su maestra se sintieron muy contentos de su logro, mientras que los otros se echaban la culpa unos a otros y a la maestra por no haberles ensañado bien. Parece que a este grupo le hacía mucha falta aprender cómo trabajar en grupo y sobre la importancia de seguir al líder indicado—en este caso a la maestra. Cuando pertenecemos a un grupo, tenemos la responsabilidad de trabajar juntos para lograr la meta que tenemos en común.

Muchos conocemos la lectura de San Pablo la cual acabamos de escuchar y que dice: “El ojo no puede decirle a la mano ‘no te necesito’; ni la cabeza puede decirles a los pies: ‘No los necesito.’” El mensaje parece sencillo—cada miembro del Cuerpo de Cristo tiene su papel y debemos respetar y trabajar juntos para contestar el llamado a ser iglesia. Aunque sean muchos los miembros, el cuerpo solamente es un cuerpo y nosotros formamos ese cuerpo que es el Cuerpo de Cristo.

El ejemplo que usa San Pablo del cuerpo, nos puede ayudar mucho. Fíjense por un momento en su mano. ¿Cómo es que podemos levantar algo—hasta una aguja? El cerebro tiene que indicarle a los ojos para que puedan trabajar con el brazo, la mano y los dedos y comunicarles qué hacer. Cada parte tiene que trabajar como si fuera un equipo, dejándose llevar por el cerebro.

Si Jesús es nuestra cabeza, y nosotros su cuerpo ¿qué implica esto para nuestra vida de fe? ¿qué implica esto para nuestra vida personal, en familia, y en comunidad?

Muy parecida a la clase de baile, nuestra iglesia tiene un maestro que es nuestra guía. Él nos dice por dónde caminar y nos une en comunidades de fe—en iglesias—para que logremos su misión de compartir su amor reconciliador en toda parte del mundo. Desde el más estudiado a la persona que no pudo aprender a leer—todos, absolutamente todos somos importantes y tenemos un llamado sagrado a servir y a hacerlo el uno con el otro y con Cristo nuestra cabeza.

No se trata de dejar que la mano izquierda haga todo o que el pie derecho se crea más importante que el resto del cuerpo. Se trata de que podamos crecer y fortalecernos como iglesia para caminar juntos, y de esa forma celebrar el amor reconciliador que Dios nos ofrece y compartirlo con todos. El mejor testimonio es la forma en que vivimos como iglesia. Nos verán y dirán, “mira como se aman”.

Pero ¿cual es la práctica necesaria para que podamos formar parte de una comunidad de fe que responda al llamado del Señor con generosidad y eficacia?

Primero que nada tenemos que ser individuos comprometidos a nuestra fe en Jesucristo. Tenemos que hacernos sus discípulos—que significa lo mismo que ser alumno.

Ser discípulo no es fácil. Requiere compromiso. Desde el comienzo de la iglesia de Cristo, se han reconocido algunos puntos claves para ser discípulo:

Primero: los discípulos somos llamados a reconocer nuestra necesidad constante de reconciliación con Dios y el uno con el otro. Esto es lo que significa conversión. No se trata de arrepentirnos una vez, sino cada vez que hacemos algo contra nosotros mismos o contra nuestro prójimo.

Segundo: los discípulos debemos orar. A través de la oración individual junto con la oración en comunidad nuestra relación con Dios se fortalece. Le damos gracias y le rendimos honor a Dios. La oración es una forma constante de comunicarnos con Él y permitir que el Espíritu Santo entre en nuestras vidas.

Tercero: el estudio. Sí, debemos estudiar la palabra de Dios, debemos estudiar lo que es formar iglesia y la historia de nuestra propia iglesia. Sobre todo, debemos estudiar la vida de Cristo, nuestro buen maestro.

Cuarto: servir a la comunidad. ¿Cuáles son las necesidades alrededor de nuestra comunidad? Debemos de actuar en el nombre de Cristo respondiendo por ejemplo, a la necesidad de acompañamiento a los ancianos y enfermos, de proveer cuidado a niños y niñas que se quedan solos en las tardes y alimentar a las personas que no tienen qué comer. A nosotros, el Cuerpo de Cristo, nos corresponde extender la misma mano de Cristo a los más necesitados entre nosotros.

Por último, la vida del discípulo tiene que incluir tiempo para pensar—para reflexionar. Podemos detenernos cada noche para buscar los momentos durante el día en que Dios ha estado presente sin que nosotros lo percibiéramos. Debemos tomar tiempo para reflexionar sobre nuestras vidas y sobre la palabra de Dios.

Es únicamente cuando como miembros de la iglesia, tomemos en serio nuestro llamado a seguir a Cristo y a ser sus discípulos, que vamos a tener la fortaleza de llamarnos comunidad cristiana e iglesia. No debemos ser como la clase de baile que no practicaba en casa ni se dejaban llevar por su maestra. Tenemos un gran maestro que nos dice que no sólo somos cristianos, o sea llamados a ser como Cristo, sino que formamos su propio cuerpo—que somos “Cristos” en el mundo.

Tal vez nos preguntemos, ¿qué parte del cuerpo soy yo? ¿Cuál es mi llamado particular? Ese discernimiento lo podemos hacer mientras practicamos la vida del discípulo. Es entonces que nuestro llamado se nos puede revelar. Lo más importante es establecernos como una comunidad de fe comprometida, una comunidad de fe que entiende su parte en el cuerpo de Cristo manifestado en la iglesia universal, la iglesia local, y la iglesia en su propio vecindario y hogar.

Al igual que en el momento en que Jesús estuvo en la sinagoga y proclamó la profecía de Isaías que el espíritu del Señor estaba sobre él, nosotros que hemos sido bautizados hemos recibido ese mismo espíritu e igual hemos sido enviados a llevar la buena noticia a los pobres, a anunciar libertad a los presos y dar vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos y a anunciar el año favorable del Señor. ¡Vayamos juntos a ser Cristos en el mundo!

 
 
 
 
 
 
 

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